IDEAS
«Dilexi te», el rearme de la
democracia cristiana
En su columna semanal ‘A pluma y espada’, el periodista Víctor Guillot subraya que la nueva exhortación apostólica del Papa León XIV es «la reacción teológica y también política» al «nuevo orden mundial que trata de imponerse desde la llegada de Trump». Además, agrega, quizá sea «un primer mensaje» para «inyectar valores e ideología» a la democracia cristiana, desdibujada en toda Europa y «completamente desnortada» en España.
Y de repente, san Agustín. Entre el imperio y el emporio, se han vuelto a cruzar dos órbitas: la economía política y la religión. No podemos entender la vertiginosa parábola del siglo XXI sin la doctrina de la Iglesia que, poco antes de la muerte del Papa Francisco gravemente enfermo, nos devolvió el eterno dilema que se ha fraguado entre la ciudad de los hombres y la ciudad de Dios. En tiempos tecnológicamente acelerados, la religión se ha convertido en una morada desde la que observar y reflexionar el devenir de la humanidad.
El catolicismo regresa como un humanismo que parece haber retomado el testigo del Concilio Vaticano II, la mirada social de León XIII, Pablo VI y Juan XXIII. No todo obedece a la tremenda aceleración de la guerra, la economía y la tecnología. El último genocidio que ha vivido la humanidad en la Franja de Gaza nos hace reflexionar sobre el amor que profesamos hacia los demás, quizá porque nos resulta muy difícil mantener la mirada ante la imagen repetida de un viejo moribundo o una mujer sollozante, abrazada a la figura inerte de un bebé famélico. La religión reaparece como brújula y refugio en medio de la muerte, la desolación y el caos propiciados por Benjamín Netanyahu y Donald Trump. Religare. Reunir. Agrupar.
La teología frente a la política
El pasado jueves, el Papa León XIV publicaba su exhortación apostólica Dilexi te (Yo te he amado), continuación de la que Francisco inició y no llegó a concluir tras caer gravemente enfermo. La exhortación, firmada el 4 de octubre, consta de 128 páginas divididas en cinco capítulos, y va acompañada de una carta escrita de su puño y letra en inglés dirigida al Colegio de los Obispos. «Que Dilexi ayude a la Iglesia a servir a los pobres y acercar a los pobres a Cristo», escribe.
«La dignidad de toda persona humana debe ser respetada ahora, no mañana», advierte León XIV. En el texto pastoral que el Vaticano ha dado a conocer, Prevost, primer Papa estadounidense, misionero en Perú y hoy arzobispo de Roma, escribe sobre el amor a los pobres. Escribimos para ordenar las ideas. Siempre que se escribe, se hace contra algo o contra alguien. Y en Dilexi te, León XIV parece dirigirse a los Donald Trump, Bukele o Milei que en los últimos años han florecido en algunas democracias. Frente a la celebración del éxito, el triunfo, el hedonismo y la ostentación excluyente del poder que hace permanentemente el imperio y el emporio del presidente de los EE. UU., León XIV aborda el amor universal hacia las mujeres y los hombres. Especialmente hacia aquellos que viven en la pobreza, la marginalidad y la reclusión, desde la defensa de la democracia, la igualdad social y el reconocimiento de la dignidad de todos los hombres.
El nuevo Papa menciona en su exhortación los orígenes de la doctrina de la teología de la liberación. Dios está con los pobres, Jesús está con los inmigrantes, también lo está con los deportados y con los enfermos. Dios está con los últimos y sus ángeles moran en los basurales del fracaso. León XIV delimita los contornos de la injusticia y del poder: «La ilusión de una felicidad que deriva de una vida acomodada mueve a muchas personas a tener una visión de la existencia basada en la acumulación de la riqueza y del éxito social a toda costa, que se ha de conseguir también en detrimento de los demás y beneficiándose de ideales sociales y sistemas políticos y económicos injustos, que favorecen a los más fuertes. De ese modo, en un mundo donde los pobres son cada vez más numerosos, paradójicamente, también vemos crecer algunas élites de ricos, que viven en una burbuja muy confortable y lujosa, casi en otro mundo respecto a la gente común. Eso significa que todavía persiste —a veces bien enmascarada— una cultura que descarta a los demás sin advertirlo siquiera y tolera con indiferencia que millones de personas mueran de hambre o sobrevivan en condiciones indignas del ser humano».
En plena semana donde se discute la viabilidad del plan de paz sobre Gaza, irrumpe Dilexi te, la reacción teológica y, por qué no, también política, de Prevost al nuevo orden mundial que trata de imponerse desde la llegada de Trump, donde la democracia se está convirtiendo en una mera formalidad. San Agustín vuelve a ser actualidad mientras Donald Trump amenaza con invocar la Insurrection Act para justificar la intervención militar en los estados demócratas de su país que se reivindiquen en rebeldía. El ordo amoris ha venido a establecer orden en las relaciones internacionales y también en las relaciones sociales y políticas. Regresa el momento católico, afrontando su faceta más universal, frente a aquellos que establecen un criterio de prelación donde lo más próximo ocupa una jerarquía política y moral superior sobre lo más lejano, o sea, sobre los parias. De este modo se sustanció hace unos meses la reyerta teológica entre León XIV y el vicepresidente de los EE. UU., J. D. Vance, cuando este último apeló a san Agustín para defender la deportación de los inmigrantes que residen irregularmente en su país.
La invocación de san Agustín no es casual. La lectura de La Ciudad de Dios del teólogo de Hipona influyó mucho en su conversión al catolicismo. Hijo de una familia pobre de Ohio, vivió una infancia áspera y dura. Vance fue soldado en Irak, donde se desencantó del neoconservadurismo de Bush hijo quien, tras la caída del muro de Berlín y la disolución de la vieja URSS, dio por finiquitada la historia y permitió instalar la democracia por la fuerza allí donde hiciera falta, ya fuera Afganistán o Irak. Vance regresó a EE. UU. con la pesadilla de la guerra, como un mensajero del miedo, dispuesto a defender una única civilización. Estudió Derecho, escribió una autobiografía sobre la dureza de sus orígenes redneck (Hillbilly, una elegía rural, Deusto) y la popularidad adquirida en medios conservadores le abrió las puertas de la política. El vicepresidente de los EE. UU. no es un neoliberal clásico. Es un católico integrista que repudia a la élite liberal de Estados Unidos y propugna un gobierno fuerte para enderezar el rumbo de la nación desde los valores religiosos. Considera que el día de su bautizo se unió a la Resistencia. Su pensamiento no está muy lejos de los nacionalistas rusos.
La reacción más dura, quizá, al nuevo giro de la Casa Blanca, la está protagonizando el Papa León XIV. El líder católico mantuvo un acalorado debate sobre inmigración con la Iglesia católica norteamericana el pasado uno de octubre. Según Il Giornale, Prevost declaró que «un verdadero provida lucha no solo contra el aborto, sino también por los derechos de los migrantes». Pocas semanas después de que Donald Trump cambiara la nomenclatura de la Secretaría de Defensa por la de Guerra, el Papa Prevost afirmaba que había llegado la hora de guardar la espada y tener la audacia de desarmarse. Prevost envía mensajes nítidos desde que inició su pontificado, mensajes potentes, embarnecidos por una liturgia católica en la que aparece respaldado por miles de fieles. León XIV es un misionero cauto con algunas ideas claras. «Guarda tu espada», le dijo Jesús a Pedro en el monte de Getsemaní, cuando fue arrestado, poco antes de su crucifixión. Las palabras de León XIV fueron pronunciadas junto a la estatua original de Nuestra Señora de Fátima, trasladada a la plaza de San Pedro para la ocasión, donde decenas de miles de fieles llegaron para rezar por la paz. Mensajes, signos, símbolos. Ese día no era uno cualquiera. Se celebraba el aniversario de la apertura del Concilio Vaticano II que tuvo lugar el 11 de octubre de 1962, la noche del memorable Discurso de la Luna de Juan XXIII.
En un tiempo en el que la derecha ya no se compadece del ideario de la vieja democracia cristiana que amaneció tras la Segunda Guerra Mundial, León XIV parece haber comenzado a liderar el rearme ideológico del catolicismo del siglo XXI. Lo hace alejándose del imperio, delimitando sutilmente el papel de las iglesias nacionales, rodeándose de los pobres y los más desamparados, y defendiendo la acción concreta por la paz y la solidaridad: guardad vuestra espada y tened la audacia de desarmaros. Habrá que ver qué recepción tiene su mensaje en las iglesias católicas nacionales. Si algo no pondrá en peligro el nuevo Papa es la unidad.
Conviene regresar a Dilexi te. Puede ser un primer mensaje que sirva para inyectar valores e ideología a una democracia cristiana ausente en Italia, debilitada en Alemania, diluida en Francia y completamente desnortada en España. Conviene estar atentos y ver el devenir de esta claridad. La teología todavía no es una rama de la geopolítica. Quizá este siglo vea renacer un nuevo centroderecha amparado en la caridad y los valores católicos que surgieron del Concilio Vaticano II y la teología de la liberación, para tiempos donde hemos vuelto a ver la perenne crueldad de la sangre del pasado siglo XX. Quedan por definir esas correas de transmisión. Quizá convenga volver a la figura de Alcide De Gasperi, rodeado de una corte de relevantes políticos. Algunos, como Andreotti, cooptado en el refugio que le brindó el Vaticano.
De Gasperi ganó la presidencia del poder ejecutivo y de sucesivos gobiernos democristianos. Tiempo de la milagrosa reconversión italiana que podría resumir una frase de Montanelli: «De Gasperi y Andreotti iban siempre juntos a misa; De Gasperi para hablar con Dios y Andreotti para hablar con los curas». Montanelli, maestro de periodistas, también afirmaba que De Gasperi tenía la tenacidad del montañero y la cautela del hombre de la curia. En España, no se ha conocido una figura con ademanes similares desde la salida de Adolfo Suárez. Se ha dicho que el 18 de abril de 1948, el día de las primeras elecciones democráticas de Italia, ganaron los comités cívicos de Luigi Gedda y las Vírgenes Peregrinas. En realidad, según Montanelli y Cervi, el 18 de abril «no hubo una Italia católica que se vistiera con ropas democristianas; hubo una Italia democrática, liberal e inconformista que asumió el papel de demócratas cristianos junto con la Italia propiamente católica».
Regreso al catolicismo político
¿Vivimos un momento católico? Todavía está por definir ante la deriva derechista europea. Mientras el PP de Alberto Núñez Feijóo ha tildado de «crucero» a la flotilla detenida y deportada por Israel tras acceder a aguas gazatíes, el Ayuntamiento de Milán discutía esta semana las nominaciones al Ambrogino de Oro, el más prestigioso galardón que se le puede dar a un ciudadano milanés. Este año, el Partido Democrático y los Verdes han propuesto a la Flotilla Global del Sumud. Ni siquiera Montanelli, su más ilustre periodista en las páginas del Corriere della Sera y fundador de Il Giornale lo obtuvo. Quizá vivimos un momento católico y el PP se aleja de él como de tantas otras cosas, obstinado en ocupar el mensaje de Vox.
El 4 de junio de 1989, el Partido Popular Demócrata Cristiano, formación de inspiración netamente democristiana fundada en 1979 por Fernando Álvarez de Miranda, se disolvía y se integraba en el Partido Popular. Tras su ingreso en la UCD de Adolfo Suárez, este paso fue clave para entender la refundación de la Alianza Popular de Manuel Fraga y para que se consolidara en el partido el humanismo cristiano, junto con el liberalismo conservador. La primera exhortación de Prevost está dedicada a los pobres, a los inmigrantes, a los deportados, a los últimos. La pregunta es sencilla: ¿ha abandonado el PP de Alberto Núñez Feijóo los principios fundacionales de su partido? Lo sabremos en marzo.
