Una enmienda a la totalidad

Nuevo libro de Juan Manuel de Prada.

Prologo del libro Una enmienda a la totalidad de Juan Manuel de Prada publicado por Homo Legens

Escribía Borges, en su cuento Biografía de Tadeo Isidoro Cruz, que «cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en que el hombre sabe para siempre quién es». Sospecho que a todos se nos brinda ese momento en algún pasaje de nuestra vida; pero no siempre acertamos a distinguirlo, y con frecuencia nos morimos sin saber quiénes somos verdaderamente, sepultados entre una hojarasca de convenciones sociales y sobornos admitidos.

Algunas personas tienen la desgracia de descubrir quiénes son de forma traumática: el día en que se quedan sin trabajo, el día en que entierran a una persona muy querida o sufren una traición, el día en que les diagnostican una enfermedad incurable. Otras, por el contrario, tienen la fortuna de saber quiénes son de forma jubilosa: el día en que alumbran una nueva vida, el día en que al fin se liberan de una carga opresora, el día en que cambia su suerte y pueden desprenderse de los simulacros y servidumbres que atenazaban sus días. Las más de las veces, ese «momento de la verdad» se produce en nuestras postrimerías: de repente, ante la muerte igualadora, todas las máscaras caen y asumimos al fin —a veces con serenidad, a veces con angustia— lo que somos. Pero, para asumir lo que somos, necesitamos despojarnos y echar a barato todas las prevenciones que nos mantienen apegados a las comodidades de una vida falsa o impostada.

Y, puesto que vivimos en una época de falsedades e imposturas, el espectáculo de un hombre «que sabe para siempre quién es» se torna cada vez más raro y escandaloso. Son demasiados los respetos humanos, demasiados los cálculos de conveniencia, demasiados los miedos a pisar callos o a desafiar el espíritu de nuestro tiempo; y ese amasijo de miedos, cálculos y respetos humanos ha cuajado en una argamasa tan espesa que resulta casi imposible salirnos de ella para mostrar lo que somos. Todo esto ocurre, misteriosamente, en una época en que se nos dice que somos más libres y se nos invita a ser más «auténticos» que en ninguna otra época de la historia; pero lo cierto es que sólo se acepta como «auténtico» lo que nuestra época ha canonizado o establecido como normativo.

Y así, el desfile de «autenticidades» se ha convertido en una tediosa exhibición de conductas promovidas y auspiciadas por quienes mueven los hilos. Pero todas estas «autenticidades», tan aplaudidas y uniformes, nada tienen que ver con ese «momento de la verdad» al que me refiero. Ese «momento de la verdad» exige cortar todos los hilos y quemar todas las naves, que es exactamente lo contrario de lo que hacen los «auténticos» de nuestro tiempo, tan sumisos a los códigos sistémicos. Ese «momento de la verdad» exige el despojo y la gallardía que uno ya sólo tiene cuando le ha perdido el miedo a la muerte y, sobre todo, el miedo a la vida; cuando nada tiene que perder ni ganar, cuando ha espantado todas las zozobras y ha renunciado a todas las recompensas mundanas.

Yo tuve la suerte de saborear intelectualmente ese «momento de la verdad» leyendo al argentino Leonardo Castellani, un escritor maldito de los hombres (y bendito de Dios), concienzudamente ninguneado por la cultura oficial, de quien tuve noticia gracias a la recomendación de un amigo porteño. La lectura de Castellani fue un poderoso revulsivo en mi vida de «escritor de éxito», enganchado a los sobornos sistémicos, de los que sin embargo renegaba y deseaba alejarme, para que mi vocación no pereciese por asfixia; pero de los que lastimosamente no sabía cómo renegar, porque me faltaba la convicción suficiente (la gallardía) para hacerlo. Cuando descubrí a Leonardo Castellani era yo eso que luego he dado en llamar jocosamente un «católico pompier», a veces modosito, a veces con aspavientos de enfant terrible, que todavía aspiraba a los agasajos del mundo. Pero en Leonardo Castellani descubrí a un escritor que entendía su vocación como una batalla quijotesca contra el mundo, fiel a esa misión de «bandera encontrada» o «signo de contradicción» que el viejo Simón atribuyó al propio Cristo. En Castellani descubrí con temblor y asombro al escritor capaz de sostener todas las posturas estéticas, políticas, filosóficas y religiosas demonizadas en nuestra época, al escritor capaz de enfrentarse por igual a las ideologías modernas y al fariseísmo religioso, capaz de abordar los más diversos asuntos humanos, contemplados siempre bajo una luz divina que le permitía ser a un tiempo polemista y apologeta, en una simbiosis rara y deslumbrante que lo convierte en eso que los franceses llaman un maître à penser: alguien que, a través de sus reflexiones, no sólo nos invita a reflexionar, sino que nutre nuestras propias reflexiones; alguien que, a la vez que estimula nuestra inteligencia, la impulsa valerosamente por caminos nunca transitados.

Y todo ello, además, lo hacía Castellani en un estilo siempre vibrante, exponiendo sus ideas como si fuesen aventuras, acompañadas por un humor disolvente y socarrón que derriba los espesos muros de la mentira como si estuviesen hechos de alfeñique. La lectura de Castellani provocó mi particular «momento de la verdad» como escritor, muy especialmente en mi faceta de publicista. Para entonces ya llevaba muchos años escribiendo en prensa, transigiendo con mayor o menor desgana con las concesiones que permiten encontrar acomodo en el comedero sistémico, con sus negociados de izquierdas y derechas. Pero la lectura de Castellani me descubrió los amenos paisajes del pensamiento tradicional, cuya captación y comprensión obró en mí una metamorfosis completa —una auténtica metanoia— que, además, no admitía transacciones con las ideologías en boga.

Y, a sabiendas de que desde entonces mi carrera literaria iba a tomar derroteros mucho más inciertos y problemáticos (y tal vez acabar en los páramos del descrédito), asumí mi destino y me juré que nunca más volvería a escribir un artículo de componenda o compadreo con el «espíritu de mi época». No resulta nada sencillo mantener una tribuna en la prensa defendiendo posiciones que han sido por completo expulsadas del debate público y hacerse oír entre el enjambre aturdidor que trata de mantenernos enzarzados en demogrescas estériles, siempre dentro del «marco mental» de las ideologías en liza. Aparte de que el enjambre torna nuestra voz cada vez más inaudible, aparte de que nos dirigimos a lectores cada vez más maleados y refractarios a los presupuestos de nuestro pensamiento, nos tropezamos con un rechazo ambiental acérrimo que adquiere estrategias cada vez más lesivas, desde la ridiculización al ninguneo, desde la estigmatización al hostigamiento.

A cualquiera le gusta ser halagado y aplaudido; y para seguir escribiendo cuando eres despreciado por los corifeos del sistema, para poder soportar el desprecio del mundo, hace falta, antes que nada, vencerse a uno mismo. Esta es la enseñanza más valiosa que nos brinda don Quijote, que no vacila en ponerse en ridículo ante el mundo para hacer realidad los ideales de la andante caballería en un mundo que los desdeña biliosamente. A don Quijote le habría resultado muy sencillo combatir las burlas de sus contemporáneos, pues todos reconocen que es hombre discreto; le habría bastado con renegar de su espíritu caballeresco para obtener la consideración y el aplauso del mundo. En diversos pasajes de la obra cervantina leemos que los personajes que se cruzan en el camino de don Quijote lo ponderan y ensalzan; y que sólo cuando don Quijote se refiere a su malhadada caballería lo toman por necio. A don Quijote le habría bastado con hacer «reserva mental» de determinadas cuestiones para ser ensalzado por todos; pero eligió que lo ridiculizasen, eligió el desprecio del mundo, con tal de poder llevar a cabo su vocación. Es una lección muy dolorosa, pero incalculablemente bella. Y es el ejemplo que me propuse seguir desde que adopté la decisión de rechazar frontalmente el espíritu de mi época.

Mi razón constantemente me recomienda que aplauda lo que el mundo aplaude, mi razón me pide sin cesar que calle ante lo que la corrección política establece, mi razón me ruega encarecidamente que asuma como propios los postulados del progresismo hegemónico, para poder medrar; y que, una vez asumidos tales postulados, discrepe en asuntos menores con mucho postureo y jeribeque, como hacen los escritores sistémicos, para posar de rebeldes o valentones ante las masas cretinizadas. Pero mi fe quijotesca se niega a aceptar lo que mi razón me reclama, a sabiendas de que esta decisión conlleva una condena a la soledad; porque uno no tarda en descubrir que, al revolverse contra el espíritu de su tiempo, no consigue otra cosa sino resultar enfadoso e intempestivo ante una inmensa mayoría de gentes que desean llevar una vida pastoreada por las ideologías. Pero, aunque la soledad sea a veces muy dolorosa, uno se siente más vivo que nunca; pues, como nos enseñaba Chesterton, sólo el que nada a contracorriente sabe con certeza que está vivo (frente al que nada a favor de corriente, que avanza fácilmente aunque lleve mucho tiempo muerto). Sabemos que, manteniendo nuestras posturas, estamos clamando en el desierto. Pero clamar en el desierto no es una tarea estéril, como nos enseñaba Unamuno en Del sentimiento trágico de la vida: «¿Cuál es, pues, la nueva misión de don Quijote hoy en este mundo? Clamar, clamar en el desierto. Pero el desierto oye, aunque no oigan los hombres, y un día se convertirá en selva sonora, y esa voz solitaria que se va posando en el desierto como semilla, dará un cedro gigantesco que con sus cien mil leguas cantará un hosanna eterno al Señor de la vida y de la muerte».

Con esta conciencia de una misión cuyos frutos tal vez nunca llegue a disfrutar sigo escribiendo, mientras me dejen; en la certeza de que no hay otra alternativa para nuestro mundo infestado de ideologías en apariencia contrapuestas que el pensamiento tradicional. Como no me chupo el dedo, sé bien que mis postulados, radicalmente enfrentados con las ideologías en liza, provocan el desprecio de la mayoría de mis contemporáneos. Provocan, desde luego, el desprecio de los progres de derechas y de izquierdas, que me ven como un reaccionario que defiende ideas inconciliables con el espíritu de nuestro tiempo; provocan también el desprecio de los fariseos que se aprovechan de la fe religiosa de los sencillos para sus negocios y sus cambalaches, porque tengo la nefasta manía de recordarles que son la sal sosa fustigada en el Evangelio. Pero, desde que supe para siempre quién soy, he decidido vencerme a mí mismo y no rendirme ante el espíritu de nuestra época, que —como señalaba Unamuno— «usa por armas el ridículo y el desprecio para los que no se rinden a su ortodoxia».

Jamás me rendiré a la sórdida ortodoxia decretada por nuestra época; y, por lo tanto, no me aguarda otro destino sino ser cada vez más despreciado y ridiculizado, hasta el silenciamiento final. Pero hasta que llegue ese día tal vez no demasiado lejano prometo seguir dando la batalla con piezas como las que reúno en este volumen, que presento como una «enmienda a la totalidad» del espíritu triunfante en nuestra época. En su mayoría, han sido seleccionadas entre los artículos que he publicado durante los últimos siete años en el diario ABC y en la revista XL Semanal, donde he logrado mantener mi presencia, gracias en buena medida al apoyo de esas «tres o cuatro lectoras que todavía me soportan». En las sociedades modernas ha cundido un hondo malestar que adquiere manifestaciones en apariencia contrarias: hay quienes se revuelven contra los ataques a la institución familiar, contra la corrosiva «cultura de la muerte» o contra la ingeniería social que reconfigura la propia naturaleza humana; hay quienes claman contra la depravación del capitalismo global, que condena a la miseria y el desarraigo a las nuevas generaciones y desmantela las economías nacionales, favoreciendo la concentración de la propiedad y la especulación financiera; hay quienes, en fin, se rebelan contra la desmembración de la patria o la inmigración descontrolada.

Y, para combatir este malestar hondo que se manifiesta de diferentes formas, la gente se adhiere a tal o cual ideología, pensando que en los demagogos que las defienden encontrará la solución a sus cuitas. Pero tales soluciones serán parciales, fragmentarias, insatisfactorias… y, con frecuencia, sólo contribuirán a enconar más aún la calamidad que pretenden combatir. Pues para combatir las causas de este malestar hondo se requiere, frente a las visiones ideológicas sesgadas, una visión armónica que permita unificar en su significación profunda el conjunto de males de apariencia disímil que nos perturba. Y esa visión armónica sólo puede brindarla el pensamiento tradicional. Para desprestigiar la tradición, la modernidad tiende a identificarla con formas de vida periclitadas. Pero el pensamiento tradicional no quiere revivir el pasado (tampoco, desde luego, anticipar un futuro utópico), sino revitalizar el presente, infundiéndole una savia que ya ha probado sus cualidades reconstituyentes. Frente al conservador, ese progresista paralizado que deja pudrir el meollo de sus convicciones y se obstina en preservar artificialmente una cáscara podrida, el hombre tradicional mantiene vivo un meollo de convicciones que pueden regenerar la cáscara. Por eso la tradición es exactamente lo contrario del conservadurismo (como también es, en otro sentido, lo contrario del progresismo, que envenena la savia). En esta «enmienda a la totalidad» proponemos a nuestros lectores un puñado de reflexiones políticas (que siempre envuelven, como nos recordaba Donoso, cuestiones teológicas) a la luz del pensamiento tradicional, única alternativa verdadera al zurriburri ideológico imperante. Tal vez sean las últimas que podamos reunir en libro, pues la disidencia acaba siendo expulsada a los márgenes. Pero, hasta que llegue ese día, seguiremos batiéndonos quijotescamente. Ojalá, querido lector, alguna de estas reflexiones te sirva —como en su día me sirvió a mí la lectura de Leonardo Castellani— para nutrir las tuyas; ojalá impulsen valerosamente tu inteligencia por caminos nunca antes transitados.

 

Madrid, septiembre de 2021

El libro puede adquirirse a través de la página de la propia editorial