La oscura historia de los sirvientes y sus amos

Nos asomamos al lado más oscuro de los grandes señores ingleses y su servidumbre a través de ‘Nunca delante de los criados’, un clásico de Frank Victor Dawes que acaba de recuperar Periférica.

Antonio G. Maldonado.- El Español

 

El rescate de Nunca delante de los criados (Periférica), publicado originalmente hace casi medio siglo, obedece a las mismas razones que llevaron a su autor a concebirlo y publicarlo a comienzos de la segunda mitad del siglo XX, en la década de 1970. Entonces, en Reino Unido y Estados Unidos había prendido el éxito de Arriba y abajo. Asombrado por su popularidad y presa de la curiosidad por un mundo de relaciones victorianas que su propia madre había padecido como sirvienta, el periodista Frank Victor Dawes se propuso indagar más en ese universo de desigualdad y vasallaje adornado de buenos modales y de jerarquías asumidas.

El mejor de los mundos y el peor de los mundos que Dickens había retratado con afán de denuncia se había filtrado como estampa típica de un mundo añorado, algo que a Dawes, que llegó a ser director de informativos y productor de BBC Radio, le sorprendía. Frente a esa idealización, “¿qué pensaban […] los equivalentes en carne y hueso de Hudson y la señora Bridges?”

 

Esa curiosidad le llevó a concebir un libro sobre el servicio y su evolución en el tiempo en Reino Unido y a enviar una carta al director del Daily Telegraph pidiendo testimonios reales de todo tipo de sirvientas y criados. Su intención era completar el libro con experiencias personales para “aligerar las estadísticas y las tesis sociales”. Según cuenta Dawes, en aquel momento “el número de personas que trabajaban en ese sector en el Reino Unido había descendido a menos de cien mil (sin incluir au pairs), una cifra muy alejada del casi millón y medio de criados que hubo en los últimos años del reinado victoriano, e incluso hasta 1931”.

 

La Segunda Guerra Mundial lo cambió todo, pero hasta 1939 “ninguna casa de las afueras de Londres podía considerarse verdadera clase media si no tenía una doncella interna”. Hoy se vive un interés similar —y una idealización parecida— con series como Downton Abbey, pero la figura de los refinados y discretos sirvientes o criadas británicos forman parte de la idea que cine y libros han trasladado con profusión en las últimas décadas.

Tras el éxito de Arriba y abajo se produjo una paradoja que también estimuló a Dawes a concebir este libro, y es que, según informa en la introducción, en el momento en que investigaba, no eran los de abajo quienes mostraban interés en los de arriba y su estilo de vida suntuoso, sino más bien al contrario, como se podía comprobar en el interés de los productores: “los sirvientes protagonizaban series de televisión y los entrevistaban en los suplementos de los periódicos más importantes”.

 

Por su parte, “las criadas del escalón más bajo, que leían folletines baratos sobre idilios aristocráticos a la luz de las velas en buhardillas atravesadas por corrientes de aire, se habían convertido en objeto de un interés compulsivo por parte de sus superiores”. Y, al mismo tiempo, “los parientes de los nobles escribían eruditos ensayos sobre las niñeras”.

Dawes comienza el libro con estadísticas llamativas sobre todo ese ejército de sirvientes que hoy están tan presentes en la imaginación de tantos lectores y telespectadores: “En 1891, según el censo oficial, los criados formaban uno de los grupos más numerosos de la población trabajadora: de una población de 29 millones entre Inglaterra y Gales, 1.386.167 mujeres y 58.527 hombres servían en casas particulares”. Y también ofrece uno de los datos más sangrantes y desmitificadores, presentes a lo largo de todo el libro: “De ellos, 107.167 muchachas y 6.891 muchachos tenían entre diez y quince años”.

 

Y abundaba: “Estos niños trabajaban desde el amanecer hasta ya entrada la noche por unos pocos chelines al mes y tal vez medio día libre a la semana si sus patrones eran considerados. Se les exigía llevar uniforme o librea, y sus vidas se regían por normas estrictas. Dormían en buhardillas apenas amuebladas y vivían y trabajaban en las zonas más bajas y oscuras de las grandes viviendas victorianas y las casas nobles”. Tenían accesos separados, escaleras separadas y viviendas separadas de las de sus señores.

¿Cómo aguantaban? ¿De dónde nacía esa resignación? Dawes analizaba también los mecanismos psicológicos de dominación que subyacían a dicha realidad, en la que la idea del orden natural, signado por una lectura parcial de la Biblia y con el concurso de un clero ultraconservador, reforzaba el statu quo como una muestra de devoción. En palabras del sacerdote anglicano John Keble utilizadas entonces, “La rutina diaria y las tareas sencillas / nos proporcionarán todo lo que necesitamos, / espacio para sacrificarnos, un camino / que cada día nos acerque más a Dios”. O, mucho más atrás en el tiempo, en Efesios VI, 5-6: “Sirvientes, obedeced a quienes son vuestros amos en el mundo, con miedo y temblor, con lealtad de corazón, como a Cristo”.

 

El gran valor histórico del libro son los testimonios recabados por Dawes, que componen la mitad del estudio. Algunos de ellos, como el de una tercera doncella de una casa de campo de Lincolnshire en 1913, remiten a escenas muy habituales en series y libros que hoy nos atraen: “Cuando nos cruzábamos por el pasillo trasero del piso superior, el mayordomo me besaba, y no era lo único que me hacía. Yo le sonreía si entraba en el comedor de la servidumbre para quejarse del ruido después de la cena. La doncella jefe decía: ‘¿Cómo te atreves a sonreírle al mayordomo?’ Creo que él siempre temía que yo lo delatara. Pero nunca lo hice”.

Aunque entre los testimonios que van pespuntando el libro hay cartas cómicas o ridículas, predominan los relatos trágicos y crueles que hablan de sufrimiento y humillaciones soportadas en un silencio que era el de toda una época. Arriba y abajo no era una metáfora ideológica como es habitual en nuestros días. Como bien explica el autor, la relación entre criados y señores tenía una frontera física clara, una división geográfica insalvable. El propio diseño de las grandes casas estaba pensado con ese propósito, el de la escasa mezcla real de unos y otros. Relación consignada en libros de contabilidad estrictos en los que no se permitía la menor licencia ni dispendio entre las criadas, lacayos, limpiabotas, etc.

Son interesantes los cuadros contables que el libro reproduce, pues dan idea del rigor con el que se imponía una austeridad al servicio que contrastaba con la vida de lujos y ornatos de los señores. Un dinero que los criados enviaban a unas familias depauperadas que se consideraban afortunadas por tener a un familiar en una casa señorial.

En la segunda mitad del libro Dawes narró los cambios y progresos en el trato a los sirvientes. Progresos escasos que avanzaron más por las necesidades sociales que impusieron las guerras mundiales y la nueva economía que por una conciencia moral de la ilegitimidad de una relación de vasallaje que duró demasiado tiempo a juicio del autor. Hasta su propia madre, sin ir más lejos. “Los criados tenían muy pocas ocasiones de conocer a personas de fuera de su pequeño mundo del sótano”, escribe al narrar las relaciones sentimentales y sexuales que se establecían entre ellos, como tantas veces se ha visto en el cine o leído en novelas.

 

Pero las revoluciones industriales y sociales no pasaron en vano, tampoco en aquellos sótanos, como cuenta una sirvienta de una mansión en 1924: “La cocina era nuestra salita, muy grande, con dos mesas y tres sillas de madera (sin cojines). Todas estábamos locas por la música popular, pues eran los primeros tiempos del charlestón. Mi amiga y yo lo aprendimos muy bien apoyándonos en los respaldos de nuestras sillas, hasta que entraba la señora diciendo: ‘¿Pero qué es este ruido espantoso?’”.

Nunca delante de los criados, que se preguntaba al principio por qué había desaparecido ese mundo idealizado, hace un repaso histórico, político y social que termina con un testimonio de entonces que puede hoy aplicarse a otros ámbitos: “Creo que la razón por la que es difícil encontrar sirvientas hoy no es la falta de preparación, sino que éstas no están contentas con los salarios y las horas de trabajo. Tampoco lo están con muchas cuestiones […] de estatus social, pero los horarios y los sueldos son fundamentales”.