No pasa nada, tenemos a Arconada.

Este era el grito que muchos niños, donostiarras  no, repetiamos sin parar con nuestro ídolo de la infancia. Arconada fue la razón por la que la portería dejo de ser el espacio donde acababan los niños gorditos con gafas a los que la «selección natural» de la dura etapa infantil les condenaba tras ser los últimos elegidos por descarte en la composición de los equipos, ya fuera en el patio del colegio, en la calle o en la playa.

Arconada fue un mito. En la Real triunfadora de los 80 o en la selección. Un mito que pese al ronroneo popular de que no llevaba las medias de la selección sino unas blancas por sentimiento nacionalista era adorado por los niños –y los no tan niños– de todos los rincones de España en aquellos años. Ahora, con las redes sociales lanzando odio, habría sido «cancelado» sin duda.

Pero había otro mito futbolero, este más local, que a mi me fascinaba. El 11 de la Real Sociedad, Roberto López Ufarte, nacido en Marruecos de padres catalanes y andaluces que buscándose la vida acaban en Gipuzkoa y que se convierte en un extremo izquierdo goleador en la Real y posteriormente en el Atlético de Madrid y el Betis.

Pues Arconada y López Ufarte siguen siendo hoy mis ídolos deportivos. He sumado otros en estos años pero los primeros siempre son los mejores.

Por eso, casi 40 años después, sigo jugando de portero con el número 11 a la espalda. Manías que tiene uno.