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Psicofonías de la tercera España

Manuel Arias Maldonado

Manuel Arias Maldonado.- El Mundo

 

Los abusos de Pedro Sánchez a la hora de gobernar la nación no le han salido gratis. Si esto es la expresión de una Tercera España que mira por la integridad de su democracia, bienvenida sea.

 

La severa derrota del bloque de izquierdas en las elecciones municipales ha provocado una fuerte sacudida en el tablero democrático. Tratando de maximizar sus posibilidades de supervivencia, Pedro Sánchez ha convocado para el tórrido mes de julio unas elecciones generales a las que su partido concurrirá envuelto en la bandera antifascista; mientras tanto, Yolanda Díaz se ve obligada a armar en tiempo récord las listas electorales de Sumar. De otro lado, el fracaso de Cs en las urnas ha tenido consecuencias inmediatas: Inés Arrimadas ha anunciado que deja la vida política y la formación naranja renuncia a presentarse a las generales. Y si bien esta renuncia provocará una mayor concentración del voto a la derecha del PSOE, su significado es más profundo: la incomparecencia de Cs nos remite a la sinuosa trayectoria del programa regeneracionista que, enarbolado primero de forma caótica por el movimiento 15-M y encarnado luego por eso que se llamó «nueva política», no parece tener hoy quien le escriba.

 

Sostener que el regeneracionismo democrático ha pasado a jugar un papel marginal en la política española, sin embargo, tal vez sea precipitado. ¡Depende! Y depende, en particular, de la interpretación que hayamos de dar al resultado del 28-M. Por descontado, será difícil llegar a un acuerdo al respecto: los ganadores dirán una cosa y los perdedores la contraria. Pero algún mensaje habrá querido enviar el electorado -entidad abstracta que cobra forma por medio de la agregación de millones de decisiones individuales- penalizando a los partidos de la coalición de Gobierno. El propio Sánchez sugiere que valiosos alcaldes y presidentes autonómicos socialistas han sido víctimas del rechazo suscitado por su figura. Lo que no ha hecho ha sido concretar las razones por las cuales eso ha sucedido, refugiándose en fórmulas tan llenas de carga emocional -ola reaccionaria, trumpismo electoral, mentiras mediáticas- como vacías de cualquier fuerza explicativa.

 

Harían falta millones de entrevistas personalizadas -nadie va a gastarse ese dinero- para determinar con precisión las causas que explican el retroceso del bloque de izquierdas. Pero si tenemos en cuenta que las elecciones no se han celebrado en un marco de crisis económica, sin que deban por ello minusvalorarse los efectos del proceso inflacionario sobre el bolsillo de los ciudadanos o la creciente sensación de estancamiento económico y el consiguiente deterioro de los servicios públicos, el descalabro gubernamental resulta aún más llamativo. Hay que preguntarse entonces cuál es la novedad que supone el mandato de Sánchez. Y esa novedad está a la vista: el líder socialista llegó al poder a través de una moción de censura más destructiva que constructiva, aglutinando no obstante un bloque de poder que hizo de ERC y Bildu socios preferentes del inédito Gobierno de coalición PSOE-Podemos.

 

Para sostener su mayoría parlamentaria, el líder socialista ha traspasado líneas rojas (indulto de los líderes secesionistas, reforma de la sedición y la malversación, integración política de Bildu), desplegando un estilo político basado en una concepción personalista del poder que incluye la colonización partidista de las instituciones democráticas (nombramiento de ex ministros como magistrados del TC y de la ex ministra de Justicia como Fiscal General del Estado, presidencia del CIS a cargo de un militante del PSOE que ha llegado a publicar durante su mandato un panegírico sobre el presidente del Gobierno, cese de los directores del INE y RTVE por no alinearse con los intereses del Gobierno) y socavando los fundamentos del procedimentalismo liberal (abuso del decreto-ley, desdén por los informes preceptivos de los órganos consultivos, ataques a los jueces). Súmese a ello que nuestro primer ministro nunca responde a lo que se le pregunta en el Congreso -donde sustituye la rendición de cuentas por los ataques sistemáticos a la oposición- y recurre con frecuencia a anuncios grandilocuentes que jamás se materializan; el resultado es una pérdida de credibilidad -de su famosa tesis doctoral en adelante- que ha erosionado su imagen pública y debilitado el impacto de las medidas más acertadas de su mandato.

 

No hablamos de percepciones caprichosas, sino de hechos demostrables. Asunto distinto es que quien desee la continuidad del Gobierno -sea por convicción o interés- minimice su importancia o los justifique como un mal menor. De cualquier manera, difícilmente podrá sostenerse que Sánchez ha contribuido a la regeneración de la democracia española. Por eso es irónico que él mismo hiciera bandera de ese propósito cuando llegó al poder, presentando su «Gobierno de la dignidad» como la única respuesta posible a la emergencia moral creada por el caso Gürtel. Nótese que el regeneracionismo fue una respuesta a la Gran Recesión que encontró expresiones de distinto tipo: Podemos se apropió de la marca antisistema del 15-M y Cs defendió un reformismo que complementaba su programa antinacionalista; yendo por otro carril, el independentismo catalán usó la crisis de reputación de la democracia española para tirarse al monte. Todo cambió tras instalarse Sánchez en Moncloa: la clase política e intelectual que venía defendiendo la agenda regeneracionista dejó de hacerlo en cuanto se formó la coalición PSOE-Podemos, mientras que Cs -las razones pueden debatirse durante horas- cayó en la insignificancia parlamentaria.

 

Con todo, resulta atrevido concluir que los españoles han castigado al Gobierno de Sánchez por traicionar las apiraciones regeneracionistas. Si querían hacer tal cosa, ¡bien podrían haber votado por Cs! Y mal pueden haberlo hecho apoyando a Vox. Pero también es cierto que el votante interesado en poner fin al Gobierno de Sánchez hace tiempo que considera «inútil» el voto por Cs; tendencia que se ha demostrado imparable a pesar de que las tempranas advertencias de Rivera sobre las intenciones del líder socialista se hayan demostrado certeras. En cuanto a Vox, verdadero elefante en la habitación liberal-conservadora, constituye la indeseable inevitable reacción contra el protagonismo adquirido por las fuerzas destituyentes durante el último lustro; con razón se ha dicho más de una vez que romper los consensos del 78 por la izquierda provocaría una reacción análoga por la derecha. Queda por ver si este partido extremista, que vive por y para la protesta, imitará la trayectoria de Podemos -del cielo al suelo- una vez que Sánchez salga de escena.

 

Ahora bien: una parte significativa del electorado ha expresado su rechazo por el presidente del Gobierno. Y mal haríamos en explicar ese fenómeno como el resultado de una repentina «fascistización» de la sociedad española; no seamos pueriles. Es imposible determinar la fuerza causal que posee cada uno de los factores en juego -nadie sabe si la excarcelación de delincuentes sexuales pesa más que la amistad con Bildu o la reforma de la malversación- y seguramente la clave está en su acumulación. Sea como fuere, los abusos perpetrados por Pedro Sánchez a la hora de gobernar la nación -y dirigir al PSOE- no le han salido gratis. Si esto es expresión de una Tercera España que mira por la integridad de su democracia, bienvenida sea; si no lo es, pronto lo averiguaremos.

 

Ahí es donde entra en juego la alternativa que se dibuja en el horizonte electoral. El dilema es claro: ¿será capaz el PP de Feijóo de asumir la agenda regeneracionista que tanto necesita nuestro país? Se trata de pasar de las etiquetas emocionalmente recargadas a los contenidos racionalmente diseñados: utopía perpetua del sedicente afrancesado. El programa electoral de los democristianos, cuya victoria no está asegurada, nos dará pronto una pista. Pero, como hemos podido comprobar en demasiadas ocasiones, el reformismo se demuestra reformando; de nada sirven las promesas si se olvidan en cuanto se alcanza el poder. Y sobre esa base habrá que juzgar al Gobierno que salga de las urnas del 23-J: que se note que ya tenemos la amarga lección bien aprendida.

 

Manuel Arias Maldonado es catedrático de Ciencia Política de la Universidad de Málaga. Su último libro es ‘Abecedario democrático’ (Turner, 2021)