Leía ayer sobre la importancia del tardeo en nuestra economía. Hubo un tiempo en que salir de copas era una celebración. Hoy es una obligación social. Lo llaman tardeo, como si ponerle un nombre moderno transformara lo que, en esencia, consiste en encadenar terrazas desde después de comer hasta que el reloj decide que ya es oficialmente de noche.

El tardeo es el fracaso de una generación que a falta de los recursos suficierse para comprarse una casa, emanciparse y asumir los gastos de esa nueva vida con pareja e hijos, destina su sueldo en convertir cualquier tarde en una maratón etílica con gafas de sol, camisa de lino y fotografías estratégicamente desenfocadas para Instagram. Ya no basta con tomar una cerveza. Hay que hacer un recorrido iniciático por varios locales, pedir el cóctel de moda, acompañarlo de unas gildas y repetir hasta la saciedad que «hay que disfrutar de la vida», como si quien prefiere un libro, una conversación tranquila o una siesta hubiera traicionado a la civilización occidental.

Lo más fascinante es la necesidad de justificarlo. Antes uno reconocía sin complejos que iba de copas. Ahora parece que participa en un congreso internacional de networking con aceitunas y patatas bravas. Todo muy saludable porque, claro, se empieza a las seis de la tarde. El hígado, al parecer, distingue perfectamente entre un gin-tonic servido a las siete y otro servido a las dos de la madrugada.

Las ciudades se han convertido en parques temáticos del aperitivo. Terrazas abarrotadas, música insoportable y una competición silenciosa por demostrar quién tiene la agenda social más agotadora.

Me he hecho mayor. Sin duda alguna.

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