Lo de Zapatero está ocupando miles de páginas y de comentarios en tertulias, redes etc. Como es habitual se mueve todo entre el estupor de algunos, la algarabía de otros y el hartazgo de la mayoría. Eso si, los fans y los odiadores, hacen el ridículo a partes iguales. Unos clamando sobre la conspiración evangelicotrumpista y otros haciendo aspavientos como si eso de ex presidentes y expolíticos forrándose a manos llenas fuera la novedad del año. Nada nuevo bajo el sol.
Reconozco que mi desencanto político y moral sobre Zapatero no es nuevo. Eso no evita que defienda su presunción de inocencia, lo que hay que recordar es una garantía procesal no un escudo mágico ante el juicio –injusto o no– de la opinión pública. El mío viene de lejos. Diría que desde principios de su segunda legislatura. Zapatero me representó a primeros de los 2000, como un soplo diferente en una socialdemocracia anquilosada. Representaba una visión socioliberal y centrista –su grupo se llamaba Nueva Vía– al estilo del de Tony Blair y Schoeder, que parecían lo moderno y exitoso en esos momentos. Unos años después se comprobó que todos eran una estafa. Otra estafa. Esa modernidad progre –que luego recogió como farsa Ciudadanos– venía acompañada de una campaña movilizadora en la calle, nada mugrosa ni proletaria, sino llena de artistas y sonrisas. ¿Qué más queríamos? Además enfrente estaba Aznar, tipo tan indecente en lo político –un hacha también para los negocios– como avinagrado. Esa suma de fáctores, hacía que los de la ceja parecieramos la lluvia que iba a limpiar una democracia incompleta y excesivamente partidista.
Enseguida se vio –o yo lo vi, desde mis responsabilidades de gestión municipal en aquellos años– que tras los buenos augurios y el talante no había más que mucho humo y oportunismo. Decisiones impactantes e históricas como la retirada de tropas de Iraq, el matrimonio gay o la puesta en marcha de la ley de dependencia – sin financiación, eso si-, eran medidas que sin negar su calado, no ponían en cuestión el modelo socioeconómico heredado del 78 –y antes– con sus corruptelas y poder económico intacto. O sea que el socialismo volvía a aparcar las cosas de comer. Solbes y Salgado como ministros de los dineros –como luego Calviño con Sánchez– eran la garantía de que el izquierdismo era de tipo cultureta y meramente cosmético, pero que no iba a tocar ni a molestar a los que realmente mandan. Y así, como quien no quiere la cosa, nos comimos el estallido de la burbuja inmobiliaria y los recortes posteriores, sin brotes verdes pero con la misma sonrisa de siempre. Eso si, meneando un poco antes la memoria histórica y al separatismo catalán, para hacer parecer de izquierdas a un gobierno centrista ligado a la ortodoxia liberal y el amor al libre mercado, que marca la UE.
Por eso, me sorprende esa izquierda desnortada que siente como propio a Zapatero y su destino judicial próximo. Entiendo a quien continúa agarrado a la socialdemocracia sanchista, como a un madero a la deriva, pero me cuesta más hacerlo con quien se movilizó el 15M contra ZP y ahora se queda con las declaraciones mitineras de ayer, pero olvida la realidad de su gestión y lo que representó un poco antes.
Que nadie se engañe: Zapatero es un presidente que practicó una política equivalente a la de cualquier partido de tinte socioliberal o radical (centrista) del norte de Europa. Derechos civiles que no cuestan dinero y para el resto la mano invisible del mercado. Lo que sin duda era una novedad que a algunos –muchos– nos agradó inicialmente pero que en mi caso no se sostuvo en el tiempo, aunque visto lo visto para cierta militancia de izquierdas, parece que si.
El recorrido es claro. De ser el presidente de la crisis económica y salir por la puerta de atrás de Moncloa bajo el grito de «psoe, pp la misma mierda es«, se reconvirtió tras un periodo de discreción total en un adalid del pacto con el independentismo, las relaciones internacionales convulsas y las campañas indefendibles del sanchismo. Y gracias a todo eso, en un lobo de la consultoría y los negocios «presuntamente» dudosos. Y todo sin perder la sonrisa.
Lo de Zapatero – desde el punto de vista ético, ya que lo jurídico se dirimirá en muchos años– es otro cataclismo que se acumula para el PSOE y la izquierda asimilada.
Decía ZP en un mitin reciente «que ser socialista significa tener muy poco y dar mucho«. Hay que tener mucha ceja.
