El retorno de la política de clases

Maxi Nieto.- El Viejo Topo

Hablar hoy, de la mano de Marx, de clases sociales, reivindicando su centralidad para el análisis social contemporáneo, constituye una vía preferente de acceso a la comprensión teórica del modo de producción capitalista como una verdadera totalidad estructural –con su propia lógica de funcionamiento y leyes objetivas de movimiento–, y con ello también al conocimiento preciso de su manifestación actual ya plenamente mundializada. Y representa esa vía privilegiada de discernimiento teórico porque, en tiempos de regresión social globalizada y recomposición política de las fuerzas sociales en conflicto, el análisis de clases posee hoy más que nunca la inestimable virtud de delimitar nítidamente y de manera inmediata los campos enfrentados en el debate que atraviesa a toda la ciencia social preocupada por la emancipación humana, esquemáticamente, y en último término, entre marxismo y postmarxismo, y revela directamente también las implicaciones y potencialidades políticas de cada uno de ellos.

A diferencia de lo que sucede con las aproximaciones sociológicas al uso (de las que participan igualmente los muy variados representantes del postmarxismo que hegemoniza el pensamiento de izquierdas de las últimas cuatro décadas), las clases sociales en la investigación de Marx no proporcionan un mero registro taxonómico de la estratificación social en las economías donde dominan las relaciones de producción capitalistas, una clasificación que coexistiría sin poder reclamar preeminencia teórico-política alguna con otras muchas líneas de fractura y de ordenación social. Constituyen, por el contrario, una forma de expresión particular de todo el entramado estructural de relaciones y procesos socio-económicos en el que consiste el modo de producción capitalista en su conjunto, un sistema social que adquiere su especificidad histórica en la disolución de los lazos de dependencia personal que caracterizaban a las sociedades que le precedieron, reemplazando todos esos vínculos personales de dominación por una articulación puramente mercantil de la sociedad (incluido el proceso de extracción del excedente de los productores), pero que para poder operar de manera efectiva requiere también, como una condición suya, de la esfera jurídico-política del derecho y del Estado. Analizando las clases –desde sus determinaciones formales más fundamentales hasta su desarrollo histórico y configuraciones actuales– se está comprendiendo, por lo tanto, no otra cosa que la propia naturaleza, articulación interna y funcionamiento del sistema económico globalizado en el que vivimos.

Puede decirse entonces, más concretamente, que en la medida en que las clases sociales se definen en la esfera de la producción, por la relación que establecen en ella propietarios y no propietarios de las condiciones materiales de producción, remiten necesariamente también a la noción de trabajo social como fundamento del valor mercantil, y permiten con ello dar cuenta del específico mecanismo de extracción y apropiación del excedente que caracteriza a la sociedad del capital: bajo la cobertura jurídica de un contrato libre entre iguales, lo que sucede materialmente es que el trabajador rinde más valor del que cuesta su estricta reproducción social, un excedente de valor que se apropia sin entregar nada a cambio el propietario capitalista. Pues bien, sacar a la luz todas las determinaciones formales de esa compleja articulación económica de la sociedad, donde las relaciones sociales se manifiestan cuantitativamente en la esfera mercantil como relaciones de valor, reducidas a una magnitud común, es el verdadero cometido de la teoría del valor-trabajo en Marx. Partir de las clases sociales significa, de este modo, hacerlo también del trabajo –entendido como actividad central humana encaminada a satisfacer sus propias necesidades de reproducción social (y no meramente biológica)–, y en consecuencia tener como marco de referencia para la investigación social la teoría del valor-trabajo.

Vemos así que valor, trabajo y clase obrera representan, desde esta perspectiva teórica que estamos reseñando, los elementos fundamentales que definen el proceso económico capitalista, un proceso que en tanto que se articula a escala de toda la sociedad en términos mercantiles, funciona de manera espontánea de acuerdo a la lógica ciega de la maximización del beneficio. Por eso, hablar de clases sociales –y hacerlo en el preciso sentido que estamos indicando– es siempre, en definitiva, hablar del capital: ese proceso de auto-valorización, automático e impersonal, que se alimenta de la continua apropiación del excedente extraído de los trabajadores y que impone al conjunto de la sociedad sus necesidades internas de reproducción a una escala siempre creciente.

De todo lo anterior se sigue que tomar las clases sociales como eje analítico no sea una simple elección o preferencia del investigador –para estudiar un aspecto más o menos «importante» de la realidad social, lo cual siempre está sujeto a los vaivenes de las modas académicas–, sino algo que impone el mismo objeto de estudio (que no es otro que el modo de producción capitalista) para ser efectivamente comprendido y expuesto categorialmente. En la perspectiva teórica de Marx, ni el fundamento laboral del valor, ni por consiguiente tampoco la centralidad de las clases como divisoria social, son algo así como «hipótesis» o «tesis» a demostrar mediante la «comprobación empírica» (y que rivalizarían con otras hipótesis y criterios de clasificación alternativos), que es como suele plantearse el asunto del valor y de la estratificación social en los dominios académicos de la economía y la sociología convencionales, respectivamente. Muy alejado de todo esto, en el proyecto marxiano de «crítica de la economía política» la categoría de valor-trabajo, y con ella necesariamente también la de clase social, son supuestos constitutivos –coordenadas de demarcación teórica– del propio objeto de estudio, un objeto que tiene una naturaleza estrictamente social (y no psicológica, como resultaría de la teoría subjetiva del valor, o tecnológica, si partimos de la teoría «fisicalista») y al que, por lo tanto, le incumben exclusivamente el tipo de distinciones conceptuales que resulten relevantes para el análisis de los procesos que ordenan la vida de las personas.

Podrá entenderse entonces que el coste laboral que tiene la reproducción económica de la sociedad, así como la forma social que adopta ese proceso reproductivo en el modo de producción capitalista, representa en Marx el tema mismo que se pretende investigar. Sencillamente se quiere computar cuánto les cuesta a las personas (y no a las máquinas, los animales o a la naturaleza, todo lo cual nos situaría más allá del estricto ámbito de la ciencia social) en términos del gasto de su propio esfuerzo laboral (que no es otra cosa que gasto de su tiempo de vida) reproducir periódicamente sus condiciones materiales de existencia. Y ligado a esa contabilidad laboral, representa también un elemento constitutivo del objeto de estudio de Marx indagar la precisa relación que se establece entre el trabajo y la propiedad (sobre los productos de ese trabajo), lo cual permitirá descubrir la existencia de una relación de explotación como base de la sociedad capitalista: el hecho de que pueda haber individuos que sin necesidad de trabajar ellos mismos logren sin embargo apropiarse sistemáticamente de los frutos del trabajo ajeno.

En definitiva, solo si tomamos como eje del análisis el trabajo humano (y lo distinguimos nítidamente del funcionamiento de las máquinas o del simple uso de los recursos naturales en la producción) será posible desvelar el sistema de relaciones sociales en que consiste el modo de producción capitalista. Este es el motivo de fondo por el que la noción de valor-trabajo, así como la de clase social que inevitablemente lleva asociada, constituyen para Marx el punto de partida ineludible de toda investigación científica en el campo de la economía política, y lo que la distingue de la «economía vulgar» (y también de la teoría social postmarxista) que domina hasta nuestros días.

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El trabajo de investigación y discusión pública que viene desplegando en los últimos años Jesús Rodríguez Rojo, investigador en la Universidad Pablo de Olavide, se inscribe precisamente en esta fecunda tradición de pensar la sociedad del capital desde la teoría del valor-trabajo de Marx. Una perspectiva teórica clásica que tras varias décadas de ostracismo, arrinconada en el ámbito académico por la moda de los «estudios culturales» y las «políticas de identidad» que han logrado imponer las poderosas plataformas ideológicas del «liberalismo progresista», comienza otra vez a abrirse paso de la mano de una nueva generación de jóvenes investigadores que cuenta a Rodríguez Rojo, en nuestro país, como uno de sus representantes más destacados.

 

Como advierte el propio autor en el prefacio, el presente libro culmina todo un ciclo de investigación teórica sobre las clases sociales que tuvo como detonante la necesidad de comprender y reorientar la militancia revolucionaria en el marco de las convulsiones sociales y políticas que acompañaron a la última gran crisis del capitalismo global, hace ya una larga década. De tal necesidad práctica resultó una vuelta al Marx maduro de El capital y su proyecto teórico de «crítica de la economía política», que sigue proporcionando a día de hoy las mejores herramientas conceptuales para comprender la lógica estructural del capital y sus leyes objetivas de movimiento. Una lógica económica a través de la cual se despliega la lucha de clases, imponiéndole sus condiciones y mostrando sus verdaderas potencialidades, y que revela también los límites estructurales de la acción del Estado burgués para la transformación social emancipadora. La investigación de todas estas determinaciones fundamentales de la dinámica económica capitalista y de la lucha de clases que la acompaña fue precisamente el objeto de su anterior libro, La revolución en El capital[1], un aporte clave para la recuperación en nuestro país de la perspectiva de análisis clasista de la sociedad actual. En tanto que la aplicación de ese esquema teórico general al estudio de manifestaciones más concretas y específicas de la lucha obrera, como es su relación con la cuestión del género o la acción política revolucionaria en los países capitalistas desarrollados, centra el contenido del presente texto.

Es justamente esta orientación «aplicada» lo que convierte al nuevo libro de Rojo en una contribución destacada a la impostergable tarea de establecer una agenda propia de investigación y debate para nuestra tradición teórico-política, un programa de intervención teórica que pueda liberarse definitivamente de las modas intelectuales y las servidumbres que impone el trabajo académico actual. La comprensión del capital como «sujeto rector» de la inmensa mayoría de los procesos sociales que dan forma a nuestro desarrollo vital es, naturalmente, el punto de partida de Rojo. Son las exigencias internas de ese proceso económico automático las que se le imponen necesariamente al conjunto del cuerpo social, incluyendo muy destacadamente su metabolismo depredador con el entorno natural. Y frente a los múltiples disolventes identitarios que arraigan y proliferan –en un proceso de fragmentación sin fin– en el pensamiento y la acción de la izquierda actual, uno de los puntos fuertes de la perspectiva que traza el autor en este libro es la firme reivindicación del universalismo racionalizador de la tradición ilustrada, una tradición de la actual el comunismo marxista representaría su desarrollo consecuente.

Tal perspectiva de análisis, que se propone recuperar las mejores contribuciones del pensamiento marxista clásico, es la que permite a Rojo acotar con precisión algunos de los problemas teórico-políticos fundamentales con los que la reconstrucción del proyecto emancipador comunista tendrá que enfrentarse en los próximos años. Entre ellos, y siguiendo el hilo de los desarrollos contenidos en el presente libro, pueden señalarse los siguientes, que se encadenan lógicamente entre sí: i) cómo politizar en un sentido revolucionario a una clase que es, en su existencia inmediata y espontánea, un «atributo del capital»; ii) cómo afecta a la problemática del género ‒entendido prioritariamente aquí como la relación histórica entre el trabajo doméstico y la reproducción de la fuerza de trabajo‒ la tendencia estructural del modo de producción capitalista hacia la asalarización de toda la población; lo que puede plantearse también con la pregunta de si es solo histórica (es decir, contingente) y no estructural la relación del patriarcado con el capital; iii) qué materialización concreta ha de tener la forma-partido, una vez admitida su necesidad como instancia política que unifique y dirija de forma consciente la lucha obrera hacia su emancipación; iv) cómo se articulan en la lucha obrera el programa mínimo (la pugna por reformas dentro del propio régimen capitalista) y el programa máximo (que busca superarlo y exige acabar con el poder político burgués) sin caer en el típico gradualismo transicional de carácter «movimentista» –que cree que toda reforma conquistada conduce siempre a otra superior, en un proceso acumulativo– y que acaba siempre solicitando reformas imposibles al propio Estado burgués (renta básica, trabajo garantizado, control de precios, etc.); v) cuál es la verdadera relación entre «democracia» y «economía» en la sociedad moderna, ¿es acaso la que se da entre un procedimiento de participación popular que ya opera (aunque imperfectamente, como suele decirse) en los regímenes burgueses actuales y que se trataría de extender al ámbito económico (para conquistar así, como se plantea frecuentemente, «la democracia económica», con la «autogestión obrera»)? ¿O más bien la relación entre democracia y economía es la que se establece –siguiendo en esto al republicanismo filosófico– entre un proyecto político de poder civil teóricamente bien definido (derecho, libertad individual, garantías, igual poder de decisión, etc.) y sus condiciones materiales (socio-económicas) de posibilidad, de donde se derivaría que el autogobierno ciudadano –más allá de ciertos derechos y libertades precariamente establecidos hoy– no puede regir en modo alguno bajo condiciones capitalistas de producción?; vi) cómo se materializa institucionalmente la superación del mercado como principio de articulación económica para la construcción del socialismo; vii) y finalmente, ¿cuál es la forma jurídico-política que corresponde, por derecho propio, al poder obrero, por ser la que puede garantizar tanto la transición socialista (el ejercicio de la «dictadura del proletariado») como el control consciente y racional del proceso económico por los productores?

Como respuesta global a todos esos interrogantes Rojo propone un programa teórico-político que se articula en torno a tres elementos fundamentales: i) con base en el análisis de las tendencias estructurales del modo de producción capitalista (socialización de la producción, asalarización, etc.), restaura la centralidad de la clase obrera como sujeto realmente capaz de luchar por su superación, habilitando además una vía coherente de relación con la lucha feminista; ii) define el horizonte comunista (o al menos el largo trayecto hacia él) como una articulación necesaria de planificación económica y «república democrática desarrollada»; y iii) al comprender el Estado como la forma política específica en la que se expresa unificado el capital global, deriva la necesidad de una estrategia revolucionaria para la superación del orden social capitalista.

Naturalmente, la concreción de todo este programa general es lo que queda abierto al debate. Pero lo que parece ya indiscutible, al menos si se quiere abandonar el callejón sin salida al que ha conducido el postmarxismo en las últimas décadas, es su punto de partida, y que el libro de Rojo tiene el gran mérito de rescatar: la necesidad de volver a pensar la política con clases.

 

Nota:

[1] Jesús Rodríguez Rojo, La revolución en El capital. Significados y potencial de la lucha de clases. Madrid: Garaje, 2019.

Prólogo al libro de Jesús Rodríguez Rojo Las tareas pendientes de la clase trabajadora.