CRÍTICA

Cuestión de principios

El cine francés sigue mostrando un realismo de la crueldad del sistema como pocos se atreven. Aquí de la mano de José Bove se demuestra.

Película de 2025.

Disponible en Filmin.

La película francesa Cuestión de principios (Une affaire de principe, 2024), dirigida por Antoine Raimbault, es de esas historias que demuestran que la política europea puede ser más inquietante que cualquier ficción. Lejos de explosiones y persecuciones, aquí el suspense se juega en despachos, pasillos y correos electrónicos. Y funciona.

El punto de partida es real: el llamado “Dalligate”, un escándalo que en 2012 sacudió al Parlamento Europeo. El entonces comisario de Sanidad, John Dalli, dimitió tras sospechas de vínculos con la industria del tabaco. A partir de ahí, la película construye un thriller sobrio donde vemos hasta qué punto los lobbies tienen la sartén por el mango en Bruselas.

El protagonista es José Bové, interpretado por un convincente Bouli Lanners. Y ojo, que no estamos ante un personaje inventado: Bové es un político francés real, famoso desde los años noventa por su activismo contra la globalización y las multinacionales agroalimentarias (sí, fue el hombre que desmontó un McDonald’s como protesta). En el Parlamento Europeo se convirtió en una voz incómoda para los grandes intereses, y su libro Hold-up à Bruxelles es la base sobre la que se apoya la película. De hecho, él mismo figura como colaborador del guion.

El film apuesta por una puesta en escena sobria y casi documental. No es una película fácil: hay nombres, cargos y entramados que pueden marear. Para suavizarlo, Raimbault introduce a Clémence (Céleste Brunnquell), una joven asistente parlamentaria que nos guía entre tanto pasillo. El contraste entre su ingenuidad inicial y la tozudez ética de Bové hace más accesible la trama.

Lo interesante es que Cuestión de principios convierte lo que podría sonar árido —comités, reglamentos, ruedas de prensa— en un relato tenso y con nervio. Quizá algunos villanos resulten caricaturescos, pero es parte de un juego muy real: subrayar lo pequeña que es la ética individual frente a las maquinarias del poder.

En definitiva, es un thriller político que no busca adornos ni héroes de cómic, por mucho que José Bové sea un moderno Asterix, sino recordarnos que la integridad, aunque incómoda y a veces solitaria, sigue siendo una forma de resistencia. Y al terminar, uno no puede evitar pensar: lo que aquí se cuenta, por desgracia, no suena para nada a ficción. Es la realidad.

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