IDEAS

¿Qué une a los conservadores?

Seis temas para una estrategia común en Europa.

Rodrigo Ballester.-Disenso

 

El conservadurismo es más un instinto que una ideología.

Se acercan las elecciones europeas y varios observadores anticipan un aumento del voto conservador. ¿Es el fin de la hegemonía globalista y progresista en Bruselas, el despertar de la mayoría silenciosa? O, quizás, un nuevo choque de bruces con la realidad y una enésima decepción electoral.

Para empezar, no olvidemos que después de las elecciones en Polonia, Hungría (con el único apoyo de Eslovaquia) es el único bastión conservador en el viejo continente. Sin Varsovia, Budapest sufrirá sola las embestidas políticas y financieras de Bruselas, que ya puede saciar sus deseos de vendetta política a golpe de talonario. Que se lo digan a los 180.000 estudiantes húngaros excluidos del programa Erasmus por razones totalmente espurias.

No olvidemos tampoco que el entusiasmo precoz y la épica son malos consejeros y que, antes de lanzarse a la contienda, conviene hacerse una simple pregunta: ¿Qué tienen en común los conservadores europeos? Y la respuesta corta es, no tanto.  Cierto, los nuevos gobiernos en Italia, Suecia y Finlandia y la consolidación de partidos conservadores en otros lares invitan al optimismo. Pero, al fin y al cabo, ¿sobre qué temas concretos comparte la derecha europea una visión y una estrategia común?

Si el conservadurismo es más un instinto que una ideología, un movimiento que contempla el mundo desde lo local a lo universal, entonces tenemos que tomarnos su heterogeneidad con naturalidad y realismo. La verdad, no abundan los temas consensuales, pero sí existen suficientes para articular una alternativa política a escala europea. En concreto, son seis:

Inmigración: aunque no tenga la relevancia política que se merece en España (país en el que a duras penas copa portadas), la oposición a la inmigración de masas es el cimiento principal de la derecha europea, el tema que le ha permitido salir del ostracismo político. El impacto cultural y los problemas de inseguridad (incluido el terrorismo islámico) han hecho saltar por los aires los infames cordones sanitarios que amordazaban el debate. Frente a la cerrazón ideológica de unas élites que niegan tanto el desastre migratorio como la existencia de sus propias culturas, millones de votantes conservadores se han rebelado frente a los dogmas del multiculturalismo. Las furiosas manifestaciones pro-Hamás en toda Europa occidental (una auténtica quinta columna) son la prueba fehaciente que la Historia ya ha dado la razón a los partidos conservadores, quienes seguirán dando la batalla en una UE que, de momento, utiliza la migración en su propia contra.

Demografía: el corolario de la inmigración de masas es tomar conciencia del suicidio demográfico europeo. Decía Juan Bodino que “no hay más riquezas que hombres” una máxima que el mundo occidental desprecia frívolamente mientras se preocupa por la “huella carbono” de cada bebé. Pateras, cayucos, guetos, sociedades paralelas y atentados han hecho despertar a millones de votantes de su sopor.  Por fin aflora el instinto de supervivencia, aunque estamos a años luz del latigazo necesario para revertir la situación: ningún país europeo alcanza la tasa de regeneración, las pirámides de población dan pavor, la UE sigue enquistada en pactos verdes y cruzadas ideológicas mientras ignora olímpicamente su mayor problema. Con patética dejadez, Bruselas se limita a repetir los manidos mantras de la migración y la reforma de las pensiones para camuflar su ceguera y su pasividad en vez de dar la voz de alarma. Un combate del que debería apropiarse la derecha europea.

Antiwokismo radical: el delirio woke es mucho más que una extravagancia de niños consentidos es un movimiento totalitario frente al que la risa socarrona y la burla son respuestas estúpidas, incluso cobardes, porque mientras reímos, ellos avasallan. El wokismo es apoyo a los terroristas de Hamás, mutilaciones corporales a adolescentes vulnerables, censura aplicada por el conjunto de la sociedad. Es un culto elitista y prepotente basado en la más supina ignorancia. Es nihilismo, una pulsión tiránica, cuyo único denominador común es el odio a lo propio, a la civilización occidental. Es un ataque frontal contra nuestra propia esencia que tiene que ser combatida políticamente como una amenaza existencial, no como una moda pasajera. El problema es que la UE ha abrazado cándidamente esta ideología y hasta intenta subsumirla entre los “valores europeos”. Que los partidos conservadores no den ni un paso atrás y erradiquen este veneno de a la UE.

La inocencia de los niños: en la maraña arcoíris de las minorías sexuales, hay divergencias entre conservadores europeos. El matrimonio homosexual, la adopción o las madres de alquiler no son, guste o no guste, consensuales. Pero sí lo es la defensa de la inocencia de los niños, de las mujeres y de la realidad biológica. En otras palabras, existe una voluntad común de oponerse sin contemplaciones a la ideología trans y de género, la vertiente más distópica y nociva del wokismo que tiene en su punto de mira a los niños, que promueve su sexualización a ultranza y que flirtea abiertamente con la pedofilia con la coartada podrida del “consentimiento”. Al fin y al cabo, si un menor tiene potestad para mutilarse sexualmente, también la tiene para que le viole un adulto, ¿no? Desgraciada y estúpidamente, la Comisión y el Parlamento apoyan abiertamente esta sinrazón en nombre de la diversidad y de la tolerancia. Bien, pues que esto sea intolerable para los conservadores europeos.

Soberanía:  es ese instinto que mira con desconfianza la avalancha de normas que parecen más impuestas desde arriba que adoptadas desde abajo, esa negación de la sabiduría popular frente a los todopoderosos expertos, esa molesta sensación de que su propio destino ya no está entre sus manos. La soberanía es hoy por hoy el reflejo democrático más sano cuando el poder de expertos, multinacionales y organizaciones internacionales está a un paso de invertir la dirección elemental de la democracia: de un proceso de abajo hacia arriba, a uno de arriba hacia abajo. La UE se ha convertido en una máquina de erosionar la soberanía nacional y de legislar más allá de sus competencias, lo que a su vez es suicida porque su estabilidad se nutre precisamente de la soberanía de los Estados que la componen.

Subsidiariedad: este principio es ante todo una idea luminosa, un sabio contrapoder que obliga al gobernante a tomar las decisiones de la manera más cercana al ciudadano. En su versión europea, obliga a la Unión a intervenir sólo cuando esté mejor situada que los Estados miembros para alcanzar un objetivo determinado. Políticamente, también es un comodín de muchísima utilidad que permite a la diversa familia conservadora ponerse de acuerdo en solo aspecto: no le compete a la UE actuar en un ámbito determinado, le corresponde a los Estados.  En la actualidad, casi nadie en Bruselas se toma en serio esta regla de oro que la UE sólo invoca para ignorarla.  La derecha europea tiene por lo tanto una oportunidad de oro de resucitar el principio de subsidiariedad, de aplicarlo a rajatabla y devolverle así todo su significado.

Un último apunte: una parte de la izquierda de “cuño antiguo” comparte en gran medida ésta agenda y estará también representada en Estrasburgo. La urgencia de la situación y el más elemental pragmatismo debería llevar a la derecha europea a mirar hacia esta izquierda con naturalidad.  En otras palabras y con licencia poética:

 

Cuando ruge la amenaza, cuando cunde el desamparo,

El perfil del compañero se vuelve mucho más claro.

En medio de la tormenta, una simple litanía:

Arraigado y antiwoke; orgullo y soberanía”.