Hay victorias que se celebran en Cibeles y otras que se celebran discretamente en el resto de España. La continuidad de Florentino Pérez al frente del Real Madrid pertenece claramente al segundo grupo.

Mientras el madridismo oficial se apresura a presentar su reelección como una garantía de estabilidad, muchos observadores neutrales —y unos cuantos antimadridistas con una sonrisa difícil de disimular— contemplan la noticia con una mezcla de alivio y entusiasmo. Porque pocas cosas resultan tan entretenidas como ver a un dirigente convencido de su propia infalibilidad conducir un proyecto cada vez más dependiente de su ego.

Florentino lleva tantos años escuchando que es un genio que parece haber terminado creyéndoselo. Y eso, en cualquier organización, suele ser el primer paso hacia el desastre. La diferencia es que en el Real Madrid –y en sus empresas– no existía el riesgo de que alguien le lleve la contraria. Ahora un 35% le ha dicho por sopresa que NO. El club ha demostrado que funciona más como una corte imperial que como una institución moderna: el presidente decide, el entorno aplaude y la propaganda se encarga del resto. Pero esta vez su jugada le ha salido rana, porque a entronizado a otro rico madridista como su sucesor/opositor sin necesidad de ello. Un lince.

Su prepotencia se ha convertido en una seña de identidad. Habla como quien concede audiencia a simples mortales y actúa como si cada ocurrencia estuviera destinada a cambiar la historia del fútbol. Algunas terminan cambiándola, sí, pero no siempre en la dirección prevista.

Nadie niega los éxitos del Real Madrid, sus logros deportivos y sus proezas urbanísticas. Que por cierto luego en el fútbol español hablan de los clubes estado de la premier con asombro… cuando aquí hasta el equipo de los turcebotas del pueblo actua como si su administración de turno fuera Qatar. Pues imagen los de primera división.

Para quienes desean ver al Real Madrid tropezar con su propia arrogancia, la noticia no podría ser mejor. El hombre que lleva años convencido de que nadie sabe más que él seguirá tomando decisiones. ¿Qué puede salir mal? Bueno, que sigan pegándose los egos y sus extranjeros (o sea todos) en el vestuario. Pero eso no es malo. Para la mayoría 🙂

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