Es sorprendente que nadie haya hecho aún una serie sobre lo de Marbella.
Cuando Rafael Chirbes escribió su magistral novela Crematorio – luego llevada a la televisión también de forma excepcional – estoy seguro que no solo le llevó a ubicar en su región valenciana esa historia de corrupción política y personal, sino que sabía que si se fjaba en la ciudad malagueña le saldría algo demasiado cutre y difícil de conjugar con buena literatura. Y es que lo de Marbella es una mezcla de Miami Vice y Torrente. Corrupción hortera en lo estético y cleptómana hasta decir basta en lo económico. Nuevos ricos ignorantes codeándose con famosillos de capa caída, traficantes de armas y drogas, señoronas con pelo cardado y teñido blanqueando el dinero de orondos políticos o empresarios llenos de cadenas de oro que le son infieles con sus amantes orientales. Sin hablar de jeques, prostitutas, reporteros del corazón y ex deportistas cocainómanos. Y todo ello con el conocimiento generalizado del país y la tolerancia de otras administraciones, cómplices del latrocinio de una ciudad realizado a plena luz del día bajo el jolgorio general de los que allí viven, felices de estar en «la capital de la costa del Sol» y del dinero rápido, sucio y negro.
Ahora en su (pen) último capítulo de Sálvame deluxe los focos vuelven a enfocarles al aflorar los excesivos dineros de su alcaldesa, con yates amarrados e hijastro narcotraficante con policías chivatos. Ni los guiones sobre la decadente Miami que (a)patrullaban con sus chaquetas de amplias hombreras Sonny Crockett y Ricardo Tubbs eran capaces de superar esto. ¿Y pasa algo? Poco, porque amigos… ¡Torrente sigue aquí! Marca España.





