Hace mucho tiempo que una pulserita con los colores de la bandera de España suele estar anudada en mi muñeca. Tanto como el que soporto la sonrisita burlona llena de superioridad moral de quienes se ponen cachondos con el resto de identidades y símbolos, como cuando toca ondear una bandera arcoiris, palestina, cubana, la senyera, una roja o la del Real Madrid. Pulserismo selectivo.

¿Y por qué me puse la bandera en la muñeca? Fundamentalmente porque me dio la gana, pero gana motivada por tres razones:

Primero por convicción. La convicción de que habiéndome movido durante gran parte de mi vida, capeando contradicciones, en el campo de la izquierda oficial debía reivindicar con la cara bien alta la normalidad y el respeto a los símbolos de todos, que yo identificaba como míos.

La normalidad de que nadie deba ni despreciarlos ni arrogarse la propiedad de los mismos. Casualmente en ambos casos coinciden, en mi opinión, actuando de hecho contra el proyecto común de vida y futuro de los españoles: los explotadores y los aprovechados; globalistas y globalizadores; separatistas y los separadores.

El respeto al símbolo con el que se identifica la inmensa mayoría de los ciudadanos –que no es incompatible sino todo lo contrario con otros símbolos o identidades, ni irrespetuoso con ninguna sensibilidad particular– a los que he representado durante muchos años –con bastante grado de aprobación por cierto-, demostrándolo sin aspavientos de forma cotidiana y con ostentación ante cualquier evento extraordinario –miren sus calles estos días de Mundial-.

Segundo por hartazgo. Hartazgo de que la simpleza de quienes se sienten con la superioridad moral de poder decidir que es aceptable o no, te identifiquen como facha sin más argumentos que señalar a quien con el más común y personal de los sentidos, porta un símbolo. Cierto es que hace mucho que no me ofende el termino facha. Precisamente comentaba el otro día que tantos años siendo acusado de serlo por ser ajeno a muchos de los dogmas y lugares comunes de la izquierda progre y la derecha liberal –para unos fui un sindicalista malo, otros me veían como un socialdemócrata moderadito de centro centrado y algunos reconocían en mi a un falangista peligroso–  lograron que instintivamente, primero hacia dentro y luego ya hacia fuera sin complejos, responda a esa adjetivación con un ¿y qué problema tienes?.

Que por cierto, esos vigilantes de bandería y pulserismo selectivo estos días se ponen todos la camiseta con los colores de España, portan banderas, se pintan la cara y se hacen fotos con el populacho futbolero, para ver si así muestran cercanía o lo que decíamos del emérito, «campechanía». Además de mediocres… con sentimiento de culpa.

Y tercero, fomentado por las dos anteriores, por tocar los huevos.

¿Les parece poco?

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