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Los verdes somos los nuevos rojos

Una mirada crítica al estado de excepción medioambiental en los Estados Unidos. Crítica al libro de Will Potter en la «Revista Eco Identidad: por una ecología alternativa».

Óscar Cerezal Orellana
REVISTA ECO IDENTIDAD

 

Los verdes somos los nuevos rojos, es una obra escrita por el periodista estadounidense Will Potter, que se ha convertido en referencia obligada para comprender cómo los movimientos ecologistas, de derechos animales y, en general, los activistas sociales, han sido objeto de vigilancia, criminalización y persecución bajo el discurso de la seguridad nacional. Publicado originalmente en 2011, el libro revela con rigor periodístico y profundidad documental las estrategias gubernamentales y corporativas que buscan catalogar como terrorismoacciones de protesta, muchas de ellas pacíficas, que incomodan los intereses económicos dominantes.

La tesis central de Potter es muy clara y contundente: después del 11 de septiembre de 2001, el concepto de terrorismo se expandió en Estados Unidos hasta abarcar no solo actos violentos, sino también actividades de desobediencia civil o campañas de presión económica impulsadas por activistas ecologistas y defensores de los animales. Este proceso, argumenta el autor, no surge de manera espontánea, sino que responde a una convergencia de intereses entre el poder político, los cuerpos de seguridad y grandes corporaciones cuyos negocios se ven amenazados por dichos movimientos.

El título del libro ofrece una metáfora potente. Durante la Guerra Fría, los rojos” —comunistas o presuntos simpatizantes de la izquierda y el movimiento obrerose convirtieron en enemigos internos perseguidos por el Estado profundo. Potter sostiene que algo similar ha sucedido en el ámbito medioambiental: los verdes”, especialmente aquellos relacionados con la defensa de los animales o la lucha contra la explotación industrial, se han convertido en el nuevo enemigo interno. La comparación no es casual; Potter demuestra que la retórica, los métodos y el clima de sospecha que los medios de comunicación han difundido, recuerdan intensamente al macartismo.

A lo largo de la obra, se examinan algunos casos concretos en los que activistas han sido investigados, infiltrados o arrestados bajo cargos de terrorismo, a pesar de no haber causado daño físico a persona alguna. Inquieta especialmente el seguimiento del caso SHAC (Detener la crueldad animal en Huntingdon), una campaña internacional que presionaba a un laboratorio de experimentación animal. Algunos de sus miembros fueron acusados de terrorismo únicamente por haber organizado protestas, difundido información pública o impulsado acciones de boicot. Potter detalla minuciosamente cómo esta campaña se convirtió en un ejemplo de la estrategia gubernamental para desalentar la protesta mediante el miedo.

En el libro se examina como ciertas industrias agrícola, química, farmacéutica o de biotecnologíahan impulsado leyes y discursos que etiquetan de extremistas o terroristas a quienes cuestionan sus prácticas. Un ejemplo es la aprobación de leyes que penalizan a activistas, periodistas e incluso trabajadores que documenten abusos o condiciones deplorables dentro de instalaciones agroindustriales. Potter muestra cómo este tipo de legislación protege los intereses corporativos y restringe la libertad de prensa y el derecho ciudadano a la información.

El libro también reflexiona sobre el papel de los medios de comunicación en la propagación de esta retórica. Potter sostiene que muchos medios replican sin cuestionar las narrativas oficiales, contribuyendo a un clima de alarma injustificado. De esta manera, términos como eco-terrorismose vuelven comunes, aunque las acciones descritas no impliquen violencia hacia seres humanos. El término, argumenta el autor, es menos una categoría objetiva y más una herramienta retórica para deslegitimar movimientos sociales.

Una de las aportaciones más valiosas del libro es su análisis de cómo la criminalización afecta no solo a activistas específicos, sino a todo el ecosistema de movimientos sociales. Al fomentar el miedo a ser etiquetado como extremista, el Estado logra desmovilizar a potenciales simpatizantes y debilitar campañas de cambio social. Potter explica cómo la vigilancia masiva, el uso de informantes, la infiltración y las campañas de difamación generan un clima de temor y autocensura que limita la capacidad organizativa de activistas y grupos de base.

Desde una perspectiva más humana, el libro incluye testimonios y experiencias personales del propio Potter, quien fue objeto de vigilancia tras participar en acciones de desobediencia civil. Su relato personal no busca protagonismo, sino mostrar cómo estas tácticas pueden afectar emocionalmente incluso a quienes no forman parte del núcleo de organizaciones radicales. El autor entrelaza su experiencia con un análisis crítico de la legislación antiterrorista, mostrando cómo esta se ha convertido en un mecanismo de control social.

En términos de repercusión, Los verdes somos los nuevos rojos ha sido ampliamente discutido en ámbitos académicos, periodísticos y activistas. Se ha convertido en material de referencia en estudios sobre movimientos sociales, sociología de la seguridad, ecología política y derechos civiles. Su impacto ha trascendido la discusión estrictamente ambiental para incorporarse a debates más amplios sobre democracia, libertad de expresión y límites del poder estatal. Muchos defensores de derechos civiles han empleado los argumentos del libro para denunciar los abusos de la Patriot Act y otras iniciativas legislativas que ampliaron el alcance del concepto de terrorismo.

Asimismo, la obra ha influido en la percepción pública del activismo ecológico. Si bien ha sido criticada por sectores liberales y conservadores sistémicos, que consideran que Potter exagera la amenaza a las libertades civiles, buena parte de la comunidad académica y del movimiento asociativo reconoce su relevancia como denuncia documentada de una represión silenciosa.

El mensaje final de Potter no es pesimista, sino un llamado a la vigilancia democrática. Advierte que permitir la criminalización de ciertos movimientos abre la puerta a que cualquier forma de disidencia pueda ser catalogada como amenaza. En este sentido, su obra no solo aborda la situación de activistas ecologistas, sino que constituye una defensa del derecho básico a cuestionar estructuras de poder sin ser tratado como enemigo del Estado.

En suma, Los verdes somos los nuevos rojos es un libro fundamental para comprender los desafíos contemporáneos del activismo ambiental y los riesgos que enfrenta en un contexto de creciente violencia de Estado en nombre de la seguridad. Will Potter logra articular un argumento sólido, bien documentado y profundamente inquietante sobre cómo los intereses corporativos y gubernamentales se alinean para silenciar voces críticas. Su obra se erige como una advertencia sobre la fragilidad de las libertades civiles y la importancia de proteger el derecho a disentir en sociedades democráticas.

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