CULTURAS

Tania Burguera

«El régimen cubano no cree lo que dice, vive en su performance.»

Jorge Ferrer.- La Lectura

Aceptó dejar Cuba a cambio de que el Gobierno liberara a un grupo de presos políticos. En el exilio, sigue apoyando las protestas populares contra la dictadura.

El próximo agosto hará dos años que Tania Bruguera (La Habana, 1968) abandonó Cuba por última vez, con la condición de conseguir la liberación de un grupo de presos políticos. Cuando llevamos un rato charlando en una sala del Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB), alguien abre de golpe una puerta. La artista pega un salto. «Son las secuelas que me quedan», se excusa. Dueña de una obra que ha paseado por las principales bienales de arte (VeneciaSão PauloShangai), museos (MoMA, Tate Modern) y que le ha valido premios como el Velázquez en 2021, Bruguera enseña arte en Harvard. La artista vino a Barcelona invitada por el proyecto Cultures d’Avenir, que impulsan conjuntamente el Pompidou, la Haus der Kulturen der Welt y el CCCB, donde impartió un taller a una veintena de artistas emergentes.

 

Tus últimos meses en La Habana fueron de encierro, violencia policial e institucional. ¿Qué sucedió?

Se produjo un cambio de intensidad. La represión y la censura siempre están presentes en Cuba, pero varían los grados de intensidad. Mientras más te rebelas, más suben ellos la presión. En 2014, después de negarme a ceder a las presiones para limitar la asistencia a una performance, el Ministerio de Cultura, que es una mera sucursal del Ministerio de Interior, dejó de ser mi interlocutor para ponerme en manos de la policía política. Se había caído el velo. Ahora ya no lidiaba con el ventrílocuo: me tocaba hablar directamente con el represor. Y ahí sucedió algo muy curioso. Ellos operan con categorías fijas en las que encasillan a cada disidente. Te hacen un perfil y te empujan a la categoría seleccionada. Conmigo no sabían qué hacer. Yo no cabía en ninguna de sus categorías y tenían que inventarse una.

 

Son esos compartimentos en los que empujan a los artistas para desactivarlos: el delincuente, el marginal, el arribista…

Exacto. Y entonces, me meten presa, fue la primera vez. Tratándome como a una no persona buscaban desmoralizarme. Pero en menos de 24 horas aparecieron 3.000 firmas de artistas y directores de museos internacionales exigiendo mi libertad. Y ahí se dijeron: ‘¿Quién es esta mujer?’ Es muy vergonzoso que un gobierno no escuche a sus ciudadanos hasta que alguien protesta en el extranjero.

 

¿Cómo se dialoga con adversarios tan poderosos?

 

Acabé en una situación de prisión domiciliaria. Tenía una patrulla de la policía permanentemente en la puerta de mi casa. A veces la retiraban y yo salía, pero me estaban esperando en la esquina y me devolvían a casa. Hice arte con eso también, porque realicé una serie de fotografías de esas patrullas asociando los números que las identificaban con números de la suerte. Cuando se dieron cuenta de que estaba difundiendo esa obra en las redes sociales, dejaron de cambiar los coches. Ahora tenían una misma patrulla y lo que cambiaban eran los guardias sentados dentro.

 

¡Estaban haciendo arte contigo! ¡Una obra conjunta!

 

Son tan totalitarios que quieren ser los protagonistas de todas las obras. En realidad, tengo la sensación de que ni siquiera ellos creen en lo que dicen, de manera que viven actuando en su propia performance.

 

Es interesante cómo las redes sociales y el acceso a internet modificó radicalmente la manera de hacer oposición en Cuba, y en todo el mundo…

 

Todo ha cambiado. Fíjate en la censura, por ejemplo. En los 80, si había una exposición con una obra problemática, iban y la retiraban. En los 90 se presentaban antes de la inauguración para retirar las obras y que nadie las viera y se formara un escándalo. En los 2000, visitaban a los artistas en sus casas y actuaban como comisarios preventivos. Ahora se abre un escenario semejante al de la película Minority report: te hacen un perfil y se imaginan las obras que vas a hacer, antes aún de que tú las hayas pensado.

 

Pero con el desmontaje del movimiento artístico y la salida obligada al exilio de decenas de artistas y activistas, ellos han ganado la partida, ¿o no?

 

La lucha es larga. Y hay momentos en los que parece que ha ganado uno o ha ganado el otro. Creo firmemente que lo que sucedió con las protestas de los artistas y después con las protestas populares, que son mucho más importantes, se ganó mucho, porque se ha empujado la línea del frente. Tendemos a pensar que sólo desalojándolos del poder se les gana, pero hay otras maneras de ir ganándoles. Cuando empecé a hacer activismo, yo estaba sola y, descontando a mis alumnos, muchos me dieron la espalda. Ahora es distinto, y ahí hemos ganado también, porque cualquier artista acosado recibe el apoyo de todos los demás. Pero es cierto que la dictadura ha conseguido exiliar a un gran número de artistas, una herramienta que han utilizado a lo largo de los años.

 

El Estado cubano cree que un artista que se ha exiliado ya no puede hacer nada.

 

Es cierto. Y también lo creen organizaciones internacionales. Creen que, al estar fuera de Cuba, ya no eres un factor de cambio. Y no es verdad. A veces desde fuera puedes hacer más cosas. A mí en Cuba me tenían encerrada, ahogada: ya no me sentía útil. Esta conversación contigo es más útil que estar allá como estaba. También se necesitan recursos para ayudar a los que han salido de sus países, como los rusos que se han marchado desde el inicio de la guerra. A los gobiernos totalitarios les gusta que los opositores fracasen en el exilio: así los desacreditan. Te diré algo: a veces he dicho sí a algunas exposiciones que no me interesaban para nada. Pero lo he hecho porque ahora puedo decir que he estado cinco o seis veces en la Bienal de Venecia, dos veces en Documenta, etc. Y no lo hago por mí, lo hago porque quiero que los jóvenes vean que se puede tener mucho éxito siendo críticos.

 

La otra noche dijiste al público en Barcelona: «Yo no he disfrutado un solo día desde que salí de Cuba». Y en ese momento se te rompió la voz. ¿Has buscado ayuda psicológica?

 

La violencia política que infligen contra una se queda grabada en el cuerpo y en la mente. He acumulado más de 200 interrogatorios. Había psicólogos, interrogadores profesionales. Comencé a intentar curarme yo sola en Cuba, porque no me quería poner en las manos de psicólogos allá. Fuera, he hecho terapia y he pedido a todas las organizaciones internacionales que trabajan con activistas cubanos que busquen fondos para atención psicológica.

 

¿Concibes el arte político como «un arte con consecuencias»?

 

Un activista es alguien que tiene una visión crítica de los abusos. La violencia le afecta visceralmente. Es como si tuvieras un séptimo sentido para detectarla, y reaccionas… Yo lo critico todo, esté donde esté, porque estoy llena de contradicciones. No acepto que las cosas sean en blanco y negro: el pensamiento binario es muy peligroso, donde quiera que se ejerza.

 

En tu obra te mueves entre Cuba y lo universal, lo local y lo global… ¿Cómo gestionas esos desplazamientos?

 

No trabajo sobre lo que ya entiendo. Y en cualquier lugar al que vaya, siempre encontraré algo que no voy a entender. Generalmente son asuntos que tienen que ver con los derechos de las personas. Veo alguna injusticia y me pregunto por qué tiene lugar cuando se podría solucionar. Cuando estoy en Cuba me pregunto qué le falta que haya visto en otros lugares. Y cuando estoy en otros países me pregunto qué falta allá que ha sido parte de mí en Cuba. Es una manera de entender que ningún lugar es perfecto. Ahora, por ejemplo, estoy preparando algo para el cincuentenario del golpe de Estado a Allende, pensando en cómo abordarlo desde la perspectiva de una cubana, tratando de buscar dónde me sitúo en un espacio que es ajeno a mí sin convertirme en el otro. Diciéndole al otro: ‘yo no soy tú, pero poseo algo que me conecta contigo’.

 

Esta mañana le pregunté por ti a ChatGPT. Me dijo: «Como una inteligencia artificial (IA), no tengo la capacidad de tener una opinión personal sobre Tania Bruguera…». Y a ti, Tania, ¿qué te parece la IA, el reto que entraña para el consumo y la producción de arte?

 

Veo que es muy políticamente correcta[ríe]. Estoy fascinada con la inteligencia artificial. De hecho, estoy preparando algo para el año que viene relacionado con todo eso. Nada me gusta más que ver las cosas nuevas que suceden a mi alrededor, los cambios en la tecnología. Todas estas novedades le dan miedo a mucha gente. A mí no: a mí me dan más miedo las personas que no piensan, que las máquinas que piensan.

 

Uno de los debates del arte es el papel de los museos. ¿Dónde te sitúas tú en esa reflexión?

 

Trabajo mucho con grandes instituciones y me interesa la crítica institucional. Creo que los museos son importantes, pero no han alcanzado todavía el siglo XXI. Se han quedado rezagados en funciones como la conservación y la autoridad para decidir lo que es arte y lo que no lo es… No sé cuál debería ser esa nueva función de los museos, pero puede andar cerca de la idea del arte expandido que propugna Mario Perniola. También debe repensarse la idea de la estética. En esa palabra está contenida otra: ética. Y la forma latina est, el verbo ser. Estética, para mí, es ser ética. Pero hemos romantizado la estética sin reparar en una ética que plantee una nueva manera del ser social.

 

Has manifestado tu intención de regresar pronto a Cuba. Podrás coincidir en el avión con alegres turistas españoles de camino a sus playas soñadas.

 

Hace unos años una artista española me mostró una serie que estaba elaborando con postales enviadas por los turistas. Es importante que los españoles se pongan del lado del pueblo cubano. Ellos saben bien lo que significa vivir en una dictadura. A ellos les digo: ustedes que soportaron una dictadura, ¡no se comporten con nosotros como otros lo hicieron con ustedes!.