Hay pocas cosas tan constantes en la vida como el fracaso de España en Eurovisión. Llega mayo, florecen los memes, y ahí estamos, con más ilusión que votos, dispuestos a ver cómo nos ignora toda Europa por trigésimo año consecutivo. Es ya una tradición nacional: la paella, la siesta y quedar en el puesto 22 con 5 puntos (tres de Portugal por pena y dos de San Marino por error).
En nuestro glorioso historial, hay momentos memorables… por los motivos equivocados. Como cuando mandamos a Rodolfo Chikilicuatre con su «Baila el Chiki-chiki», una parodia que, tristemente, ha envejecido mejor que muchas candidaturas “serias”. O como cuando toda España creía que Melody representaría al país y acabó ganando un grupo con nombre de antivirus ruso: Soraya, Barei, Blas Cantó… cada año ponemos un nombre diferente al mismo destino. Si al menos hubiera hecho el baile del gorila en lugar de ir en plan Beyonce de mercadillo…
Y este año, cómo no, la polémica de turno viene de la mano de Israel. Entre protestas, debates geopolíticos y campañas de boicot, Eurovisión ha demostrado que puede ser muchas cosas, pero nunca indiferente, porque miles de ultraliberales prosionistas se han dejado decenas de euros por cabeza en apoyar las masacres en Gaza y de paso sacudir a Sánchez. Ay, si el Caudillo levantara la cabeza y viera a los que se dicen sus herederos reconvertidos en hijos de Sión eurovisivos.. pero, vamos a lo que importa, España sigue enviando canciones que Europa ignora y puestas en escena que ni el karaoke del barrio.
¿Ganaremos algún día? Tal vez, pero para eso necesitamos más que fuegos artificiales, bailarines descoordinados y letras sobre corazones rotos. Necesitamos magia. O hackers. O mudarnos a Escandinavia.
Hasta entonces, seguiremos disfrutando del festival como lo que es para nosotros: una comedia musical de alta producción en la que, inevitablemente, volvemos a perder. Pero oye, al menos lo hacemos con estilo, choni, pero estilo.
