MEMORIA

Salvador de Madariaga

El drama del liberalismo de la tercera España.

Daniel Capó.-La Lectura

 

El historiador Santiago de Navascués traza en esta magnífica biografía la semblanza de un intelectual cosmopolita que fue enemigo de ambos bandos en un país roto por el odio.

 

Américo Castro, en una carta fechada el 24 de julio de 1967, recordaba con amargura una anécdota personal de la Guerra Civil que le serviría para iluminar el enfrentamiento entre las dos Españas: «La cuestión española -le escribió a su corresponsal, el escritor abulense José Jiménez Lozano– es mi pesadilla. Pude ver de cerca cómo se desmoronaba la Segunda República en medio de la inconsciente impotencia de sus dirigentes. Me echaron de un diario republicano por parecerles yo protector de las órdenes religiosas, lo cual no impidió que en julio de 1936 la radio fascista anunciara con fruición mi fusilamiento. Llegué así a la conclusión en los años amargos (1938 y 1939) de que ambas facciones fratricidas eran ángulos de un mismo vértice«.

 

Efectivamente: los ángulos de un mismo vértice o, lo que es lo mismo, la crónica feroz de un fracaso cultural que se construyó sobre la intolerancia. La experiencia de otro ilustre republicano, Salvador de Madariaga (1886-1978), no fue muy distinta a la de don Américo. Políglotas ambos y cosmopolitas, hombres públicos a los que les dolía su país, también Madariaga llegó a unas conclusiones similares acerca de los años de la Guerra Civil.

 

PROFETA DE LA TRANSICIÓN

 

«En su huida de Toledo hacia Madrid -escribe el historiador Santiago de Navascués (Pamplona, 1993) en El hombre que entró por la ventana, su reciente biografía del intelectual-, la milicia local lo detuvo al confundirlo con el diputado cedista Dimas Madariaga, y estuvieron a punto de fusilarlo. Ante ese peligro, decidió partir a Francia. En su memoria personal recordaba que ‘era evidente que una persona como yo, carente de toda unión con ningún partido, no hacía en España nada más que servir de carne pasiva al espíritu de destrucción que se había apoderado de la calle'».

Representante ejemplar de una tercera España que no pudo llegar a ser hasta que el espíritu de la Transición hizo realidad su sueño, Madariaga ejerció de embajador de un país llamado a recuperar su auténtico horizonte de libertad frente a los fanatismos de todo cuño. «Las derechas -explica Navascués- lo consideraban un liberal antiespañol, un anglófilo sospechoso de judaizante y masónico, ‘desertor de las dos Españas’. Las izquierdas lo consideraron un burgués elitista, un ‘pedante’ que se dejó llevar por su ‘misticismo’ internacionalista en la Sociedad de las Naciones. Él se consideró siempre miembro de la tercera España, escéptico con ambos bandos, desubicado y perplejo ante un país roto por el odio«.

De nuevo, estamos ante los dos ángulos de un mismo vértice que, años más tarde -ya en 1947-, le harían declarar en la Habana lo siguiente: «Para mí Franco es la guerra civil y los que quieren imponer la República son también guerra civil y yo no quiero para mi país una catástrofe más. No estoy ni con la España de los republicanos ni con la España de Franco, sino con una Tercera España». Su Restauración soñada la encontró Madariaga precisamente en el espíritu de la Transición que hoy tanto ponen en duda aquellos que hablan y piensan desde el populismo político.

UNA FIGURA PARA EL PRESENTE

 

Si algo deja claro esta magnífica biografía -escrita con diáfana claridad anglosajona- es el drama del liberalismo centrista en España, el cual sólo podía actuar en el ámbito de una experiencia política marcada por los extremos ideológicos. Idealista y pragmático, en ocasiones imprudente y osado, periodista y escritor de éxito, diplomático y ministro de la Segunda República, autodidacta y contradictorio, Madariaga mantuvo un único credo, que era el del liberalismo como garante de la moderación y, por tanto, del encuentro y la convivencia.

Anticomunista por convicción, aunque sensible a la cuestión social; antinacionalista, aunque simpatizante de la solución federalista en España y Europa, el Madariaga de Navascués se impone como una figura moral que trasciende incluso las circunstancias de su tiempo para adentrarse en el nuestro. «Su legado para nuestros días -leemos en este libro- muestra la importancia del obrar de las personas y la extraordinaria pluralidad del ser humano. Su audacia intelectual, en continua búsqueda de la verdad y el bien común, lo sitúan entre los grandes de su época. Su compromiso político con su país, aún en las situaciones más difíciles, es un ejemplo de la rectitud con que vivió toda su vida».

Esperanza a pesar de todo

 

«Creo en la necesidad de ir a la Restauración, para que quede terminada, al menos simbólicamente, la guerra civil, y España pueda volver a vivir en paz, aseguraba el pensador. Sólo tras la muerte de Franco y después de cuarenta años de exilio, ya anciano, Salvador de Madariaga regresó a España esperanzado con la llegada de la democracia y con el cambio pacífico que pilotó la Corona. Se diría así que la Constitución del 78 fue realmente el triunfo de la tercera España.

Salvador de Madariaga. El hombre que entró por la ventana

Marcial Pons. 352 páginas. 32 €