MEMORIA

Hispanidad, realidad aumentada

Si la Hispanidad significa algo respetable y sugerente es justo lo contrario: extraversión.

.- El Mundo

Fletado, al parecer, por Unamuno, el concepto de hispanidad ha atravesado varios momentos. Para Ramiro de Maeztu, la hispanidad era algo que se perdió allá en el 700, cuando España se dejó afrancesar fatalmente el espíritu, abdicando de su misión ecuménica y evangelizadora. ¡Ay, esos volúmenes de la Enciclopedia, viajando hasta Caracas en las bodegas de los barcos de la Compañía Guipuzcoana de Navegación! Para Rubén Darío -nuestro Kipling, sin imperio- la hispanidad era un mazo ardiente con el que dar en la cabeza a unos Estados Unidos ávidos de hegemonía al sur del Río Grande. Para una nueva hornada de propagandistas contemporáneos -el argentino Marcelo Gullo es el más representativo- la hispanidad es un polo civilizatorio autosuficiente: América Latina y España deben romper lazos con el Norte protestante y sajón y recogerse en su propio mundo, al modo en que Rusia, según ha predicado con éxito Alexander Dugin, ideólogo de Putin, debe guarecerse en las fronteras rampantes del Russkiy Mir (Carlos Granés analiza con gran lucidez estas quimeras panhispanas y antioccidentales en su último libro, El rugido de nuestro tiempo, publicado por Taurus).

Todas estas visiones me parecen doloridas y antipáticas. Hacen de la hispanidad un aliviadero de resentimientos y convierten la enorme geografía del mundo hispano en una madriguera donde refugiarse de los embates de la modernidad. Pero si la hispanidad significa algo respetable y sugerente es justo lo contrario: extraversión. Sigue valiendo la ejemplar exposición de motivos de la ley de 1987 -gobernaba Felipe González– que hizo del 12 de octubre la Fiesta Nacional, fecha escogida por simbolizar «la efemérides histórica en la que España, a punto de concluir un proceso de construcción del Estado a partir de nuestra pluralidad cultural y política, y la integración de los reinos de España en una misma monarquía, inicia un período de proyección lingüística y cultural más allá de los límites europeos». Cada palabra es aquí cierta y el acento se pone en la auténtica originalidad de nuestro país: ser una nación «transeuropea», como gustaba decir Julián Marías. Condición que trae aparejadas algunas dificultades a la hora de construir una nación moderna, pero cuyas ventajas no cabe echar en saco roto: una dilatación del repertorio cultural y comercial de los países de lengua española y un trozo no pequeño de planeta donde emigrar -y exiliarse, si es el caso- son lances biográficos menos traumáticos. La hispanidad es una realidad aumentada de la que hacerse cargo y a la que sacar partido (seguramente, más partido del que le sacamos). Ensanchamiento, no ensimismamiento. Una catenaria entre hemisferios, tendida hace más de cinco siglos por tres carabelas en ruta por el Atlántico. Una declinación posible y efectiva de Occidente que está bien celebrar.

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