CRÍTICA

Berlinguer: la gran ambición

El cine europeo (especialmente el francés e italiano) nos tiene acostumbrado a mirar su pasado con ojos críticos y valientes. Esta película sobre la vida del dirigente comunista Enrico Berlinguer es un buen ejemplo.

Película de 2024.

Disponible en salas de cine y ahora en Filmin.

La gran ambición (“Berlinguer. La grande ambizione”), dirigida por Andrea Segre, rescata la figura de Enrico Berlinguer y la coloca en el centro de una reflexión sobre la política italiana de los años setenta, un periodo convulso marcado por terrorismo, crisis económica y fuertes tensiones ideológicas. La película llega en un momento oportuno, cuando la ética y la coherencia en la política parecen valores cada vez más escasos.

El retrato que se ofrece de Berlinguer es profundamente humano: un líder austero, de gran integridad, pero también lleno de dudas y contradicciones. Elio Germano, uno de los actores italianos más valientes (Mi hermano es hijo único, Queridos vecinos o La increible historia de la isla de la rosa) , ejerce con solvencia en un papel contenido y veraz, que consigue transmitir la mezcla de fragilidad y firmeza que la historia dice que definía al mítico secretario del Partido Comunista Italiano. La apuesta del “compromiso histórico”, aquella alianza con la Democracia Cristiana de la mano de Aldo Moro para salvar a Italia del caos, al mismo tiempo que una valiente ruptura con la tutela soviética aparece en el filme como una gran utopía, cargada de esperanza, pero también de inevitables riesgos y desencantos. Algo que ha demostrado la errante deriva de la izquierda italiana hasta nuestros días.

Narrativamente, Segre opta por una puesta en escena sobria, que prioriza el discurso político sobre el espectáculo. Esto es, al mismo tiempo, una virtud y una limitación: la película evita caer en la grandilocuencia, pero en algunos tramos puede resultar demasiado compleja para un espectador no familiarizado con el contexto histórico. Aun así, la reconstrucción de los “años de plomo” es precisa y convincente, ayudada por una ambientación cuidada y un montaje que mantiene viva la tensión.

Se podría señalar que La gran ambición no arriesga demasiado en lo formal y que se centra en exceso en la figura de Berlinguer, dejando en segundo plano el retrato coral de la compleja Italia de los setenta. Sin embargo, creo que esto responde a una elección clara: la película busca la intimidad y el testimonio, más que la épica. En ese sentido, logra emocionar no tanto con grandes escenas de acción, sino con silencios, gestos y la gravedad de los dilemas éticos.

Lo más relevante, sin embargo, es la actualidad que desprende. A medio siglo de distancia de los narrado, la película interpela al presente: la necesidad de alianzas políticas con principios, la fragilidad de la democracia y la importancia de líderes que asuman responsabilidades más allá del cálculo electoral.

En definitiva, La gran ambición es un biopic honesto y necesario, que sin ser perfecto cumple con creces su misión: recordarnos que la política puede ser también un acto de dignidad.

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