Tengo edad suficiente para tener recuerdos en primera persona del golpe de estado del 23 de de febrero de 1981.

Recuerdos de llegar del colegio y encontrar a mi madre llorando escuchando la radio – es un falso recuerdo quien dice que lo vio todo en directo por televisión – con mucho miedo por lo que estaba pasando; del desasosiego de mi abuelos, no solo a que volviera la dictadura sino a que tuviéramos que sufrir otra vez las penalidades que ellos tuvieron que padecer; de mi padre corriendo al sindicato a quemar cosas; de que nos llevaran a casa de los abuelos por la noche mientras algunos adultos de a familia salían a la calle «para ver que pasaba» y que a la mañana siguiente no hubo colegio y solo ponían una maravilla de dibujos animados basados en obras clásicas en la tele…
También tengo la edad suficiente para que me indigne que un indocumentado – incentivado durante meses por tertulianos varios – con traje, suba a esa tribuna del Congreso que mancilló Tejero a hacer comparaciones odiosas entre la crispación y la/su incapacidad política actual con aquellos golpistas con tricornio. Y para que se me revuelvan las tripas al ver a «los herederos» de todos esos diputados que hubieran sido fusilados o encarcelados ese 23 F jalear con alborozo o sentirse falsamente ofendidos ante otro insulto más a la inteligencia en el foro de la soberanía nacional. No a la suya precisamente.
Pero no se confundan ustedes. Lo que hacen, unos y otros, cuando hablan y juegan con algo tan serio – por nuestra reiterada y tozuda experiencia – como un golpe de estado no es solo un indigno recurso retórico sino un ejercicio de supervivencia de sus salarios, prebendas y privilegios. Nada más. Necesitan crispar y dividir para mantener fija la mirada de sus huestes en «el enemigo» para que no se den cuenta de que por si mismos, fuera del basurero, no tienen nada interesante o importante que ofrecer. No encontrarán en ellos y ellas ni un mínimo atisbo de patriotismo o de preocupación sincera con las vidas y haciendas de la gente común, solo un ansia irrefrenable de mantener en pié el chiringuito que les permite vivir como ricos, aunque sea a costa de jugar, como decía Serrat, «con cosas que no tienen arreglo«.
Entre esos tipos – bien representados por el tal Sicilia y otros muchos corifeos más – y yo, hay algo personal.





