Aún no he podido ver el documental Landa, dirigido por Gracia Querejeta y Miguel Olid, pero cuando lo haga –pronto– haré una reseña para La Mirada Disidente.

Aún así quiero desde aquí homenajear a una de las figuras más representativas del cine español del siglo XX, que se movió con naturalidad desde la comedia popular hasta el drama más exigente. Su trayectoria refleja no solo la evolución del actor, sino también la transformación cultural de España durante décadas clave.

En sus inicios, Landa se convirtió en el rostro del llamado “landismo”, un fenómeno cinematográfico de los años 60 y 70 caracterizado por comedias ligeras donde encarnaba al español medio: ingenuo, algo reprimido y obsesionado con una modernidad que apenas comprendía. Aunque estas películas fueron en su momento encasilladas como entretenimiento menor, cosas de lo que se atusaban los bigotes y aún siguen haciéndolo mientras ver peliculas finlandesas en VO, hoy se valoran por suerte como un retrato sociológico de la época.

Sin embargo, limitar a Landa a este registro es injusto. A partir de la Transición, el actor rompió con ese molde y demostró una profundidad interpretativa extraordinaria. Películas como El crack, Las verdes praderas o Los santos inocentes evidencian su capacidad para abordar personajes complejos, cargados de humanidad y matices. En esta última, su interpretación le valió reconocimiento internacional y consolidó su prestigio como actor dramático.

En su «debe» para ser valorado justamente por algunos, además de sus películas menos «sofisticadas» estaba su posición política. Aunque Landa mantuvo siempre una actitud discreta, pero se le percibía como una persona de convicciones conservadoras y evitó el protagonismo ideológico, centrándose en su oficio. Esta prudencia contribuyó a que, salvo entre los idiotas habituales, su figura fuera ampliamente respetada en distintos ámbitos.

Alfredo Landa dejó un legado que trasciende géneros y etiquetas: el de un actor completo, honesto y profundamente ligado a la identidad cultural española. ¡Orgullo de nuestras artes escénicas!

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