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La inesperada fórmula económica que está triunfando en Japón

‘Sanaenomics’ es el nombre que le han dado a las políticas implantadas por la primera ministra japonesa. Dibujan un mapa heterodoxo impensable para las derechas tradicionales.

Las transformaciones que se están produciendo en Japón añaden novedades a la recolocación de piezas en el tablero mundialSanae Takaichi, la primera ministra conservadora, convocó elecciones pocos meses después de haber tomado posesión de su cargo. Fue una jugada arriesgada que se saldó con notable éxito. Consiguió una mayoría aplastante, dos tercios de los representantes en la Cámara Baja, lo que le permite un gran margen de maniobra para llevar a cabo las reformas que quiere implantar en el país. Su índice de popularidad es muy elevado: oscila entre el 60 y el 70%.

Takaichi fue respaldada por Donald Trump en su campaña. Ha sido comparada insistentemente con Margaret Thatcher. Su posición geopolítica la vincula sin fisuras con EEUU. Su agenda es nacionalista, los valores que promueve son decididamente conservadores y ha apostado por aumentar el gasto militar. Lidera el partido conservador tradicional japonés, pero lo ha desplazado hacia la derecha, lo que le ha permitido frenar en seco a Sanseito, la extrema derecha japonesa. Algo similar ocurrió con los tories británicos tras el Brexit. Pero Takaichi hizo algo más: tomó una dirección económica inesperada para una fuerza de derechas, lo que llaman Sanaenomics.

 

Un camino poco ortodoxo

Cuando Sanae Takaichi se convirtió en presidenta, Japón vivía una situación muy similar a la de muchos países occidentales. Los precios de los alimentos y de la energía presionaban a los japoneses y el coste de la vida se incrementaba al mismo tiempo que los salarios se estancaban. El descontento entre la población aumentaba. Takaichi respondió con ayudas a las familias, subsidios para la energía y para la atención médica, subvenciones para que las regiones y asignaciones para las familias con hijos. Para lograr una economía sólida, aseguró, “es necesario adoptar un enfoque que permita aumentar el salario neto de los ciudadanos, garantizar el aumento de los salarios reales en la sociedad y lograr que la mejora de la confianza del consumidor impulse un círculo virtuoso económico”. No hay señales de que su plan vaya a cambiar una vez que ha logrado un apoyo parlamentario masivo. No quiere austeridad en lo que se refiere a las necesidades de la población.

Además, ha anunciado un plan de refuerzo industrial que canalizará inversiones hacia sectores estratégicos (inteligencia artificial, semiconductores, computación cuántica, defensa), pero que también apostará por ganar músculo industria en aquellos ámbitos en que Japón es demasiado dependiente del exterior, como ocurre con los medicamentos fabricados en China.

Además, y esto es importante porque va en sentido contrario a la tendencia de los últimos años, ha diseñado un plan de revitalización del territorio de dimensiones significativas que se desarrollará en cinco años. Pretende destinar inversiones a las zonas rurales para generar los empleos necesarios para revitalizarlas, pero también para que la productividad del trabajo en esas regiones aumente. Apoyará a las empresas locales para que amplíen sus mercados y al mismo tiempo, tratará de que las compañías con sede en Tokio se trasladen a regiones con menos vigor. Reforzará el transporte público en esos territorios, también con vehículos autónomos.

El crecimiento y la deuda

Son una serie de medidas inusuales para un ejecutivo de derechas. En los últimos años, los gobiernos de esa tendencia política priorizaban el recorte en el gasto, las rebajas de impuestos y la eficiencia en los servicios públicos, lo que solía conllevar su adelgazamiento. Con la llegada de Trump, han tenido lugar novedades relevantes en la gestión económica. Los aranceles son una de ellas, pero hay bastantes más. Opciones recientes vinculadas al trumpismo eligieron la motosierra como instrumento de gestión de las cuentas públicas. Japón camina en otra dirección, la del incremento del gasto y la mayor presencia del impulso estatal.

Llevar a cabo las inversiones que Takaichi pretende, tanto para impulsar la industria como para ayudar a que el nivel de vida de los ciudadanos se mantenga, en un contexto de mayor inversión en defensa, no puede hacerse mediante la contracción presupuestaria. La primera ministra ha prometido algunos ajustes, pero en áreas no prioritarias, por lo que su plan solo puede llevarse a cabo mediante la suscripción de más deuda. Japón es ya un país con deuda muy elevada, lo que introduce un factor de incertidumbre que debería ser penalizado por los mercados. Estos reaccionaron en la llegada al poder de Takaichi, pero no le están pasando la factura esperable. En otras circunstancias, Japón estaría bajo ataque financiero: por mucho menos Liz Truss salió del poder en Reino Unido.

Sin embargo, los mercados parecen haber asumido la intención de Takaichi. Su idea es impulsar el crecimiento de su país, aumentar la productividad y lograr salarios más altos. Una mayor actividad generaría más ingresos fiscales y con ellos se podría hacer frente a los problemas de deuda. Para llegar a ese escenario, el camino elegido es la política industrial y un intervencionismo estatal acentuado que trata de estimular la iniciativa privada.

Ideología y geopolítica

Las sanaenomics son una vía completamente distinta a la que otras derechas trumpistas están desarrollando. También a la que el mismo Trump ha elegido para EEUU. Washington ha recortado gasto con el DOGE, ha bajado los impuestos e impulsa la desregulación, pero debe afrontar los problemas que el aumento del coste de la vida está causando a sus ciudadanos. Es probable que, de cara a las midterms, incluya medidas compensadoras para elevar el nivel de vida. De otro modo, unas elecciones que aparecen complicadas se le pueden torcer más aún. Mientras tanto, Trump espera que la inversión privada, y en especial la ligada al shadow banking, dé el impulso preciso a la economía de su país y aporte el capital necesario para que algunos sectores consigan un salto cualitativo. Milei tiene otra fórmula, Orban y Meloni ofrecen perspectivas diferentes.

Esta disparidad de acción económica en las derechas trumpistas señala dos aspectos muy relevantes. Por una parte, subraya no existe una fórmula estándar para esas derechas. Por mucho que compartan ideas sobre el capitalismo, la desregulación y la liberación de las energías privadas, están introduciendo medidas diferentes en función de las necesidades de su país. Cada Estado busca su camino: el nacionalismo vuelve a ser muy importante. La salida del orden basado en reglas lleva a un escenario en el que las ideologías tienen peso, pero el territorio tanto o más. Cada Estado complementa la visión política a la que pertenece con acciones funcionales a los propósitos de los gobiernos nacionales. La ortodoxia económica ya no juega un papel determinante, porque no ofrece un conjunto de recetas que se aplican de manera similar en todas partes.

En el caso de Japón, sus elecciones tienen mucho que ver con el hecho de que es un país aliado de EEUU. Ese vínculo es expreso en lo que se refiere a la adscripción al bloque estadounidense frente a Pekín, y de ahí el aumento de la inversión en defensa, pero también en el alineamiento con Washington en su propósito de impulsar la revolución tecnológica. Los sectores industriales que más atención recibirán de Takaichi son los ligados al desarrollo tecnológico.

Pero, en segunda instancia, hay un factor geopolítico que juega un papel importante. Cabe recordar que China es un país que mantiene su cohesión interna gracias a las certezas del presente y a la promesa de un futuro mejor: está elevando el nivel de vida de su población y su enorme crecimiento ha restaurado sólidamente el orgullo nacional. Los tiempos que vienen pueden ser todavía mejores para ellos. Japón, como Europa, jugó esa carta en las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Se convirtió en una potencia económica a pesar de haber perdido la contienda y sus ciudadanos mejoraron su nivel de vida significativamente, lo que dio forma a un país cohesionado. Pero esta época es diferente, en la medida en que los países occidentales están sumergidos en crisis internas y en dificultades económicas para la mayoría de la población. La percepción sobre el futuro no es especialmente optimista. Y eso son palabras mayores para un país tan cercano a China.

En Europa conocemos bien qué significa esto, porque durante la guerra fría los Estados que estaban más cerca del bloque oriental son los que gozaron de un mejor nivel de vida. Cuanto más alejados de la URSS y del muro de Berlín, peores eran las condiciones. Latía una intención política: era esencial que los países de Europa occidental disfrutaran de cohesión interna forjada a través del bienestar material si se quería combatir el comunismo.

Japón necesita crecimiento, para ser menos dependiente de China, pero también para evitar debilidades internas. Las Sanaenomics (reforzamiento tecnológico e industrial, contener la presión sobre el nivel de vida, impulso económico a los territorios en lugar de a la capital) van en esa dirección. Cumplen funciones estratégicas y refuerzan la alianza con EEUU. Su éxito o fracaso dirá bastante sobre el recorrido que puedan tener las derechas trumpistas en el mundo, pero su misma existencia subraya que este es un tiempo en el que el nacionalismo importa y en el que son esas derechas las que están aportando las innovaciones económicas.

 

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