Cada vez más crispado y crispante.
El 8 de marzo se ha convertido en uno de los ejes de la vida política y social de nuestro país. Lo fue por sus manifestaciones masivas, siguió siéndolo por la irresponsable convocatoria con la pandemia en ciernes y lo es ahora por el reparto a diestro y siniestro de leches otorgando el carné de verdaderas feministas al hilo de las divisiones por la «aberración» legislativa del si es si o de la ley trans.
Hoy otra vez llenarán las calles de España miles de mujeres – y hombres – que exigen igualdad. Y razones para continuar esta lucha existen. Aún hay mucho por hacer pero me temo que lo necesario se parece poco a las payasadas – irrelevantes si no fuera porque las hacen y promueven ministras del Gobierno de España – encarnadas en Pam(plinas), la secretaria estado con sueldo insultante, empeñada con ser un meme obsesionada con el sexo ajeno. Oigan… que ni los sacerdotes de la España de los 40 tenían tanta fijación con decirle a las españolas lo que una mujer de bien tenía que hacer o gustarle en la cama.
Este feminismo obsesivo y marcadamente reaccionario no sería más que una mala ilusión si no fuera porque la indolencia de Pedro Sánchez y al amparo de unos medios al servicio de las agendas globalistas les han dado altavoz y recursos para imponer su agenda. Ahora hacen leyes, influyen en la educación y encima nos abroncan permanentemente siguiendo las estrafalarias teorías de las universidades norteamericanas más progres –nada progresistas-. Lamentable. Por suerte, la mayoría de la gente joven huye como de la peste de esta banda de indocumentadas y eso ha hecho que cada vez más jóvenes – mujeres y hombres – se hayan alejado también de la izquierda por ser los cómplices e instigadores de esta nueva inquisición. Pero aún queda esperanza para lograr la igualdad real… siguiendo el ejemplo de mujeres como Clara Campoamor. Menos Pamplinas por favor.






