Hay espectáculos que no necesitan guionistas porque la realidad política española lleva años superando a la mejor comedia de enredo. La izquierda situada a la izquierda del PSOE –o sea la extrema izquierda– vuelve a demostrar que, cuando llega la hora de ponerse de acuerdo, pesan mucho más los sillones que las ideas, mucho más las siglas que los ciudadanos y mucho más el futuro laboral de sus dirigentes que el futuro del país.
Podemos, Sumar y toda una constelación de partidos, plataformas, corrientes y pequeños reinos de taifas llevan tanto tiempo discutiendo sobre quién debe encabezar la candidatura que han terminado olvidando para qué demonios querían presentarse a las elecciones. Salvo para salvarnos del fascismo, ese comodín que permite lo que sea menester. Cada cual reclama su cuota de protagonismo, su parcela de poder y su correspondiente puesto en las listas. La unidad, por supuesto, es imprescindible. Siempre nadie tenga que renunciar a su despacho.
Lo de Podemos merece capítulo aparte. Después de años vendiéndose como la gran fuerza transformadora, parece que su principal transformación consiste en pasar de impugnar el sistema a pelearse por los restos del naufragio y mantener en pie un pyme familiar que permita vivir del cuento. Mucha revolución, mucho pueblo, mucho ciclo histórico –la penúltima chorrada intensa que repiten como papagayos– y mucha consigna, pero a la hora de repartir los puestos, la épica se convierte en garantizar quien de la chiquipandi de Galapagar mantiene el sueldo.
Porque aquí nadie quiere bajarse del coche oficial, aunque ya no quede carretera. El problema no es que la izquierda alternativa no encuentre una fórmula para unirse; es que sus dirigentes parecen incapaces de imaginarse a sí mismos fuera de la política profesional.
Y luego se preguntan por qué la gente deja de votarles. Será culpa de la extrema derecha, del algoritmo o de los medios de comunicación. Autocrítica, la justa. Que tampoco hay que ponerse a trabajar de verdad.
PD: No haré mención a La Vida de Bryan, porque estos -los de la izquierda de la izquierda- ya no tiene ni puñetera gracia.

