IDEAS

China apuesta por la energía nuclear para garantizar su seguridad

El bloqueo del estrecho de Ormuz impulsa al régimen chino a acelerar su opción por el átomo como alternativa a las energías fósiles para blindar su éxito industrial y comercial.

Debemos construir un escudo inexpugnable de energía soberana en el que el átomo y la innovación garanticen que nuestra industria nunca se detenga por vientos externos”, dijo el presidente chino, Xi Jinping, ante el Politburó del Partido Comunista durante una reunión sobre la marcha de la economía del país, según la agencia de noticias Xinhua. Es una directriz destinada a subsanar la vulnerabilidad revelada por el bloqueo del estrecho de Ormuz, una vía marítima por la que circulaba cada día el 20% del petróleo y el gas natural del planeta antes de la crisis generada por la guerra en Irán. 

La insistencia del líder chino en acelerar los planes para que el átomo gane protagonismo en el panorama energético del gigante asiático no es nueva. Xi Jinping siempre ha considerado que una superpotencia que aspire al liderazgo mundial debe disponer de fuentes energéticas soberanas. Las fábricas no pueden depender de la volatilidad del clima ni de rutas marítimas controladas por terceros países si aspiran a liderar la inteligencia artificial (IA), la producción de semiconductores y la fabricación de coches eléctricos.

Hasta febrero de 2026, los líderes chinos eran conscientes del reto que representaba alcanzar la autonomía energética, pero lo consideraban una apuesta a largo plazo. Durante décadas, China ha operado bajo la máxima económica de que el crecimiento requería energía y el petróleo era la fuente más eficaz, lo que la ha convertido en la mayor importadora de combustibles fósiles del planeta. Sin embargo, la interrupción de este flujo por el bloqueo del estrecho de Ormuz ha expuesto a Pekín a los riesgos sistémicos de esta dependencia. Esta situación se ha visto agravada por la desaceleración económica que sufre, debido al agotamiento de su modelo de crecimiento, solo compensada por las exportaciones.

El baño de realidad ha forzado a China a acelerar su apuesta por la energía del átomo, que se había frenado tras la catástrofe de Fukushima, en 2011. En 2019, reanudó la aprobación de nuevos proyectos y, a partir de 2022, intensificó el ritmo hasta alcanzar la cifra de 10 reactores por año. Esta iniciativa tenía como metas reducir la contaminación y aumentar la capacidad energética necesaria para alimentar la producción industrial.

 

Reemplazar el carbón

El fin último de Pekín es sustituir el carbón como principal fuente combustible. Actualmente, aún representa en torno al 65% de la matriz energética, pero resulta insuficiente para sostener la ambición tecnológica y garantizar la electrificación industrial que el país exige para los próximos años. China ambiciona el liderazgo global y para ello precisa una enorme potencia energética, que no le garantizan las fuentes solares, ni las eólicas, que ya representan el 17% y el 11%, de la generación eléctrica nacional, respectivamente.

Así, la respuesta de los dirigentes chinos ha sido una aceleración sin precedentes de su apuesta por la energía nuclear. Es una iniciativa que ya contemplaba el XV Plan Quinquenal 2026-2030, pero que el bloqueo del estrecho de Ormuz ha estimulado. El objetivo es alcanzar entre 110 y 125 GW de capacidad instalada para 2030 y de 200 GW en 2040, momento en el que la nuclear deberá suponer el 10 % de la generación eléctrica total.

Se trata de un importante salto adelante frente a los 62,5 GW que generan ahora sus 58 reactores operativos, lo que supone menos del 5% de la generación eléctrica del país. Estas cifras sitúan a China por detrás de EE UU, que cuenta con 96 reactores y una capacidad instalada de 98 GW, y de Francia, con 57 reactores, que generan una potencia de 63 GW. España dispone de 7 reactores operativos con una potencia de 7 GW.

Para alcanzar las metas previstas, las autoridades chinas no reparan en medios y la actividad es frenética. Pekín impulsa actualmente la construcción de 36 reactores adicionales —de los que siete entrarán en funcionamiento este mismo año—, todos ellos en la zona costera, donde se concentra la actividad industrial. Esta cifra supone más del 40% del conjunto de centrales nucleares en construcción en el planeta.

Para financiar este desarrollo atómico, China movilizó más de 23.000 millones de dólares en 2025 y se estima que deberá invertir más de 400.000 millones de dólares para cumplir con sus objetivos previstos para finalizar esta década, según la prensa local. La magnitud de estas cifras explica la ambición del coloso asiático por convertirse en la primera potencia nuclear mundial.

 

Fabricación en serie

La clave de esta estrategia no se circunscribe al músculo financiero. Sus científicos han aprendido de los errores de Europa y EE UU, donde los proyectos nucleares son prototipos únicos y muy costosos, y han apostado por la estandarización tecnológica. Pekín ha promovido el reactor Hualong-1 y con ello ha creado una verdadera “línea de montaje” de reactores nucleares. Esta fabricación en serie permite reducir costes y rebajar los plazos de construcción a una media de 5 a 6 años.

Sin embargo, la ambición nuclear china no se limita a las grandes centrales convencionales. Pekín ha puesto el foco en los llamados reactores modulares pequeños (SMR, por sus siglas en inglés) para sustituir directamente a las viejas plantas de carbón y poder llevar la energía atómica a los parques industriales del interior del país. Este plan prevé convertir los SMR en la pieza clave de la descentralización energética, con un coste estimado del orden de 45.000 millones de dólares hasta 2030, según estimaciones de Bloomberg y de la Asociación de Energía Nuclear de China.

 

Exportar tecnología

El proyecto atómico chino va más allá de lograr la autosuficiencia energética. Aspira a convertir el coloso asiático en el exportador dominante de esta tecnología, con el fin de asegurarse décadas de influencia política y técnica en los países donde construya centrales, blindando sus cadenas de suministro y asegurando nuevos mercados para su tecnología. Son los casos de Pakistán, donde los reactores chinos ya son la columna vertebral de su sistema eléctrico, y también de Turquía, Argentina y Kazajistán (el mayor productor mundial de uranio).

Con su apuesta nuclear, China demuestra su realismo político en un panorama internacional dominado por la rivalidad tecnológica y unas relaciones geopolíticas muy inestables. Si el siglo XX estuvo marcado por el petróleo, Pekín apuesta porque el siglo XXI sea la centuria del átomo. Si Xi Jinping alcanza sus objetivos, no solo habrá transformado el sistema energético chino, sino que habrá redefinido las reglas de juego internacional para que la luz de la “fábrica del mundo” nunca se apague.

Compártelo en