Hay una nueva categoría dentro del fútbol profesional: el futbolista concienciado. No basta ya con marcar veinte goles, cobrar veinte millones y comprarse una casa que tenga más metros cuadrados que algunos municipios. El futbolista moderno también tiene que tener opinión sobre el mundo.
La última demostración la hemos tenido con las camisetas de apoyo a Ceuta. «Todos somos caballas», decía el mensaje. Algunos jugadores se la pusieron entera. Otros, como Mbappé, Vinícius y Konaté, decidieron llevarla a media asta, como si estuvieran de luto por la camiseta. Después Mbappé explicó que, además de solidarizarse con Ceuta, quería acordarse de los inmigrantes que sufren.
De todos modos no deja de resultar curioso que quienes viven de una industria que mueve miles de millones, cobran auténticas fortunas y son tratados como dioses durante noventa minutos sientan de pronto la necesidad de explicarnos las injusticias del planeta, siempre para sumarse a la ola de buenismo que nos embarga. Si, porque perdónenme el cinismo que he generado con los años, pero el postureo solidario me indigna. Lo haga un millonario o el vecino del quinto. ¿Ahora toca aplaudir a policías y sanitarios en los balcones? Vamos a ello, antes de que llamemos vago de mierda al médico de urgencias o nos acordemos de la madre del guardia que te multa. ¿Hay que decir que todos somos valencianos? Pues viva la paella. ¿Corresponde hacer ver que nos importan los ceutíes? Pues adelante, que ya les llamaremos moros de mierda más adelante.
A mi realmente me la repanpinfla que los futbolistas tengan gestos solidarios o no y pienso que quizá deberíamos dejarles jugar tranquilos. Que marquen goles, que cobren sus millones y que, si quieren salvar el mundo, empiecen por algo más complicado que ponerse correctamente una camiseta. Porque, al final, hay días en que hasta para ser solidario hace falta leer primero las instrucciones.
Pero claro, si por esto hay más antimadridismo… pues bienvenido sea.
