Cada vez que juega la selección española se repite el mismo espectáculo. No en el césped, sino en las redes sociales, los infraprogramas de tv y en las barras de los bares. Hay quien anima a España, hay quien disfruta del fútbol y luego está la fauna autóctona del resentimiento.

Por un lado están los que descubren una pasión irrefrenable por cualquier rival de España en cuanto no hay suficientes jugadores de su club en la convocatoria. Aquí triunfan los nacional madrisdistas. Si el seleccionador lleva tres de su equipo, España es la patria. Si lleva uno, es una conspiración. Y si no lleva ninguno, de repente se convierten en fanáticos de la selección de Francia, Portugal o Cavo Verde. ¡Como nos gusta hacer daño!

Por otro lado aparecen los que encuentran tiempo para examinar el árbol genealógico de cada jugador. Les molesta más el apellido de un delantero que una defensa en línea de tres. Si el abuelo nació a más de cincuenta kilómetros de Cuenca, ya consideran que la camiseta corre peligro.

Lo curioso es que todos esos indignados celebran los títulos cuando gana España. Entonces ya se olvidan de dónde venían los padres de nadie ni cuántos jugadores aportaba su club. La selección era maravillosa mientras levantaba copas (los jugadores y ellos).

En realidad, el problema nunca fue el origen de los futbolistas ni la lista de convocados. El problema es que algunos confunden el fútbol con sus complejos.

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