El sindicato es una de las «instituciones» con una peor valoración ciudadana en todas las encuestas. ¿Causas? Seguro que muchas, desde la propia historia del país que forja un caracter individualista y un poco –bastante– envidioso del vecino hasta los propios enormes errores de unos sindicatos que debieran nutrirse de esa misma gente a la que representan. Y un mal endémico en casi todo lo asociable en España: la endogamia. El mirarse el ombligo y el que partidos, asociaciones, sindicatos, ong, comunidades de vecinos –el señor Cuesta de Aquí no hay quien viva y su sucesor en La que se avecina representa fielmente a un parte de este país tanto o más que Torrente- sean agencias de colocación de padres a hijos, con derechos hereditarios y con una concepción patrimonialista de las siglas que hacen de la supervivencia personal -y pecuniaria- la razón final de ser de la militancia. Pero esto da para un nuevo artículo -en primera persona y con mea culpa- más largo que un simple apunte del blog.

Mi afiliación sindical es algo diría casi genético. Mi padre y abuelo militaron en un sindicato -en uno en el que nunca lo he hecho yo, primero supongo que por rebeldía y luego por convencimiento- y siempre consideré que nada más currar hay que estar afiliado a uno, como quien tiene seguro en el coche o en casa. Por eso tras militar en la juventud, fruto de mis aficiones sorelianas y pestañistas estudiantiles, en CGT nada más empezar a trabajar entré en CCOO como una casa común donde estuve muchos años y ocupé responsabilidades en diversos ámbitos, hasta que decidí alejarme por discrepancias profundas «con el como y con el qué» hace ese sindicato. Cosas de conocerlo por dentro y por fuera. Luego me afilié, pese a estar en excedencia por cargo público, a la Unión Sindical Obrera debido a sus raíces socialcristianas, un espacio obrero casi inexistente en España pero con gran pujanza en el resto de Europa y donde creo que habría mucho que hacer -aquí habla mi vocación distributista chestertiana-. Las divisiones internas me dieron pereza y como afiliado de base decidí moverme otra vez.

Y llegué al CSIF buscando seriedad y normalidad. La Central Sindical Independiente y de Funcionarios es un sindicato profesional y no partidista de esos que CCOO y UGT llaman amarillos -que graciosos son a veces- y para mi una experiencia novedosa e interesante a desarrollar: un modelo de defensa de los trabajadores sin necesidad de delimitaciones ideológicas capaz de lograr desde la transversalidad que da esa independencia y pluralidad aunar a gentes de diferente procedencia y sumarlos en unos intereses que les son comunes: la mejora de sus condiciones labores y de vida como asalariados ante una economía y unas administraciones que imponen una agenda de sociedad cada día más injusta, desigual y absurda. Veremos…

Pues lo dicho. Estar sindicado es para mi una obligación, cada uno donde quiera por supuesto, una herramienta para sembrar algo muy necesario en el mundo que vivimos: ser parte de una comunidad también donde pasamos tantas horas cada día -tu trabajo- y trasladar esa idea y sentimiento de pertenencia a algo común también a tu pueblo, tu barrio… igual que el que tienes por naturaleza en tu familia. Ser y hacer comunidad en tu casa, tu trabajo y tu pueblo. Rojipardismo lo llaman ahora. Pues vale…

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