Cada vez que un equipo gana un título importante, millones de aficionados celebran con alegría, abrazos, cánticos y lágrimas de emoción. Y luego están los otros: los que interpretan la victoria deportiva como una invitación formal a incendiar contenedores, destrozar escaparates y enfrentarse a la policía.
Y en estos lo de Francia, pero especialmente en París como se demostró el pasado sábado vuelve a confirmar que ha generado una curiosa tradición moderna: cuanto más éxito tiene un equipo en el terreno de juego, más probabilidades hay de que miles de salvajes decidan declarar la guerra al mobiliario urbano de la ciudad.
No se trata solo de fútbol, que no hay que negar que ayuda a una cultura de masas basada en la violencia, se trata de que en nuestras sociedades están instalados los bárbaros dentro de nuestras murallas. Y cualquier excusa es buena para romper todo y con todos. Grandes ciudades donde los barriadas exteriores se han convertido en guetos de marginalidad ajenos a cualquier respeto a la convivencia y la autoridad.
En eso han convertido a la mezcla de una Francia multicultural fruto de su pasado colonial, con la globalización económica y un capitalismo especulativo. Lo que no significa que los salvajes sean solo los franceses de primera o segunda generación, que muchos si lo son, porque al destrozo de la ciudad se han sumado marginales de todos los colores. Pero es cada vez es más evidente que la igualdad, libertad y fraternidad de la que presumen las élites franceses no dan respuesta a la violencia y empobrecimiento sociocultural que son el síntoma más visible de la decadencia de quienes se siguen pensando grandes.
Las encuestas dan como ganadores a la dupla Bardella/Le Pen. Viendo las imágenes… ¿aún sorprende que la gente normal, de todas las clases y condición, miren a quien promete mano dura y respuestas diferentes a los problemas?
