Hay carreras políticas construidas sobre convicciones y otras construidas sobre algo bastante más resistente: la falta de escrúpulos. Fernando Grande-Marlaska parece haber desarrollado esto hasta convertirlo casi en una ciencia.

Porque pocas cosas resultan tan admirables como esa capacidad para cambiar de paisaje político sin perder jamás la orientación. PP, Ciudadanos, PSOE… distintas siglas, distintos discursos, distintos compañeros de viaje. Pero, qué casualidad, siempre aparece una puerta entreabierta hacia algún lugar importante.

Uno podría pensar que se trata de una extraordinaria capacidad de adaptación. Un auténtico camaleón institucional. El problema es que los camaleones cambian de color para confundirse con el entorno y Marlaska parece haberlo hecho, más bien, para asegurarse de seguir dentro del entorno adecuado.

De juez extrella y mediatico de la Audiencia Nacional a ministro, pasando por sus aproximaciones a distintas opciones políticas, su trayectoria permite una lectura particularmente entretenida de la política española: aquella en la que las convicciones pueden evolucionar a una velocidad sorprendente, siempre que el despacho al final del camino siga siendo suficientemente amplio.

Y no hay que ser malpensado. Quizá Marlaska no tenga ideología cambiante. Quizá tenga una ideología perfectamente estable: la de seguir siendo imprescindible para quien tenga las llaves del poder.

Lo verdaderamente extraordinario es que, después de tantos cambios de camiseta, todavía consiga convencernos de que lo importante no es quién gobierna, sino él.

PP, Ciudadanos, PSOE. Tres siglas, tres estaciones y un mismo viajero. Algunos hacen carrera política siguiendo sus principios. Otros tienen el admirable talento de conseguir que sus principios les sigan a ellos.

Marlaska, por supuesto, pertenece a esta segunda escuela. Mucho más práctica. Y, desde luego, bastante más rentable. La de la gente sin vergüenza.

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