IDEAS
Contra quienes creen que «los curas deben dedicarse a dar misa»: la Iglesia y la política
El catolicismo quiere convertirse en el motor de la época: está ajustando piezas internas, está trazando alianzas políticas, “ladrillo a ladrillo”, y quiere recuperar lo perdido socialmente.
La visita de León XIV será analizada por la política española en términos internos y se debatirá sobre la conveniencia para Sánchez de que el Papa llegue justo en este momento, sobre si las posiciones de la Iglesia le benefician, sobre los mensajes que contenga su intervención en el Congreso y asuntos por el estilo.
Es una lectura reduccionista, porque el paso que ha dado León XIV excede con mucho el entorno político nacional. El lema de la visita, ‘Alzar la mirada’, remite a las grandes preguntas que Magnifica Humanitas ha puesto sobre la mesa, tanto en la dimensión espiritual como en la material. Son aspectos mucho más relevantes, en un contexto mundial como el presente, que las cosas de la política patria y su pelea por el poder. Seguimos mirando al suelo.
Hay algunas señales, sin embargo, de que las cosas pueden ser de otro modo. El pasado lunes, la Fundación Pablo VI albergó una presentación de la encíclica en la que estaban presentes el presidente de la Conferencia Episcopal, Luis Argüello, el presidente de la CEOE, Antonio Garamendi, el secretario general de Comisiones Obreras, Unai Sordo, y Carme Artigas, ex secretaria de Estado de Digitalización y copresidenta del Consejo Asesor de las Naciones Unidas sobre la Inteligencia Artificial. En ella se dijeron cosas importantes. Cada interviniente puso énfasis en los asuntos del sector al que representaban (Argüello habló del aborto, Garamendi de las empresas, Sordo del trabajo), pero se dibujó un consenso posible. Nadie se atrevió a discrepar de la encíclica. Este domingo, representantes de los sindicatos y de la patronal se reunirán con León XIV en el Movistar Arena.
1. Las alianzas y la urgencia
Los cambios que trae la IA suponen un problema que afecta notablemente a los distintos actores representados. Garamendi subrayó el poder destructor que puede tener para las pequeñas empresas, y las españolas son en un porcentaje abrumador de pequeño tamaño. Unai Sordo señaló no solo el papel de la IA en la destrucción y creación de empleo, sino que subrayó la reconstrucción de la organización laboral a partir de algoritmos que determinan la selección y el despido de personal, los ritmos de trabajo y la remuneración salarial. Además, afectará a los empleos que estaban menos impactados, los cualificados, ahora en riesgo.
A esta situación se le añade un elemento de urgencia. De momento, advirtió Carme Artigas, la IA está generando destrucción neta de puestos de trabajo: un 60% de las tareas administrativas y burocráticas están siendo realizadas por la IA y los trabajadores despedidos. Los mecanismos usuales de adaptación a los cambios, como la formación en nuevas capacidades, el denominado reskilling o la mejora de habilidades, el upskilling, vuelven a aparecer como solución, al igual que en el inicio de la era digital. En aquel instante no salió demasiado bien. Hay una tercera oportunidad, la de utilizar la inteligencia aumentada, es decir, aquellas cosas que gracias a la IA se pueden hacer de maneras distintas. Estos son los caminos de salida, según Artigas. Si la reestructuración aconteciera en un periodo de cinco o diez años, daría tiempo para que la adaptación al cambio fuera eficaz. Pero no es el caso, “porque la geopolítica marca que debemos realizarla solo dos años”. Habrá que apresurarse, pero aun así, se producirá un desencaje con efectos sociales negativos muy evidentes.
Este debería ser un aspecto que la política actual tomase muy en serio. Sin embargo, nada de esto se ha exteriorizado por parte de los actores políticos. La encíclica apenas fue comentada por las derechas, ni el PP ni Vox tomaron una postura clara y pública al respecto. Hay respeto, pero no pronunciamientos. Díaz Ayuso fue a visitar al Papa, pero solo para trasladarle el fervor de la Comunidad por las fiestas religiosas. Los socialistas fueron más expresos, pero solo en la medida en que la posición de León XIV en política internacional, sobre los inmigrantes y sobre la incidencia de las grandes plataformas en la comunicación pública coincide con la suya. Las izquierdas mantienen su distancia, y Podemos avisa de que no asistirá al Congreso cuando el Papa se dirija a él. El futuro está aquí, hemos acusado recibo de sus riesgos, pero las acciones se posponen. Ni siquiera para los asuntos pragmáticos, como esa transformación de las empresas que está suponiendo la IA, se apartan por un momento las cuestiones judiciales y la lucha por el poder.
2. Argüello y las piezas internas
Hay que hacer una mención especial a las palabras de Luis Argüello. El presidente de la Conferencia Episcopal inició, guerrero, su intervención. Criticó a quienes consideran que “los curas deben dedicarse a decir misa”, ya que para el resto están “los tecnócratas y los políticos”. Esta es una época en la que se han suscitado grandes cuestiones “espirituales, éticas, culturales y políticas” en las que la Iglesia debe estar presente en las respuestas. No se trata solo de la IA o de Trump: hay “fundamentos, que no principios”, como la dignidad humana, que están en juego. La dignidad, apostilló Arguello, está presente no desde que nace el ser humano, sino desde que se concibe.
La encíclica ha colocado a la Iglesia en un lugar especialmente visible, no solo por la oposición a Trump, sino porque este es un momento de grandes preguntas y la Iglesia ha tomado la delantera a la hora de responderlas.
Luis Argüello jugará un papel importante en la traslación de las ideas presentes en la encíclica a la Iglesia española. Argüello cuenta con un pasado militante en el PCE, por lo que conoce bien las necesidades de justicia social, pero también se le ha visto con libros de Adriano Erriguel bajo el brazo. Se ha manifestado repetidamente contra las construcciones ideológicas de la política de la identidad y se ha significado contra “el progresismo cultural, que produce el tipo de sujeto que interesa al neoliberalismo capitalista, y que hizo desaparecer la vieja contraposición entre los sectores explotados y explotadores en favor de cuestiones culturales”. Pero, al mismo tiempo, insiste en la lucha contra la desigualdad y está en contra de esas opciones políticas que priorizan el individualismo egoísta y que colocan el beneficio por encima de cualquier otro valor.
Argüello no es un progresista, pero tampoco un neoliberal. Es consciente de que nada produce tantos ateos como una sociedad que sitúa el éxito personal y el dinero en el centro. La fragmentación y el aislamiento, la pérdida de lazos y vínculos, son efectos de esa clase de articulación social. La conciliación entre las posiciones claramente conservadoras, en un sentido, y la necesidad de justicia social, en otro, le permite ejercer una mediación inusual en el seno de la Iglesia española. En un momento difícil.
3. La pérdida de espacio
León XIV ha puesto sobre la mesa un documento que aborda estos tiempos, coloca límites innegociables y ofrece vías de salida. No se trata de la IA, sino de un cambio de época al que están empujando desde sectores de poder ligados a la tecnología, y al que se quiere responder con una posición a la altura del desafío. Lo dijo Arguello: hay cuestiones éticas, políticas, sociales y materiales de fondo. Esta sistematización en un texto solo ha provenido de la Iglesia: las opciones políticas se mueven en entornos demasiado parciales.
Sin embargo, hay que constatar antes la difícil posición en que ha quedado la Iglesia católica. En las décadas anteriores, y en especial durante el papado de Juan Pablo II, la Iglesia se significó especialmente contra el comunismo. Era el tiempo de una guerra fría que finalizó con el desplome de la URSS. El Vaticano contribuyó todo lo que pudo, también fuera de Europa. En general, la jerarquía católica se alió con opciones de derecha para combatir al enemigo rojo, sobre todo en Europa y Latinoamérica. Todavía estaba viva la teología de la liberación. Lentamente, pero sin pausa, el catolicismo se asentó entre las clases medias altas y altas urbanas, y fue abandonando su presencia cotidiana en el entorno de las clases obreras. Sus curas más concienciados no eran bien vistos por Juan Pablo II, pero tampoco hubo quien los sustituyera.
Fue curioso, porque esa alianza con EEUU contra la URSS no resultó especialmente bien retribuida. Los estadounidenses impulsaron las opciones evangélicas, que fueron ocupando los lugares que iban abandonando los curas católicos. En Latinoamérica, el reemplazo ha sido muy significativo. Ahora están entrando con ímpetu en España. Se apoyan en la inmigración, pero también en el sentido de la comunidad, en el hecho identitario y en una ideología que encaja bien con tiempos materialistas.
Los católicos adoptaron una posición frente a la sociedad que servía para el consuelo, pero que no aumentaba las adhesiones entre las clases con menos recursos. Existía una tarea de ayuda con los pobres de verdad, esos que ni siquiera duermen en los albergues, se reparte comida y se brinda asistencia a personas que no pueden llegar a fin de mes y se cuida de quienes están en exclusión social. Es una labor asistencial de innegable necesidad, pero apenas estaban en la vida cotidiana de los barrios de las clases trabajadoras. La situación hoy exige salir del asistencialismo, porque esta es una sociedad altamente insegura: un mal paso puede sacarte del juego y quizá no vuelvas a participar en él. La presencia en los barrios de clases medias altas y la caridad para con los más necesitados era la postura del neoliberalismo. Estos son otros tiempos.
El mundo ha entrado en una nueva época. El catolicismo está ajustando piezas internas para girar hacia un nuevo lugar, está trazando alianzas, “ladrillo a ladrillo”, con los actores sociales y políticos y está intentando acercarse a partes de la sociedad que ha perdido. Quiere convertirse en un motor.
