IDEAS
Tres cosas que el PP y Vox tienen que saber sobre sus votantes
Los cambios que han tenido lugar en las derechas en estos dos últimos años, y en la forma de pensar de sus simpatizantes, condicionan la relación entre Feijóo y Abascal.
La relación entre los dos partidos principales de la derecha española se ha movido entre el enfrentamiento frontal y el acercamiento, entre la pelea electoral indisimulada y los pactos de conveniencia. Pero, más allá de las circunstancias que condicionan la relación entre PP y Vox, hay algo que se ha movido en el territorio que habitan. La posición ideológica de los simpatizantes de las derechas no es la misma ahora que hace un par de años. Varios factores han transformado el entorno.
1. Sánchez
El golpe del 23-J, con la derrota en unas elecciones que parecían ganadas, convencieron a muchos votantes de que la cercanía entre PP y Vox era necesaria. Dado que el objetivo de sacar a Sánchez del Gobierno es compartido, la resistencia de los votantes populares a una coalición con Vox se ha desvanecido. El deseo de que el PP gobierne excluyendo a Vox, de manera que se pueda hacer cortafuegos, como en otros países europeos, ahora está mucho menos presente. Hay votantes de derechas a los que Vox puede incomodar, pero más lo hace este Gobierno.
2. El cambio en las élites
Vox ha pasado de tener una comunicación difícil con las élites económicas españolas a contar con una interlocución habitual y sin fricciones con la mayoría de ellas. Con otro tipo de élites, como las de las instituciones estatales, ya tenían buena relación. La consolidación de los de Abascal como fuerza política influyente y la posibilidad de que gobiernen en algún momento con el PP ha provocado que se abran más puertas a los enviados económicos de Vox. En algunos casos por coincidencia ideológica, en otros por establecer un canal de comunicación necesario. En todo caso, Vox ya no es un partido aislado en la esquina. Como afirman desde Bambú, en España hay más trumpistas que votantes de Vox.
3. El cambio en la mentalidad
Vox es un partido con un discurso mucho más antiglobalista que antiglobalización, y eso genera simpatías en sectores de la derecha y genera animadversión en otros. Las líneas generales que lo definen quedan bien explicadas por Rafael Bardají (y ratificadas por el retuit de Kiko Méndez Monasterio): se oponen a «una sociedad liberal occidental que rechaza su pasado, sospecha de su identidad cultural, desconfía de la nación como marco político y considera problemático cualquier apego a la tradición».
La animadversión hacia la UE proviene de lo que consideran una evolución «desde un proyecto económico pragmático hacia una estructura ideológica, marcada por la hiperregulación, el intervencionismo y una concepción restrictiva de la libertad de expresión en nombre de causas supuestamente superiores». En la primera parte, muchos votantes de la derecha están de acuerdo. En la segunda, en la animadversión hacia la UE, bastantes menos. Pero en lo que se refiere a la hiperregulación y al intervencionismo, la coincidencia es casi absoluta.
El Vox falangista que apela a los obreros a través de medidas sociales que sustituyen o limitan al mercado no existe. Los de Abascal son un partido económicamente liberal, que se opone a los sindicatos y su financiación a cuenta de las instituciones, que aboga por el libre mercado, que quiere muchas menos regulaciones y que apuesta decididamente por la iniciativa privada. Este modo de pensar es ampliamente dominante en las derechas, y también en sus votantes. Los impuestos son para ellos como la plusvalía para los comunistas, el centro de todos los males. El intervencionismo de las instituciones en la economía es el gran problema. Las regulaciones son piedras que se arrojan a quienes emprenden. Esa ha sido la forma de pensar estándar de la derecha.
La llegada de Trump, y la crisis que ha supuesto en el mundo liberal, ha provocado que el eje económico se haya desplazado más a la derecha. Muchos de los discursos que ahora se están convirtiendo en populares, como las tesis de Jesús Fernández-Villaverde sobre la demografía, o la insistencia en las pensiones como factor esencial para explicar el agujero en los presupuestos y los problemas de los jóvenes, que mantienen el mismo Villaverde o Jon González, son muy apreciados entre los votantes de Vox.
Las tesis sobre «la abundancia», idea del sector liberal de los demócratas estadounidenses que aquí ha intentado lanzar Jorge Galindo, director adjunto de EsadeEcPol, son muy similares a lo que en vivienda defiende Vox. Las tesis sobre la necesidad de rehacer la legislación verde y la tecnológica y apoyo a las nucleares que mantiene Luis Garicano pueden ser acogidas sin fricciones por los votantes de Vox. Por supuesto, ninguno de los citados pertenece al partido, y tampoco consta que ninguno de ellos quiera acercarse a los de Abascal. Hay muchas cosas que los separan, pero sus visiones económicas y las de Vox difieren poco.
Lo relevante de estas ideas que se están manejando entre las derechas, y que han surgido como reacción a unos países europeos en declive, es que conforman una suerte de sentido común en el ámbito conservador. El PP no está nada lejos de ellas. Incluso, en algunas ocasiones, las encarna. Díaz Ayuso visitó a Milei esta semana. Los puntos de conexión económicos entre el PP y Vox son notables, los de divergencia aparecen en otro lugar.
El giro del liberalismo tecnocrático hacia nuevas posiciones da pistas claras sobre cuál será el programa económico del próximo Gobierno español, si las encuestas no vuelven a equivocarse. También indica cuál es la forma de pensar ya instalada entre los votantes de las derechas.
Las zonas de fricción
Hay muchos puntos que separan a PP y Vox más allá de la economía, como la concepción de Europa, la inmigración, el peso de la cultura y las tradiciones o la contundencia de la lucha contra las políticas progresistas, aunque también en eso están produciéndose zonas de confluencia. La visión sobre el cambio climático y las renovables se ha modificado en Europa, las nucleares vuelven a ser defendidas, las políticas migratorias están variando en el continente, y la apelación a los valores cristianos y grecorromanos es cada vez más frecuente en el conjunto de las derechas. En lo cultural, el humor social está cambiando: un libro sobre las denuncias falsas como el de Juan Soto Ivars no podría gozar un éxito tan notable si esa modificación en la forma de pensar no hubiera ocurrido.
Todo esto influye en el espacio de confrontación por excelencia, el de la competición electoral. En el horizonte hay un ciclo electoral agitado. Extremadura tiene que configurar su Gobierno, y lo que allí se decida indicará caminos futuros, respecto de otras autonomías y respecto de un hipotético Ejecutivo español. Vox puede dejar gobernar en solitario a Guardiola y jugar la carta contra el bipartidismo que le salió bien en diciembre o confiar en la fórmula valenciana, solicitar la vicepresidencia extremeña y así atar en corto al PP. Competir electoralmente desde fuera o desde dentro, condicionar las políticas de los populares desde fuera o desde dentro.
Dado que el telón de fondo es ese giro general de las creencias y convicciones de los votantes de la derecha hacia la derecha, Vox quiere demostrar que son ellos los que marcan la pauta. En Europa, la apuesta de Patriotas por Europa es arrastrar al PPE hacia su lado y alejarlos de los socialistas y liberales y quieren hacerlo mediante una alianza de gobierno. En Extremadura pueden proponer lo mismo y que sea el PP el que se arriesgue a rechazar sus condiciones si las juzga excesivas. Es lo más probable.
Gobernar conjuntamente, por otra parte, no deja de ser una apuesta arriesgada, porque Vox pierde la posición antibipartidista y porque esa alianza suele salir mal para el partido más pequeño. Podemos es el último ejemplo en la política nacional, al igual que ocurrió con Ciudadanos en las comunidades. Pero también es cierto que los de Iglesias no tenían los vientos internacionales a favor.
