MIS COLABORACIONES
Breve historia de «los verdes» en España (1)
Primer texto de los tres que voy a dedicar a un resumén de la inacabada y tumultuosa historia de la «ecología política» en España.
Óscar Cerezal Orellana
REVISTA ECO IDENTIDAD
El desarrollo de la ecología política en España ha sido un proceso largo, complejo y, en la mayoría de las ocasiones, inacabado. Y cuando hablo de “inacabado” me refiero a la imposibilidad —salvo honrosas excepciones— de alcanzar no ya un éxito cuantitativo en forma de cargos electos o participación en gobiernos, sino incluso una autonomía organizativa capaz de impulsar dichos procesos.
Este es el primero de tres artículos en los que recorreré, de forma sucinta, la compleja historia de Los Verdes —en sus distintas versiones y facciones— desde la muerte de Franco hasta la actualidad. En los dos primeros textos abordaré este recorrido histórico, mientras que en un tercero reflexionaré, desde el momento presente, sobre las posibilidades futuras de este espacio, el verde, que —adelanto— debería contar con un gran protagonismo, al margen de la formulación organizativa que adopte.
Evidentemente, las limitaciones de espacio no permiten un ensayo detallado, pero sí ofrecer un conocimiento esquemático de los hitos más relevantes, suficientes para comprender lo que tenemos y lo que podemos esperar.
Las fuentes de este repaso histórico proceden de la lectura, a lo largo de los años, de diversos libros, de la consulta de documentos orgánicos y de múltiples testimonios orales y escritos de personas que han sido parte fundamental de esta historia. A ello sumo, en algunos tramos, mis propias experiencias, al haber participado activamente en varias de las iniciativas o experimentos surgidos a principios de este siglo, de los que también hablaré.
El nacimiento de una esperanza
Al inicio de la Transición democrática comienzan a surgir en España movimientos sociales vinculados al ecologismo, aunque todavía sin una estructura política sólida. A nivel internacional empieza a consolidarse un pensamiento crítico sobre los límites del crecimiento y sobre un modelo de desarrollo depredador, lo que impulsa la aparición de movimientos locales vinculados al pacifismo, el antinuclearismo y la defensa del territorio.
Estos movimientos logran ciertos éxitos electorales en el ámbito municipal en países como Holanda o Alemania, e incluso representación estatal en Suiza con el denominado Grupo para la Protección del Medio Ambiente. Posteriormente, se producen avances significativos en Francia, Bélgica y otros países, lo que supone un importante impulso para el movimiento político verde.
En España, el ecologismo comienza a definir una estrategia con el Manifiesto de Daimiel (1978). Sin embargo, la influencia del anarquismo hace que todavía se perciba como lejana la creación de estructuras partidistas, a diferencia de lo que ya ocurre en otros países europeos.
Esta situación empieza a cambiar en 1983, cuando Petra Kelly —referente de un modelo político sin liderazgos tradicionales y figura clave de Die Grünen, los poderosos verdes alemanes— visita España y se reúne con diversos ecologistas en Tenerife, con motivo del Festival de Cine Ecológico. De estos encuentros, que ella misma relata en diversos textos, surge el denominado Manifiesto de Tenerife, presentado en rueda de prensa junto con la creación de la “Comisión Gestora de Los Verdes”, que puede considerarse el momento fundacional de la ecología política en España.
De la ilusión inicial a las primeras fracturas
El comienzo de la articulación política verde nace con serias dificultades, entre otras razones porque la mayoría de los ecologistas históricos no se embarcan en esta iniciativa al considerar que no se dan las condiciones para ello. Existe un gran rechazo por parte de las mayoritarias tendencias libertarias y este mundo está atomizado en cientos de iniciativas locales con escasa coordinación entre ellas. Muchas de estas iniciativas están ligadas a la extrema izquierda extraparlamentaria, que aún mantiene una relativa presencia en el territorio, y otras comienzan a recibir el apoyo de un PSOE al que ayudaron en 1982 y en cuyo recién estrenado e inmenso poder iban a encontrar cobijo legal y profesional.
Por tanto, estos primeros momentos de Los Verdes generan la convocatoria de diversos encuentros de coordinación por toda España que confluyen en 1984 en Málaga, donde se aprueba registrar ante el Ministerio del Interior —con el respaldo de casi 200 delegados provenientes de 12 comunidades autónomas— a Los Verdes y celebrar en Barcelona, al año siguiente, el primer congreso.
Este congreso, con casi 300 delegados —entre los que son mayoría abrumadora los catalanes y madrileños—, nace con crispación interna, conflictos entre federaciones y dos visiones completamente discordantes: quienes, como los catalanes, veían en la fórmula de partido registrado una visión centralista y estatal, frente a la que proponían un modelo confederal de partidos regionales federados; y quienes buscaban dar un paso para construir un partido de nuevo tipo, al estilo alemán, pero coherente en todo el Estado. Veinte años después, este sigue siendo uno de los problemas y debates vigentes.
Los medios, en lugar de transmitir el nacimiento de Los Verdes como una esperanza, se hicieron eco de las divisiones y disputas, que en algunos casos generaron escisiones desde el inicio. Al mismo tiempo, se construía a la izquierda del PSOE una nueva fuerza integradora, de nombre Izquierda Unida, donde el PCE, junto al PASOC, carlistas, pro-soviéticos del PCPE y un nuevo espacio verde liderado por Ramón Tamames, de nombre Federación Progresista, venía a ocupar ese espacio animado por la lucha anti-OTAN.
Debilidad electoral y fragmentación
En 1986, Los Verdes, aún más debilitados y sin liderazgo claro, deciden presentarse bajo el lema “Pon verde al Parlamento”, pero solo lo consiguen en cinco circunscripciones: Madrid, Valencia, Alicante, Castellón y Tenerife, logrando 31.909 votos, que, sumados a los de Alternativa Verda y a los del Partido V.E.R.D.E., no alcanzaron los 100.000 votos, lo que no resulta muy alentador. Aun así, en otros muchos territorios, al margen de procesos electorales, Los Verdes tienen presencia activa en las luchas sectoriales. En otros, como Euskadi, Los Verdes piden el voto a nivel autonómico para Euskadiko Ezkerra.
A partir de 1987, a raíz de su II Congreso, se agudiza aún más la división con la aparición o consolidación de diversas formaciones, como Los Verdes Alternativos o la Confederación Los Verdes, lo que, pese a que la suma de las mismas logra mejorar los resultados en el proceso electoral europeo y alcanzar algunos cargos locales, muestra un espacio atomizado por el personalismo, el infantilismo de algunas tendencias e incluso la aparición formal de una secta, la de la “Comunidad de Silo”, que alcanza fuerza e influencia bajo el nombre de Los Verdes Ecologistas, usando el símbolo del girasol del ecologismo europeo.
Esta comunidad, que llegó a formar parte de IU bajo otra denominación —el Partido Humanista—, logró el no tan sorprendente respaldo de las cloacas del Estado, que permitieron su registro legal, lo que generó otra piedra más en el camino verde y aumentó la confusión ante la opinión pública. Finalmente, una estratagema legal de unos abogados ecologistas logró un cambio de posición del Ministerio del Interior, al intentar legalizar el Partido Socialista Obrero Español Ecologista (PSOEE), demostrando el doble rasero utilizado. Aun así, la secta de Silo siguió estando presente y causando problemas en numerosos territorios bajo otras denominaciones.
La falta de apoyos electorales, unida a la cada vez mayor fragmentación interna, hizo que uno de los campos de batalla fuera la búsqueda del reconocimiento internacional, en un momento en el que el ecologismo político comenzaba a alcanzar grandes éxitos en diversos países de Europa. Finalmente, Los Verdes lograron el reconocimiento de la Alianza Verde Europea en detrimento de otras marcas, tras lo cual se comenzó a intentar, una vez más, una integración verde en nuevos proyectos, ya fuera mediante alianzas con candidaturas nacionalistas de izquierdas o la fusión con sectores escindidos con anterioridad.

La oportunidad perdida de 1989
Las elecciones europeas de 1989 marcaron un hito en la historia del movimiento, logrando agrupar a diversas personalidades históricas en un acuerdo entre Los Verdes y la Confederación Los Verdes, además de una presencia novedosa en los medios de comunicación. Sin embargo, a última hora sufrieron nuevas deserciones y no lograron evitar que los sectores ecologistas más radicalizados se desvincularan de Herri Batasuna o de la extrema izquierda.
Finalmente, pese a que parecía que este era el momento de romper el techo de cristal e irrumpir con fuerza en unas elecciones con lista única en todo el Estado, se presentaron cuatro listas verdes diferentes que, entre todas, sumaron casi 450.000 votos, lo que habría supuesto al menos dos diputados. La realidad fue que ningún ecologista español logró escaño en Bruselas, mientras decenas de franceses, alemanes, italianos o belgas sí lo lograron.
Los Verdes frente a Izquierda Unida
De cara a las elecciones generales de octubre de 1989, la división se agudizó y los resultados empeoraron sustancialmente. La ruptura interna dio paso a la construcción de algo que iba a marcar mucho el desarrollo organizativo: la creación, tras la negativa inicial de Los Verdes a dialogar, de una corriente ecosocialista dentro de Izquierda Unida.
Esto permitió que años después comenzara a gestarse una colaboración —cuando no una integración— de algunas federaciones con IU. Aquí se abre una etapa que ocupará casi toda la década, en la que gran parte de la vida política verde gira en torno a su relación con la organización que dirige Julio Anguita, con idas y venidas que dan lugar al surgimiento de nuevas fuerzas que tendrán durante un tiempo un peso relevante, dentro de su limitada dimensión, como Los Verdes – Grupo Verde, así como un goteo de proyectos locales formados por personalidades históricas que pretenden hacer valer su peso frente a los fracasos colectivos de casi dos décadas de trabajo partidista.
Los diferentes congresos de la diáspora verde durante los años 90 —porque la unidad se ha convertido en una quimera y en cada región surgen diversas organizaciones diferenciadas— se articulan en torno al debate sobre si contar con personalidad propia y una entidad independiente o consolidarse como corriente ideológica dentro de la izquierda alternativa. Un debate que, en cualquier caso, refleja el ensimismamiento de un espacio que, siendo incapaz de entenderse consigo mismo, pretende influir o competir con otros, en este caso una IU al alza gracias al descrédito del PSOE.
Este proceso lleva a que se alcancen algunos diputados verdes en autonomías dentro de los pactos con IU. Acuerdos que solían acabar en rupturas, generando grandes expectativas acompañadas de rápidas decepciones entre unos militantes verdes a los que les costaba asimilar la cultura orgánica heredada del PCE, hegemónica en IU.
Los años 90: entre la oportunidad y la dispersión
La nueva década generó una nueva oportunidad para los partidarios de la ecología política como alternativa superadora de las izquierdas clásicas, una vez que los sectores terceristas verdes se volvieron irrelevantes y se refugiaron en el asociacionismo medioambiental o animalista. La caída del Muro de Berlín arrastró a la izquierda de tradición comunista, tanto en sus vertientes más duras como en las renovadas, llevando a muchos de sus huérfanos a encontrar en el ecosocialismo una forma de renovación, acompañada además de una aureola antiglobalización ligada a los foros sociales mundiales.
Durante estos años, que continuaron marcados por disputas internas, Los Verdes lograron presencia institucional, aunque nunca en solitario salvo en comicios locales, ocupando espacios dentro de candidaturas de IU e incluso del PSOE, como ocurrió en Andalucía. Todos estos acuerdos, antes o después, acabaron rompiéndose.
Es cierto que en España los ecosocialistas se vertebraron dentro de IU, pero con mayor predicamento encontraron en la refundación del PSUC en Cataluña su principal referencia. La puesta en marcha de Iniciativa per Catalunya Verds como proyecto claramente identificado con la izquierda verde será objeto de intento de réplica en diversas regiones, con mayor o menor éxito, e incluso encontrará eco en los militantes renovadores de IU, que formarán el Partido Democrático de la Nueva Izquierda, que acabaría confluyendo en el PSOE.
Tras casi dos décadas de avances erráticos sin encontrar un camino claro, Los Verdes creyeron que, con la entrada en el nuevo milenio, era el momento de volver a intentarlo, existiendo claramente dos visiones de la ecología política confrontadas: los “realos”, partidarios de colaborar como una tercera izquierda con las otras dos, y los “fundis”, defensores de posiciones más puras y autónomas… (continuará)
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