Hay algo casi entrañablemente predecible en los corruptos: roban dinero público, lo esconden en paraísos fiscales, y- cómo no- se lo gastan en prostitutas de lujo – o no de tan lujo- o mantener queridas jovencitas. Es como si siguieran un manual rancio titulado: “Cómo arruinar un país y terminar en la portada de los periódicos con los pantalones en los tobillos”. No falla.

Porque claro, uno no puede simplemente robar millones y luego quedarse en casa viendo Netflix. ¡No! Hay que gastarlo con estilo decadente, en hoteles caros – o Paradores– , champán en la bañera y habitaciones donde no se duerme precisamente. Ya no se conforman con el soborno, necesitan el decorado de película porno de los años 90: jacuzzi, escorts, y el ego más inflado que sus cuentas corrientes.

Lo más indignante no es que gasten su dinero en estos excesos – que en algunos casos, como los «feministas» socialistas, también – , sino que lo hacen con el nuestro. El dinero que falta en los hospitales, en las escuelas, en las pensiones y que nos sacan de nuestros impuestos… ahí está, convertido en suites privadas, masajes con “final feliz” y botellas de vacías. Un país en crisis y ellos viviendo su propia versión de Eyes Wide Shut, pero sin clase, sin guion, y sin Tom Cruise.

Así que, por favor, queridos corruptos: si van a arruinar nuestras vidas, al menos innoven. Sean originales. Compren un telescopio, adopten un koala, hagan paracaidismo… algo. Pero dejen de repetir la misma historia de siempre. Ya ni escandaliza: aburren, además de dar asco.

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