El hispanismo, tal y como se está articulando políticamente desde cierta izquierda y cierta derecha, tiene algunos grandes «peros»: compartimos con los del otro lado del charco un pasado “común” y un idioma, pero culturalmente ellos llevan dos siglos no ya solo comprando la leyenda negra que nos culpa de sus males (como si les hubiera ido mejor con la independencia), sino con una cultura más cercana a lo anglo que a nosotros. Los que vienen tienen más en común con los hispanos que viven en los suburbios de EE.UU. que con uno de Toledo. Y referente a la raíz religiosa lo mismo: la influencia evangélica de USA que se ha expandido por toda hispanoamérica les aleja de nuestro católicismo cultural que nada (pero nada de nada) tiene que ver con los predicadores de allí.
