Mi postura sobre los presidentes de gobiernos ajenos, y mucho más de los de EE.UU., es que son quienes sus conciudadanos eligen y se deben a ellos y sus intereses. Por eso no entiendo este afán por creerse que si gana el que tu quieres, ganas tú.

No siempre es así y en el caso del lider del mundo mundial menos aún. El presidente de los EE.UU., sea Demócrata o Republicano, defiende los intereses imperiales y comerciales de su condición como superpotencia. Y lo hace, siempre, imponiendo su fuerza militar y su capacidad de coacción económica –cada vez menos exitosas las dos fórmulas– sin mirar por terceros. O mejor dicho pasando por encima. Como es lógico.

Yo celebré la victoria de Trump desde la distancia, por lo que significaba de derrota de la conjunción demócrata-militar que riega el mundo de guerras con buen rollo pero miles de muertos y avisperos que nos afectan a los demás. Y porque detesto a Kamala. Pero lo hice además porque el efecto MAGA era una ruptura en algún modo con el capitalismo globalista y el orden mundial vigente, llevando a Vance de vicepresidente para ir por ese camino en el futuro.

Estaba claro que sabía perfectamente que Donald Trump es un personaje peligroso y atrabiliario. Un demagogo millonario que no iba a liderar la revuelta contra las élites de las que el forma parte, pero que parecía podía dejar en este mandato improrrogable un «ejercito» de la América popular que si lo hiciera en el futuro. Es evidente que esto no está pasando.

Por un lado ha seguido siendo ese estravagante millonario que hace locuras, pero en este caso con el dinero ajeno. Sus medidas económicas no han mejorado la vida de los americanos medios sino solo de los más ricos. Ha sido cómplice de la loca respuesta israelí a los crímenes del 7 de octubre y además se ha embarcado al mejor estilo Bush/Clintón/Obama en guerras absurdas que no está ganando y que están haciendo mucho daño al pueblo americano y al del resto de mundo. Ni ha cumplido sus objetivos militares ni ha logrado réditos comerciales y económicos. Todo lo contrario.

Sus ataques y salidas del tiesto, por ejemplo las dirigidas a Giorgia Meloni primera ministra conservadora italiana y una de sus máximas valedoras en Europa, por no ser perrito faldero de sus aventuras, demuestra que no solo tiene el mismo mal que se denunciaba de Bidenseñales de deterioro cognitivo– sino que no entiende lo que es el concepto de soberanía nacional. Bueno si, entiende la suya propia, pero no que una dirigente soberanista defienda la de su territorio y sus ciudadanos.

Su gestión le ha convertido en un problema no solo para cualquier oportunidad de un futuro MAGA en EE.UU., sino del polo soberanista en todo el mundo y especialmente en Europa. En hispanoamérica tiene menos problemas por la condición de subalternos de sus presidente amigos, como es el caso de Milei –otro personaje digno de estudio clínico– o los nuevos presidente colombianos o peruanos.

La respuesta de Giorgia Meloni desde su gobierno y de Marine Le Pen desde la oposición, creo que es la única posible para defender un verdadero proyecto soberanista o de las derechas alternativas y/o populistas –como quieran llamarlas– en cada país europeo. Aliados vale –en mi opinión, que remedio, de momento– pero 100% autónomos y defendiendo lo propio. Abascal en España ha salido en apoyo de Meloni. Es una buena noticia y un pequeño paso adelante. Si se quiere tener credibilidad para romper techos electorales hay que mostrar fortaleza e ideas claras. Pero propias.

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