La crisis del republicanismo centrista.

Que tanta ilusión fuera defraudada levanta acta de las graves responsabilidades de ciertos sectores de derecha e izquierda.

Fernando García de Cortazar.- ABC

Los ataques a la formación de una mayoría parlamentaria moderada tras las elecciones de 1933 se iniciaron, como veíamos en la pasada entrega de esta serie, en los ámbitos del alfonsismo más crispado y en un tradicionalismo en el que iban cobrando fuerza los representantes de su facción integrista. Si contra los cedistas de Gil Robles o los agrarios de Martínez de Velasco se levantó lo más exasperado de una crítica de principios y lo más áspero de la desautorización de la estrategia, de parecida acidez fueron las acusaciones lanzadas contra Alejandro Lerroux cuando el viejo caudillo republicano planteó una línea de entendimiento con la derecha católica. Violentas reacciones provocó el discurso del jefe radical al presentar su gobierno en diciembre de 1933, ocasión que aprovechó para manifestar su deseo de construir un espacio político que permitiera la integración en la República de todos aquellos que honradamente desearan colaborar con el nuevo régimen, sin prejuicios anticlericales ni prevenciones de pureza de sangre republicana.

Para Lerroux, lo fundamental era acabar con aquellas conductas sectarias que habían llevado a la movilización de ciudadanos atacados en sus más íntimas creencias. La República no podía afirmarse sobre un territorio tan movedizo y anacrónico como el del anticlericalismo, cuya función aglutinadora contra la monarquía había perdido ya cualquier significado positivo de cara al futuro. Por el contrario, era la superación de ese factor de discriminación ideológica el que permitiría construir una representación amplia y diversa de la opinión centrista, moderada, que tenía su adversario fundamental en el Partido Socialista. Este esfuerzo por hacer de la clase media española, confesional o laica, la base de un régimen liderado por los valores de la burguesía, dispuesto a permitir la noble alternancia del reformismo social de la izquierda republicana y socialdemócrata, constituía mucho más una sólida esperanza que una mera maniobra táctica. Era la posibilidad de establecer una relación orgánica entre la nación y el Estado, en un proceso de modernización que impulsaría el desarrollo material, la estabilidad de las instituciones y la creación de una cultura democrática.

El futuro no estaba escrito

La oportunidad perdida, contemplada a tantos años de distancia, resulta una evidencia dolorosa, que nos sume en tristes reflexiones sobre la España que podía haberse alzado en unos años de esplendor de la literatura y del pensamiento, y también de intensa participación de la ciudadanía en la formación de un nuevo régimen. Que tanta ilusión fuera defraudada levanta acta de las graves responsabilidades que cabe asignar a determinados sectores de la derecha y la izquierda, cuya incapacidad manifiesta para servir a los intereses supremos de nacionalización del pueblo español, a la normalización de sus estructuras parlamentarias y al aprovechamiento de sus vigorosas experiencias culturales, merecen el descrédito inalterable de la historia.

Aquellas posibilidades nos muestran que el futuro no estaba escrito,que no estábamos destinados a la tragedia, sino que fuimos víctimas, como tantos países europeos, de circunstancias indeseables y difíciles de controlar. Nuestra reflexión sobre aquella nación en crisis no puede hacerse, por tanto, desde la asunción habitual de ese complejo de inferioridad que convierte España en un caso clínico excepcional en el periodo de entreguerras, un atroz paisaje solo atractivo para el juicio de antropólogos curiosos y de viajeros sentimentales. España no era una nación destinada al fracaso, clausurada en una melancólica abulia e ignorante de los desafíos de la modernidad. Era un país de conciencia histórica alerta y de fina sensibilidad política, de extraordinaria densidad cultural y de ejemplar rigor académico.

Injusticias sociales

Las condiciones de su atraso económico, de sus injusticias sociales y de sus conflictos de clase nada tenían que envidiar a la crudeza de tales desequilibrios en la Europa que siguió a la Gran Guerra.

Resulta urgente y necesaria, en estos momentos de tribulación y de desconfianza en nuestra realidad nacional, esa reivindicación de una época en la que la paz y el progreso fueron posibles, aunque se perdieran por el extravío, la torpeza o el radicalismo de unos líderes que lograron alcanzar una despreciable hegemonía política, como ocurrió en tantos otros países.

No menos urgente y necesario es averiguar los motivos de aquella frustración. Observarlos, por ejemplo, en la radicalización del Partido Socialista en el que los sectores afines a Largo Caballero fueron marginando a quienes proyectaron una alianza permanente con la burguesía republicana. Observarlos, además, en aquellos representantes de la clase media que, desdeñando una sana alternancia gubernamental, desautorizaron la estrategia de Lerroux como si se tratara de una entrega del régimen a la reacción. Incluso la mano derecha del jefe del Partido Radical, Martínez Barrio, provocó una escisión que causó precisamente lo que se decía querer evitar: la debilidad del republicanismo moderado y, por tanto, su capacidad de negociación con el populismo católico de la CEDA. La crisis de mayo de 1934, que acabaría dando lugar al flamante partido de Unión Republicana, hería de muerte las posibilidades de un acuerdo entre los dos grupos hegemónicos del centro-derecha español. El debilitamiento de los lerrouxistas, por la escisión, impediría una relación pareja entre fuerzas antes equivalentes en su representación parlamentaria .

Revolución de Asturias

La revolución de octubre de 1934 no estalló como resultado de la incorporación de la CEDA al poder, sino como producto de la situación subalterna en que quedó el partido radical frente a la pujanza del grupo católico. Siempre habremos de preguntarnos cuál habría sido el futuro de España de haberse consolidado aquella apuesta de colaboración gubernamental de los dos mayores partidos de la burguesía urbana y rural española. De haberse podido llevar a buen puerto la aspiración de Gil Robles de encauzar a los católicos en el régimen republicano y la de Lerroux de ofrecer a la derecha confesional unas condiciones que le permitieran ver el régimen como un verdadero Estado nacional sin exclusiones.