Hay una teoría recurrente que ha ido calando hace tiempo y que se ha acelerado con la convocatoria de elecciones: que si el voto está manipulado, que si las papeletas desaparecen, que si el recuento está amañado, que si el voto por correo…

En España, ahora mismo, cualquier resultado que no guste puede convertirse rápidamente en una película de conspiración y un elemento muy peligroso de confrontación. De ida y vuelta, porque llega el día que quien dice que pueden robarle las elecciones será quien esté en el gobierno. Pero lo curioso es que para que esa película funcionara haría falta un reparto gigantesco y, sobre todo, que nadie hablara.

Porque hacer trampas en unas elecciones españolas no es precisamente como cambiar una nota en una hoja de Excel. Primero están las mesas electorales, formadas por ciudadanos elegidos por sorteo. Luego están los interventores y apoderados de los partidos, que están presentes durante la votación y el escrutinio. Después viene el recuento público en la propia mesa, con las papeletas delante de todos. Y finalmente las actas, que se firman y se distribuyen a los representantes correspondientes.

Es decir, para montar un pucherazo nacional habría que conseguir que miles de personas, de procedencias políticas diferentes y con intereses frecuentemente contrapuestos, decidieran participar en el mismo secreto y, además, mantuvieran la boca cerrada. Un plan magnífico. Solo le falta un pequeño detalle: la humanidad.

En el sistema de voto por correo, además se requiere un coordinación de todos los carteros de España que sepan lo que vota cada uno para cambiar el sobre lacrado y vigilado o intuir que votantes no van a acudir presencialmente el día de la votación al colegio para emitir un voto fantasma en su nombre. Teniendo en cuenta que desde hace años, con la nefasta gestión de Correos las cartas llegan como llegan a los domicilios… mucho ejercicio de planificación por parte de esos directivos me parece.

También hay que recordar algo que suele olvidarse convenientemente: el sistema español no depende de una misteriosa máquina que decide quién gana. El escrutinio provisional sirve para ofrecer los resultados la misma noche, mientras que el escrutinio oficial se realiza posteriormente conforme a las actas electorales, de forma pública en cada junta electoral. Y todos estos procedimientos están regulados por la Ley Orgánica del Régimen Electoral General.

¿Es imposible que exista un error? No. ¿Puede haber una irregularidad concreta? Por supuesto. Precisamente por eso existen reclamaciones, recursos y mecanismos de control. Porque sinvergüenzas no nos faltan.

Pero de ahí a imaginar que alguien puede sentarse una noche, pulsar un botón secreto y convertir 200.000 votos en 4.000.000 hay un trecho considerable. No por falta de ganas, la verdad.

La paradoja es estupenda: quienes sospechan de una conspiración electoral, alentada para calentar y movilizar a los tuyos –aunque luego ellos ganen muchas elecciones– suelen imaginar un sistema perfectamente coordinado… para manipular millones de votos sin que nadie encuentre un papel o dato que no cuadre.

Y eso sí que sería confiar mucho en la clase políticq.

Y todavía más en sus compañeros de mesa electoral.

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