Todos recordamos donde estábamos las horas en que ETA asesinó –cobardemente como siempre– a Miguel Ángel Blanco. En mi caso, aunque era jovencillo, ya curraba en los polideportivos de Tres Cantos y estaba destinado en una instalación con piscina, por lo que al ser verano había mucha gente y personal. Por eso, surgieron concentraciones en el mismo lugar de ocio y deportes por parte de trabajadores y usuarios.

Recuerdo el detalle de un socorrista muy ingenioso que colocó un tubo del limpia fondos azul en la pista de fútbol sala en forma de lazo. Y el malestar y rechazo con que todo el mundo vivió esas malditas horas. Bueno, todos no. Tampoco olvidaré a una limpiadora extremeña que había vivido en Navarra y que me decía por lo bajinis, que «esto no es cosa de ETA, estos son buenos chavales«. Cosas del síndrome de Estocolmo de una parte de una inmigración maketa en el País Vasco.

Para los que crecimos con el odio de ETA en nuestras vidas, este no fue un caso aislado o novedoso. Probablemente significó un punto de inflexión en cuando a la crueldad de una cuenta atrás para el crimen, pero ya existían los mimbres sociales de rechazo al terrorismo entre los vascos. Ya existía el pacto de Ajuria Enea, para aislar a los terroristas y sus apoyos políticos –qué tiempos aquellos-, las manifestaciones de Gesto por la Paz, las campañas por la libertad de Aldama, los lazos…  pero es cierto que el llamado Espíritu de Ermua fue un punto de inflexión de la demostración masiva del rechazo de la mayoría del pueblo vasco y español a que una manada de asesinos anclados en el estercolero de la historia siguiera asesinándonos.

Todos somos Miguel Ángel, se decía bien alto esos días y ahora se rememora 29 años después con dolor ese crimen y se pone en valor nuestra respuesta cívica. La de los mismos que hemos pasado del rechazo al olvido cómodo de los años de plomo. ¡Qué gran error como sociedad!

ETA como banda criminal perdió y se rindió. Pero ni todos sus crímenes están resueltos ni todos los responsables -activos y pasivos-,  han pagado por ello, por lo que no solo hemos –han– homologado como interlocutores a los que hasta antesdeayer defendían bajo la coartada del conflicto, cientos de asesinatos, secuestros, destrozos y el miedo de toda una sociedad… sino que hemos facilitado el olvido de nuevas generaciones, que se mueven entre el desconocimiento mayoritario de lo que vivido y la romantización lejana del terrorismo, que como si de una película se tratara, ha encontrado la excusa perfecta para escapar de tener que aceptar que ETA asesinó porque miles de vascos tenían –algunos aún la tienen– una brújula moral defectuosa.

Como bien decía el otro día Jon Sistiaga presentando el documental de Netflix sobre esos días: ¡menos reyes Godos y más historia de lo que significó ETA!

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