goes to…
Da igual quien lo gane. O no. Pero me gusta verlos, porque el salseo es parte del espectáculo del cine, del arte, de la vida. Y la industria de Hollywood es todo eso, además de un gran negocio convertido en herramienta de dominación cultura de lo anglosajón con el resto del mundo. Así ha sido desde hace más de un siglo y no tiene pinta de que deje de serlo nunca. Salvo que acabemos con lo anglosajón, claro.
En los premios que tienen el nombre de tio Óscar es verdad que a veces hay alguna sorpresa pero no menos cierto es que cada vez menos. Lo políticamente correcto se va imponiendo y las necesidades de dar un hueco y escaparate a las diferentes identidades posmodernas, además de a las clásicas, dejan poco espacio a que algún premio nos deje con la boca abierta.
En esta edición «Todo a la vez en todas partes» se ha llevado la mayor parte del pastél. Me alegro – ¿quien mayor de 40 años puede no hacerlo?– del logrado por Ke Huy Quan, nuestro mítico Tapón en Indiana Jones y Data en Los Goonies. ¡Ojalá un Goya revival a Tito de Verano Azúl! Por supuesto hay que celebrar el del mito de toda una generación Jamie Lee Curtis. En el fondo no me enfada el revolcón a Spielberg, que pese a ser uno de mis favoritos generacionales, ya tiene bastante con la adoración que le tenemos millones de espectadores de hace 40 años.
Como decía Aute, «cine, cine, más cine por favor, que toda la vida es cine…». Da igual que sea bueno, malo o regular. Que siempre hay algún espectador.





