Uno ya ha cumplido unos cuantos años y esto es repetitivo. Lo llevo viendo desde pequeño: cada cierto tiempo aparecen informes de profetas del desastre para recordarnos que no cobraremos pensión. Cambian los gobiernos, los ministros, los economistas de cabecera y hasta los presentadores de televisión y tertulianos, pero el sermón permanece intacto. Es una especie de tradición nacional: junto al turrón en Navidad y las rebajas de enero, llega el anuncio de que el sistema de pensiones tiene los días contados.
Lo curioso es que muchos de esos augurios llevan décadas fallando con una puntualidad admirable. En los años noventa nos dijeron que aquello no llegaba al siglo XXI. Después que la generación del ‘baby boom’ sería el fin definitivo. Más tarde que la siguiente crisis acabaría de rematarlo. Y aquí seguimos, con jubilados cobrando cada mes mientras los catastrofistas preparan la siguiente fecha del juicio final.
No se trata de negar que existan desafíos demográficos, laborales o presupuestarios. Claro que los hay. Lo absurdo es convertir cualquier debate sobre las pensiones en una campaña permanente de ansiedad colectiva. Porque el miedo vende. Sirve para justificar reformas y recortes, captar titulares y para convencer a los más jóvenes de que no merece la pena esperar nada del futuro, pero además forma parte del negocio de la banca, que no solo ansía meter mano a nuestras pensiones para poder jugar con ellas en un modelo bursatil, sino que de paso te venden un fondo privado.
Resulta llamativo que el mismo Estado que, según algunos, será incapaz de pagar una pensión dentro de veinte o treinta años, sí parezca tener recursos para cualquier otra prioridad que aparezca en la agenda política del momento. Quizá el problema no sea exclusivamente de dinero, sino de prioridades.
Mientras tanto, millones de trabajadores continúan cotizando, millones de pensionistas siguen cobrando y la maquinaria continúa funcionando. No por arte de magia, sino porque las sociedades desarrolladas entienden que garantizar unos ingresos dignos a quienes han trabajado toda una vida no es un lujo, sino una obligación básica y un propio sostn del sistema.
Así que la próxima vez que alguien anuncie con solemnidad que «las pensiones se acaban», quizá convenga hacerte dos preguntas muy sencillas y de paso un ejercicio: ¿hablan de un riesgo real que exige soluciones serias o simplemente está vendiendo miedo envuelto en gráficos de colores? Porque llevamos demasiados años escuchando la misma canción y, por ahora, el disco sigue girando.
Ah… y el ejercicio es el siguiente: cuando te hablen de informes de entidades sociales, fundaciones o economistas sobre el tema, busca quienes son los patronos de dichos estudios. ¡Cáspita! El 99% de las veces son patrocinados por bancos, aseguradoras etc. Los zorros nos quieren hacer creer que cuidan de las gallinas…
