CRÍTICA

Sombras en una batalla

Un drama que aborda las heridas del terrorismo con sensibilidad y contención, ofreciendo una mirada diferente a las películas recientes sobre ETA.

Película de 1993.

Disponible en plataformas.

Estrenada en 1993, Sombras en una batalla de Mario Camus es una de esas películas que, con el paso del tiempo, ganan valor por su discreción y su mirada humana. Mientras las producciones más recientes sobre ETA —como Maixabel o Patria— se centran en el trauma colectivo y en los dilemas políticos de la violencia o en casos concretos de la lucha antiterrorista –La infiltrada o Un fantasma en la batalla-, Camus elige un camino más íntimo, más silencioso. Su historia, ambientada en una aldea remota, se convierte en un estudio sobre la culpa, el perdón y las heridas que deja el fanatismo.

Interpretada con sobriedad por Carmen Maura, Joaquim de Almeida y Tito Valverde, la película evita el efectismo y las lecciones morales fáciles. Camus filma con una calma casi rural, donde el paisaje se convierte en reflejo del alma de sus personajes. La violencia no se muestra, se siente: está en las miradas, en los silencios, en lo que no se dice. Esa contención —tan alejada del tono más directo y emocional del cine actual sobre ETA— es precisamente lo que hace que Sombras de una batalla conserve su fuerza y su elegancia.

Esta es una historia sobre las consecuencias íntimas del odio, sobre el peso del pasado y la imposibilidad de escapar de él.

Treinta años después, Sombras en una batalla sigue siendo una película valiente y necesaria: una reflexión sobre un país que aún necesita mirarse a sí mismo sin gritar, pero sin olvidar. Con memoria, justicia y reparación.

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