CULTURAS
Y al tercer año resucitó
El libro psicodélico, de Fernando Vizcaino Casas, sobre la resurrección de Franco que surgió de la mente de un taxista y reventó las listas de ventas en la Transición.
Daniel Arjona.- La lectura
En medio de la polémica por las celebraciones de la muerte del dictador recordamos ‘Y al tercer año resucitó, la loca novela de Fernando Vizcaíno Casas que se convirtió en el libro más vendido de la Transición con cuatro millones de ejemplares desde 1978
Veinte de noviembre de 1978. Sopla un viento frío respetable en la sierra de Guadarrama cuando, a las siete de la mañana, el sacristán comienza a encender las luces de la maciza Basílica de la Santa Cruz del Valle de los Caídos. De pronto, cesa el eco de sus pasos al acercarse al altar mayor: los ojos muy abiertos, las manos crispadas, un grito pugna por salir de su garganta. El sepulcro donde tres años antes había sido enterrado el cadáver embalsamado de Francisco Franco, Caudillo de España por la gracia de Dios, está abierto y el féretro de caoba, vacío. El aire logra al fin salir de la garganta del sacristán: «¡Ha resucitado! ¡Ha resucitado!».
Parece difícil de creer hoy, cuando los restos del dictador han sido efectivamente trasladados de Cuelgamuros y andamos a la greña a cuenta de si hay que celebrar, o no, los 50 años de su muerte, pero la novela más vendida de la Transición fue un bestseller psicodélico escrito por un abogado laboralista español nostálgico del régimen que fantaseaba con la resurrección de Franco. Un libro que se adelantó décadas al éxito en 2011 en Alemania de ‘Ha vuelto’, de Timur Vermes, en torno al regreso de Adolf Hitler. Por cierto que unos años más tarde, en 2015, la periodista Emilia Landaluce actualizaba el regreso de Franco al Madrid del siglo XXI en una ensoñación divertidísima publicada en Papel, entonces el dominical de EL MUNDO.
A principios de los 80 no había modesta biblioteca de clase media en nuestro país que no contara con uno de los cuatro millones de ejemplares que llegó a despachar …Y al tercer año, resucitó (1978), de Fernando Vizcaíno Casas (1926-2003). Y seguramente también algún otro título del autor en los coloridos tomos de la colección Planeta Fábula como De camisa vieja a chaqueta nueva o Niñas, ¡al salón!. Cuando en 1980, el libro fue llevado al cine por Rafael Gil, amigo del autor, y con Florinda Chico, Juan Luis Galiardo o José Nieto en el papel de Franco, se convirtió en la película más vista de aquel año.
Cuenta Vizcaíno Casas en el tercer tomo de Los pasos contados. Memorias (2002) que la idea se le ocurrió en 1977, un año antes de la publicación del libro, cuando iba leyendo en un taxi los titulares de la prensa del día cargados de asesinatos de ETA, atracos bancarios, desmesuradas exigencias nacionalistas, manifestaciones con graves disturbios o despidos masivos, y el taxista exclamó: «¡Si Franco levantara la cabeza!». «Súbitamente me llegó la inspiración, o más bien la intuición de escritor que me hizo comprender enseguida que aquello podía servir como tema para una narración. Hacía casi dos años que había muerto Franco y España atravesaba un difícil momento de incertidumbre respecto a su futuro».

Con todo, recuerda el autor que lo que más le interesaba de escribir aquella «novela de historia-ficción», como la bautizó, era sacar a la luz «los cambios de chaqueta y las actitudes camaleónicas de muchos que habían jurado ser fieles al Caudillo hasta la muerte». En la novela, mientras se corre la noticia de que un Franco melancólico ha resucitado y recorre un país en caos, Santiago Carrillo y Felipe González preparan a toda velocidad la huida, mientras que Adolfo Suárez recupera del armario su apolillado uniforme falangista.
¿Cómo explicarnos el gigantesco éxito de un autor completamente olvidado en la actualidad? Hasta el punto de que José Antonio Ríos Carratalá, profesor de Literatura Española en la Universidad de Alicante, ofreció las dependencias universitarias para acoger la biblioteca deVizcaíno Casas a la muerte del autor cuando nadie quería hacerse cargo.
«Hemos inventado un franquismo sin franquistas», explica a este periódico el propio Ríos Carratalá. «La realidad histórica fue bien diferente. Al margen de la violencia empleada para afianzar el régimen, el mismo gozó de un amplio consenso social en un clima inducido de despolitización, que se agudizó durante el tardofranquismo. En 1975 murió el general, pero pervivía un inmenso franquismo sociológico que pasó entonces por un período de incertidumbre y dudas. Vizcaíno Casas formaba parte de ese colectivo, percibió que los suyos necesitaban un relato que les exculpara de su connivencia con una dictadura cuestionable y, gracias a unas novelas tan sencillas como anecdóticas, proporcionó a ese inmenso colectivo un relato de reafirmación que pasaba, inevitablemente, por el blanqueo de la dictadura».
Ríos Carratalá es una rara avis en tiempos oscuros de polarización. Si por una lado ofreció su universidad para acoger la biblioteca y archivo de un escritor nostálgico del franquismo, por otro acarrea ya cinco procesos judiciales a sus espaldas por desvelar los nombres de quienes juzgaron a Miguel Hernández y otros escritores y periodistas. Según su experto análisis, Vizcaíno Casas excluyó los aspectos menos presentables del franquismo: la violencia, la represión, el exilio… que quedaban anclados en la primera etapa. Sus novelas en realidad reivindican el tardofranquismo, el iniciado en 1964 con los XXV Años de Paz, donde se mantuvo una apariencia menos violenta, un período que se benefició del desarrollismo de los 60. Asociar el franquismo a esta etapa obviando la autarquía fue uno de los grandes aciertos propagandísticos del régimen.
«Entre 1975 y 1982, el franquismo sociológico tenía miedo de que la incipiente democracia cuestionara su colaboración con la dictadura. Nunca se hizo, ni siquiera desde posiciones de izquierda, y las novelas de Vizcaíno Casas redujeron el régimen a unas figuras bastante tronadas o caricaturescas que contrastaban con ‘el sentido común de toda la vida’ de quienes las apoyaron», cuenta Ríos Carratalá. «La democracia podía terminar con esas figuras grotescas, pero sin tocar sus verdaderos apoyos sociales. En un momento de incertidumbre, la mayoría social busca seguridad en su pasado como aval para el presente. Vizcaíno Casas, con habilidad narrativa, proporcionó esa seguridad blanqueando la dictadura, exculpando a sus bases sociológicas y convirtiendo el franquismo en sinónimo de sentido común frente a las excentricidades de lo novedoso: una democracia siempre caricaturizada con recursos de fácil comprensión. Una vez desaparecida esa incertidumbre la novelística de Vizcaíno Casas cayó en el olvido, así como la filmografía que cumplió el mismo papel».
El gigantesco éxito de aquel libro sorprendió en primer lugar a su autor, como evoca en sus memorias. Después de la presentación en Madrid a cargo de Tip y Coll -«que claramente no se habían leído el libro»- la primera edición de 15.000 ejemplares se agotó en 48 horas. La segunda, de 10.000, en el mismo tiempo. Salieron inmediatamente otras tres seguidas de 25.000 cada una y una sexta y séptima de 50.000 respectivamente. Para Navidades de ese mismo año, las ventas sumaban 500.000 ejemplares. Un día, en Galerías Preciados, Vizcaíno Casas afirmaba haber firmado 1.280 ejemplares mientras la Guardia Civil vigilaba la gigantesca cola. «No existían precedentes de semejantes tiradas ni el fenómeno se ha repetido posteriormente».
Le Figaro, The New York Times, The Guardian o The Economist, entre otros medios internacionales, dedicaron páginas enteras a la conmoción que causó en España aquel extraño libro, mientras la prensa patria calificaba a su autor de «fenómenos sociológico». Vizcaíno Casas acudió a TVE-1 donde le entrevistó una jovencísima Mercedes Milá con «notoria agresividad» por su carácter «políticamente incorrecto», mientras Torcuato Fernández Miranda, Adolfo Suárez o el mismísimo Rey Juan Carlos I recibieron en audiencia al autor que les entregó a todos ellos un ejemplar dedicado. «El Rey de España había leído el libro y en sus comentarios no recató elogios calurosos a la figura de Franco«, recordaba el autor de …Y al tercer año resucitó.
Clave en el triunfo arrollador de aquel libro, pensaba Vizcaíno Casas, era su célebre portada con una foto de Franco sobre la que figuraba aquel graffiti que proliferaba en muchas paredes: «No se os puede dejar solos».
¿Vuelve hoy la nostalgia del franquismo que exhibiera en sus libros Fernando Vizcaíno Casas en medio de la polarización que no cesa, entre un gobierno que se sirve de los 50 años de la muerte de Franco como cortina de humo para tapar sus presuntas corrupciones y otras vergüenzas y un sector cada vez más amplio de la juventud que defiende sin complejos la figura del dictador? «El fenómeno no es sólo español», concluye Ríos Carratalá. «Igual pasa en Francia con la etapa colaboracionista con el nazismo o en Italia con el fascismo de Mussolini. Unos pocos añoran y hasta reivindican esos regímenes, pero muchos temen verse cuestionados, personal o familiarmente, por sus aspectos más violentos, que tantos beneficios clientelares trajeron a sus protagonistas. La historia nunca debe ser un ajuste de cuentas, sino una vía para la comprensión del pasado. El requisito es una sociedad madura y valiente, capaz de afrontarla, aun sabiendo que en ese pasado hay realidades incómodas de imposible blanqueamiento. Ni siquiera con la colaboración del revisionismo histórico que, en buena medida, ha continuado la labor de Vizcaíno Casas, aunque con menos humor».
Volvemos a las 7.25 de la mañana del 20 de noviembre de 1978. Una llamada urgente despierta a Santiago Carrillo, secretario general del Partido Comunista de España. Un monaguillo de la Basílica de la Santa Cruz del Valle de los Caídos (militante del partido) había escuchado los gritos alucinados del sacristán. «Lo que te digo, camarada. Ha resucitado». «Gracias por la información, camarada». Don Santiago cuelga, vacila unos segundos y llama a Simón Sánchez Montero quien exclamó: «¡Pero eso es absurdo!». Y Carrillo responde: «Déjate, tratando de quien se trata no podemos descartarlo. Tráeme en seguida la peluca».
Y así continúa Vizcaíno casas: «Después, se postró de hinojos ante la imagen de la Virgen del Pilar y devotamente le rezó una salve».
