Ángel Pestaña

El caballero de la triste figura

Ángel Pestaña, considerado como una de las figuras más destacadas del anarcosindicalismo español, es uno de nuestros políticos más olvidados. Nombres como Joaquín Costa, Federica Montseny, Salvador Seguí, Anselmo Lorenzo, Francisco Ascaso o Joan García Oliver han perdurado dentro de la memoria colectiva. SND ediciones ha publicado un libro sobre su figura.

 

Sin embargo, Ángel Pestaña ha sido olvidado. ¿Por qué? Esta es una de las claves del presente libro. Sacar del ostracismo a una de las figuras fundamentales del sindicalismo español. Si Salvador Seguí, su maestro y amigo, era el prototipo del líder carismático, Pestaña encarna el tipo místico y austero. Después de viajar por España, Francia y el norte de África, fijó su residencia en Barcelona, donde llegó poco antes de morir Anselmo Lorenzo, que lo acogió en el círculo Tierra y Libertad. En el Congreso de la CNT de Cataluña, celebrado en Barcelona, del 28 de junio al 1 de julio de 1918, tuvo una actuación destacada. Durante el mitin de clausura dijo que “después de este Congreso ya no será pan lo que pediremos, después del fracaso manifiesto del sistema capitalista; desde hoy reclamaremos justicia, reclamaremos equidad, y por fin, reclamaremos los medios de producción y de distribución… No queremos negar a nadie el derecho a la vida, pero no queremos tampoco que ese derecho se nos niegue a nosotros”.

 

En marzo de 1920 salió de España en representación de la CNT para asistir al II Congreso de la Internacional Comunista y a las sesiones preliminares de la Internacional Sindical Roja. Durante su estancia en la Unión Soviética, tuvo ocasión de conocer a Lenin, Trotski, Zinoviev, Radek, Luzovsky y otros dirigentes comunistas. Pestaña fue uno de los escasos delegados que se atrevieron a enfrentarse a la línea impuesta por los comunistas. A su regreso a Barcelona fue detenido. Durante su encarcelamiento redactó un extenso informe sobre su viaje a la Unión Soviética. Como Seguí, Pestaña condenó el pistolerismo surgido en Barcelona a principios de la década de los años veinte, distanciándose del crimen y el terror como medios de lucha al exclamar que “en nombre de nuestras ideas, en nombre de nuestros principios, en nombre de nuestro apostolado, no se puede matar, no debe llegarse al crimen individual. Rechazo la violencia individual cuando llega el derrama- miento de sangre”. Precisamente en este contexto, el 26 de agosto de 1922 fue objeto de un atentado mientras se hallaba pronunciando un discurso en Manresa, que estuvo a punto de costarle la vida y que provocó la indignación de casi toda España. El atentado contra Pestaña condujo a la destitución del general Miguel Arlegui y del gobernador civil de Barcelona, Severiano Martínez Anido, y puso fin a la siniestra ley de fugas, consistente en el asesinato legal de sindicalistas. Restablecido de su atentado fue invitado a pronunciar una conferencia en el Ateneo de Barcelona, en la que afirmó que los sindicalistas actuarán dentro de la ley siempre que la ley se respete.

 

En 1934 decidió fundar, con un grupo de partidarios, el Partido Sindicalista, que marcó una ruptura formal con el anarquismo y su evolución hacia un sindicalismo político inspirado en el laborismo inglés: “La constitución del Partido Sindicalista obedece a la necesidad de recoger en una organización adecuada la acción política derivada de la acción sindical económica… Por esto hay que insistir afirmando la existencia de una acción sindical económica y de una acción sindical política… No somos marxistas. Y como no somos marxistas no podíamos inscribirnos en las filas del Partido Socialista o del Partido Comunista, que son marxistas, sin dejar de ser nosotros lo que somos… No somos marxistas porque no creemos en el fatalismo económico… Por lo tanto, al aceptar el marxismo, hay que aceptar que las formas sociales son las resultantes obligadas de las formas económicas, con lo que se destruye en él cuantas ambiciones pueda tener de mejorar su cultura, su moral, su conocimiento y su deseo de saber el cómo y el porqué de todo cuanto le rodea. Es decir, se destruye en él la espiritualidad y cuanto le impulse a buscar lo superior y lo elevado. Se le reduce casi a la condición de bestia. De una bestia un poco más inteligente que las demás bestias; pero se le reduce a tal condición. Pues para él las ideas no significan nada; lo son los hechos económicos”. Poco antes de la fundación de la Falange Española se entrevistó con Julio Ruiz de Alda. Sobre los contactos de Pestaña con Falange en los meses anteriores al 18 de julio de 1936 Felipe Ximénez de Sandoval en su libro José Antonio. Biografía apasionada escribía: “Encauzada la propaganda jonsista hacia los núcleos obreros puramente sindicalistas, pareció inminente varias veces el ingreso en nuestros Sindicatos de los elementos apartados de la CNT, al unirse ésta a los terroristas de la FAI, acaudillados por Ángel Pestaña. José Antonio que no llegó a hablar nunca directamente con este líder auténticamente obrero, sentía vivas simpatías por su persona, en la que reconocía cualidades poco comunes de honradez y convicción revolucionaria. Los últimos días de Pestaña y la actuación en el Madrid rojo de su Partido Sindicalista, donde ingresaron cientos de camaradas nuestros, demuestran la buena visión de José Antonio. Sin embargo, por razones que ignoro, nunca hablaron directamente ni se pudo realizar la fusión de ambos sindicalismos. Quien sí había estado al habla con él antes de nacer la Falange y quien animaba a José Antonio a captarle era Julio Ruiz de Alda. No me ha sido posible averiguar por qué no hablaron nunca José Antonio y Pestaña. Como me consta que José Antonio lo deseaba, pienso si la entrevista se frustraría por temor de Pestaña o por la actuación de intermediarios poco hábiles o de mala fe”.

Pestaña era un sindicalista de gran honradez y entregado a la causa obrera. No estuvo muy de acuerdo con la evolución de la guerra civil. No consideraba que los asesinatos masivos ayudaran a conquistar los ideales por los cuales habían cogido las armas. Pestaña llegó a afirmar: “Automóviles por aquí, automóviles por allá… Requisas e incautaciones… Camiones cargados con muebles y enseres de un lado para otro. Colas en los espectáculos y en los prostíbulos… Una plaga de enfermedades venéreas. Mujeres por todas partes, hasta en los cuarteles y en las milicias… Muchos milicianos se van de excursión a la Sierra y bajan de allí, con fusil y todo, cuando les da la gana. Las columnas operan sin orden ni concierto, van y vienen, avanzan y chaquetean porque sí… Cada uno recibe órdenes de su partido y tienen su propia intendencia. La Prensa miente y fabrica héroes y victorias a porfía, como si la guerra fuese un juego o se desarrollase a mil kilómetros de Madrid, cuando, en realidad, tendremos al enemigo llamando a sus puertas antes de nada, si el mal no se remedia. Y venga a hablar de revolución a troche y moche, a hacer llamadas a la solidaridad internacional, como si la solución nos fuera a llegar del extranjero mientras nos dedicamos aquí a jugar a los soldados, distribuyéndonos las estrellas y los grados militares para lucirlos por los cafés.

Se han montado miles de oficinas sin otro fin que el de emboscarse para evitar el frente y justificar un sueldo, porque, claro, todo el mundo necesita figurar en alguna nómina para cobrar sin hacer nada. No hay control. Esto es el caos”.

Ángel Pestaña escribió unos breves apuntes biográficos que los tituló Lo que aprendí de la vida. Llegan hasta el año 1919. En ellos nos habla de sus primeros años, de las dificultades, de su familia. El lenguaje de Pestaña es sencillo, pero conciso. Se podría decir que, en algunos momentos, se expresa poéticamente. Por eso hemos considerado incluir fragmentos del mismo. Quién mejor que el propio protagonista para conocer sus sentimientos y lo que vivió. Es de destacar cómo relata la enfermedad y muerte de su padre. Para muchos será un descubrimiento conocer cómo se expresaba este político español. Pestaña murió a principios de diciembre de 1937. Algunos dicen que por una bronconeumonía; otros sostienen que sus propios compañeros lo hicieron desaparecer. La realidad es que fue una víctima de las circunstancias. Un trabajador en la sombra del sindicalismo español. Hombre humilde y austero. La memoria de Ángel Pestaña ha sido honrada con el olvido.

Primeros años.

Ángel Pestaña Núñez nació un 11 de febrero de 1886 en Santo Tomás de las Ollas (León). Su padre -según declaración de su hijo- se marchó de Santo Tomás a Segovia para trabajar en la construcción del ferrocarril. Allí las cosas no le fueron muy bien. Su intención era ganarse la vida, la de los contratistas engañar a los obreros: “Convencido entonces mi padre que por las buenas nada sacaría en limpio, pocos días después esperó al ingeniero a la salida de un bosque y le hizo tres disparos de revólver. Uno de ellos le quitó el sombrero de la cabeza. El ingeniero, que iba a caballo, espoleó brutalmente a la bestia, buscando en la huida su salvación”. No consiguió recuperar el dinero que le habían estafado, pero sentó un precedente que heredaría su hijo: la justicia para los trabajadores. De Segovia tuvo que huir, marchándose toda la familia a Béjar (Salamanca). Ahí también trabajó en la perforación de un túnel de ferrocarril. Ángel Pestaña recuerda así su paso por Béjar: “Recuerdo también que estuve ciego a causa de unas cataratas, y que me libró de ella una curandera diciendo oraciones, haciendo muchas veces la señal de la cruz sobre los párpados y poniéndome unos polvos bancos que escocían horriblemente cuando, una vez puestos, con los dedos apoyados sobre los párpados, empezaba la curandera un movimiento de molinete que producía una especie de esmerilación de la catarata. Lo que terminó por devolverme la vista. Supe después que aquellos polvos blancos y ásperos eran azúcar cande, preparado para curar ese mal. Mi padre lo dijo muchas veces”. No se puede decir que el matrimonio Pestaña-Núñez fuera modélico. Al hablar de él tenemos que trasladarnos a la sociedad española de finales del siglo XIX. Lo que hoy se consideran malos tratos, en aquel tiempo, eran una norma habitual. El matrimonio se peleaba continuamente. Las peleas acababan con violencia. El padre pegaba a la madre. Desconocemos, porque no lo dice, si las causas de tales conflictos estaban motivadas por el abuso de alcohol. Ahora bien, Ángel Pestaña nunca bebió ni fumó. Tal vez esta circunstancia nos pueda aclarar los motivos de la violencia doméstica. La madre, en vez de ser sumisa y aceptar su destino como miles de mujeres de su época, decidió hacerle frente y abandonar el hogar familiar: “Mi madre era alta, guapa. Buena moza. Lo que recuerdo es que una noche me despertó mi madre y me vistió. Antes había hecho lo mismo con mi hermana Balbina. Y, tomándome a mis brazos, pues tendría a los sumo dos años y medio o tres, salimos de casa y tomamos asiento en una diligencia que, según oí decir a mi padre cuando hablaba alguna vez de aquel incidente, hacía el servicio de correo y viajeros entre Béjar y Palencia, pasando por un pueblo llamado La Cruz de los Cordeles”. El padre apareció antes de que la diligencia partiera. Empezó a insultar y a gritar a su mujer. No pudo pegarla porque la gente allí presente evitó cualquier agresión. Con malos modos y a desgana regresaron a casa. La madre no cesó en su empeño de escaparse de ese infierno. Pocos días después lo hizo. Aquel día sólo se llevó a su hija, dejando a Ángel con su padre. Nunca más volvió a saber de su madre ni de su hermana. Según declaró en más de una ocasión, no le guardaba rencor a su madre por lo que hizo. Al contrario, la disculpaba y comprendía lo que había hecho. Fue una mujer valiente para su época. Por eso se ganó el respeto y la admiración de su hijo….

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