CRÍTICA
Everwood
Netflix nos ha recuperado esta serie familiar de los 2000, que no ha envejecido demasiado mal pero a la que se le notan las arrugas.
Serie de 2002
Disponible en Netflix
Estrenada en 2002, Everwood es uno de esos dramas familiares que engancharon desde el primer episodio gracias a una combinación de romance, conflictos generacionales y dilemas personales. La serie sigue la historia del prestigioso neurocirujano Andrew Brown (interpretado por Treat Williams), quien, tras la muerte de su esposa, se muda con sus hijos, Ephram (Gregory Smith) y Delia (Vivien Cardone), al pequeño pueblo de Everwood, en Colorado. Allí entabla una compleja relación con el doctor Harold Abbott (Tom Amandes), mientras Ephram vive un intenso romance con Amy Abbott (Emily VanCamp), uno de los pilares emocionales de la serie. Sin olvidar la presencia de la superestrella Chris Pratt en uno de sus primeros papeles.
El mayor acierto de Everwood reside en sus personajes. Sus protagonistas resultan cercanos, con conflictos creíbles y una evolución que invita al espectador a implicarse emocionalmente. Treat Williams aporta humanidad y sensibilidad a un padre que intenta reconstruir su familia, mientras que Gregory Smith y Emily VanCamp transmiten con naturalidad las inseguridades y pasiones de la adolescencia. El reparto secundario también contribuye a dar profundidad a un pueblo lleno de historias cruzadas.

Sin embargo, la serie también cae en uno de los defectos más habituales de los culebrones televisivos. Aunque parte de situaciones muy interesantes, acaba estirando excesivamente muchas de sus tramas. Los constantes malentendidos, las rupturas y reconciliaciones, y los giros sentimentales terminan alargando conflictos que podrían haberse resuelto mucho antes. Esa necesidad de mantener la tensión durante varias temporadas hace que algunos episodios resulten repetitivos y que el ritmo narrativo pierda fuerza.
Caso aparte también es lo que uno ve, cuando revisita esta serie después de casi 25 años. No se si será por la edad o porque el mundo se ha movido, pero uno descubre ahora una lucha argumental profunda entre un cierto conservadurismo bucólico del entorno rural –frente a la modernidad de la gran ciudad– y de la cercanía, con giros de guión liberales en todos los temas –subrogación, aborto, homosexualidad…– que aunque no son demasiado evidentes si denotan que al final los guionistas llegaban a un consenso «bienqueda» que intentaba no enfadar a nadie, pero infantilizaban la resolución de las tramas. Además, de que debo reconocer que tras ver de nuevo las cuatro temporadas –en su día creo que lo dejé en la segunda– llego a la conclusión de que todo se podía haber resuelto en la primera, si los padres comprensivos hubieran pegado dos collejas y enviado a un colegio militar a esos hijos tan intensos y abofetables en tantas ocasiones.
Aun así, Everwood conserva un encanto especial gracias a su atmósfera acogedora, sus valores familiares y la química de su reparto. Es un culebrón emotivo y bien interpretado, capaz de ofrecer momentos muy memorables, aunque habría ganado en intensidad si hubiera sabido cerrar algunas historias sin prolongarlas innecesariamente.
