Socialdemocracia y desigualdad

Por qué las políticas de la socialdemocracia tradicional son poco efectivas para combatir la desigualdad.

Jaime Ferrer Marrades/Elias Ferrer Breda.- El Confidencial

¿Cuáles son las estrategias ‘prefiscales’ más efectivas para contrarrestar la creciente desigualdad retributiva en las economías occidentales?

Los economistas siempre han hecho la distinción entre las distribuciones de ingresos y riqueza  prefiscales y posfiscales (expresadas como el % de ingresos y patrimonios percibidos y detentados, por el 10% de titulares más ricos respecto del total de ingresos y de patrimonios, antes y después de pagar impuestos y del efecto de la acción del gasto público. Lo mismo se puede analizar, por ejemplo, sobre el % de la riqueza percibida por el 50% menos rico, antes y después de la política fiscal).

 

A lo largo de más de 100 años, el ADN de la socialdemocracia europea ha consistido en la mejora de la distribución de la renta nacional y de la riqueza posfiscal mediante dos piedras angulares: la tributación progresiva y el gasto social finalista en lo que los economistas denominan “salario indirecto” (universalización de la educación y de la salud pública, acceso a la vivienda, pensiones contributivas y ayudas directas a personas de ingresos reducidos).

 

Sin embargo, investigaciones recientes de autores como Thomas Picketty El capital en el siglo XXI ) ponen de manifiesto que las distribuciones del ingreso y la riqueza resultado de la política fiscal están más influenciadas por las distribuciones de políticas prefiscales que por los efectos correctivos de las políticas públicas (las cuales por supuesto siguen siendo indispensables si las sociedades conceden valor a combatir las desigualdades).

 

Dado que las distribuciones de ingresos previas a la política fiscal se han deteriorado intensamente en los últimos 30 años (siendo causas principales: la deslocalización de la industria, la automatización de procesos, el debilitamiento de los sindicatos de ramo, la precarización, la atomización de los centros de trabajo, el teletrabajo), a su vez reflejada en la caída de la participación de los ingresos del trabajo en la renta nacional, los efectos combinados de la tributación progresiva y del gasto social no han compensado completamente el citado deterioro de las distribuciones prefiscales.

 

Para mayor inri, al deterioro de las distribuciones prefiscales debido a la desindustrialización, se suma el hecho de que la política fiscal también se ha vuelto menos distributiva, debido a la ola de exoneraciones y rebajas tributarias a los grandes patrimonios y corporaciones (desencadenada en la década de 1990 y extendida por toda la OCDE) sin una correspondiente rebaja de carga tributaria para clases medias y trabajadoras (ej. IRPF, IVA).

 

De lo anterior se deduce que si la socialdemocracia aspira a seguir siendo relevante frente al visible auge del populismo en casi todas las economías desarrolladas (fenómeno azuzado por la creciente inflación, la mayor precariedad laboral y el deterioro de los ingresos reales de las capas trabajadoras), además de restablecer la progresividad de los sistemas tributarios (algo que pasa por tomarse realmente en serio la elusión y la evasión fiscal a nivel internacional, incluso dentro de la UE donde tres Estados practican el sifón tributario contra los restantes 24), la siguiente pregunta debe ser contestada de manera convincente: ¿cuáles son las estrategias prefiscales más efectivas para contrarrestar la creciente desigualdad retributiva en las economías occidentales (es decir, para mejorar los ingresos medianos, así como los de los tramos inferiores de ingresos, de manera sostenible y no subsidiada).

 

No es un secreto que las distribuciones de ingresos de la política prefiscal están fundamentalmente relacionadas con la matriz productiva subyacente de cada economía, así como con las aptitudes, conocimientos y habilidades relevantes de la amplia mayoría de la población en edad de trabajar, en relación con las demandas de una base productiva en evolución.

 

Las economías que por un lado generan una demanda creciente de puestos de trabajo altamente remunerados (creación neta de puestos de trabajo en áreas que como máximo ocupan al 20-25% de la población), en actividades de altas finanzas, consultoría de negocios, diseño, dirección de empresas, TIC, publicidad, etc.) pero que por otra parte, han estado destruyendo puestos de trabajo en el eslabón medio de las pirámides debido a la combinación de automatización y la deslocalización (jefes de sección, operarios cualificados, contables, auxiliares administrativos, etc.), creando a su vez empleos netos en la base de la pirámide (servicios de Horeca, cuidado de ancianos, conductores de Uber, repartidores, etc.) continuarán experimentando un deterioro en la distribución de los ingresos y la riqueza posfiscales sea cual sea el nivel de ayudas sociales y de mejoras en el SMI que aprueben los respectivos gobiernos, ya que el mejor SMI es aquel que no se tiene que cobrar por estar en una categoría de demanda laboral más elevada.

 

Teniendo en cuenta lo anterior, es hora de que los progresistas coloquen en el centro de su praxis así como de sus relatos, aquellas estrategias que conduzcan a la mejora de las distribuciones prefiscales de ingresos y riqueza (y no sólo en el gasto social); algo que inevitablemente lleva a repensar los modelos productivos industriales y los modelos de talento y habilidades necesarios para hacerlos viables.

 

Si bien desde los partidos socialdemócratas se argumenta que gobiernos de dicho color, ya asignan recursos a dichas prioridades (I+D, innovación, FP, etc.) el desafío requiere un reenfoque de prioridades, así como una reflexión mucho más profunda de la que somos capaces de aportar en este artículo. En cualquier caso, opinamos modestamente que los siguientes son algunos de los principios clave en los que apoyar una nueva era de política industrial democrática y sostenible:

 

1. Democratización del emprendimiento. Dado que las grandes empresas ya no crean empleo neto (jubilan a más gente de la que contratan) en nuestras economías, la incubación masiva de nuevas empresas (y la incentivación de segundas y terceras rondas de ampliación de capital de nuevas empresas), para los jóvenes incorporados al mercado laboral, no es ya una guinda del pastel sino una piedra angular de la política industrial.

 

2. Poner el capital a trabajar a favor del cambio, mediante la multiplicación del capital riesgo. En este sentido, además de la reintroducción de una auténtica tributación progresiva sobre el patrimonio, los sistemas de impuestos y subvenciones deben ser reestructurados para alentar la transferencia masiva de recursos a tales actividades de incubación, bajo fórmulas de colaboración público-privadas. Una manera de resolver el dilema polémico sobre el impuesto del patrimonio sería desgravando a los grandes patrimonios, por la inversión en capital semilla y capital riesgo en una lista larga de sectores de futuro, manteniendo la imposición sobre la riqueza pasiva. Afirmado lo anterior, cuando las rentabilidades de grandes patrimonios pueden estar en promedios del 5-10% anuales after tax y las economías occidentales casi no crecen per cápita, la desigualdad crece en modo piloto automático por la ley de la gravedad, empujando las economías hacia el precipicio. En dicho sentido los detentadores de grandes patrimonios deberían preguntarse si dichas rentabilidades serán eternas, considerando la lenta pero progresiva caída del poder adquisitivo de amplias capas de las poblaciones europea y estadounidense.

 

3. Recuperación de talento desperdiciado. Son millones las personas de edad con valiosa experiencia, actualmente subempleadas o prejubiladas como resultado de la deslocalización y la automatización (por ejemplo, programadores de TIC que trabajan como oficinistas, contables conduciendo taxis, ejecutivos pre jubilados por corporaciones) que deberían ser incentivados para volver a contribuir (como asesores, formadores o consultores) en actividades de incubación de nuevos negocios por jóvenes emprendedores.

 

4. Aceleración de la cuarta Revolución Industrial. Tecnologías como la impresión 3D, IoT, la robótica y la inteligencia artificial deben promoverse mucho más proactivamente de lo que es el caso, a fin de proporcionar incentivos para la aceleración del retorno de la industria (el reshoring), reduciendo a cero los diferenciales en costes totales, respecto a Asia. Además, dichas tecnologías 4.0 ofrecen la ventaja de que para ser rentables, exigen en mucho menor grado, las economías de escala propias de las tecnologías de la 3ª revolución industrial (Jeremy Rifkin, Sociedad del coste marginal cero).

 

5. La economía circular como motor de reindustrialización. Aunque los estados de la UE, están fomentando las actividades de economía circular a través de planes oficiales, lo están llevando a cabo de forma tímida (subvenciones aquí y allá). En su lugar, la EC debería convertirse en la columna vertebral del Green New Deal de una manera mucho más dirigida (el GND de la UE, es hoy sobre todo una palanca de fomento de las renovables y del ahorro energético) a través de mecanismos palo y zanahoria. Por ejemplo, actividades como la generación de combustibles sintéticos mediante la gasificación de residuos, de extensión de ciclos de vida de los productos y de recuperación de recursos para desarrollar nuevos materiales, deben aplicarse no como buena idea subvencionable, sino mediante regulaciones de escala, que provoquen caídas de costes unitarios para dichas actividades. Por ejemplo, hacen falta normativas que exijan contenidos crecientes de materiales recuperados en sectores como; construcción, automoción, textiles, electrodomésticos, energía, plásticos y otros. Como ya es el caso en Suecia, el IVA debería eliminarse para actividades de extensión de vida útil de bienes y maquinaria, así como para materiales industriales recuperados. De tal forma, los efectos combinados de las metas del cambio climático y del ahorro en recursos, a su vez facilitarán la creación de cientos de miles de empleos de ingresos medios, mejorando así las distribuciones prefiscales de ingresos.

 

Nos tememos que en ausencia de un fuerte empuje en la línea descrita, la política fiscal clásica (imposición progresiva y mayor gasto social) no bastará para corregir los crecientes niveles de desigualdad que azotan a Occidente y, en consecuencia, para contrarrestar el auge del populismo.

 

Conseguirlo sin embargo, exigirá vencer barreras al cambio en la izquierda, ya que la centenaria cultura de la socialdemocracia europea sigue estando muy ligada al pilar del estado de bienestar; cuando hoy es igual o más importante añadir un segundo pilar: el de la democratización del emprendimiento y la producción, en un entorno de escasez de recursos naturales a escala planetaria.

 

*Jaime Ferrer Marrades. Empresario, inversor, coordinador del programa Economía circular España (11 sectores, más de 100 empresas), profesor de EADA y exsocio de Accenture, responsable global de consultoría en sectores de consumo y supply chain.

 

*Elías Ferrer Breda. Analista financiero en Londres, BA en Development Studies, SOAS London, periodista free-lance.