Père Lachaise:

Ruta por las ciudades de los muertos (1)

© Óscar Cerezal

“Porque los veloces dragones de la noche hienden vertiginosamente las nubes, y brilla lejos el heraldo de la Aurora; a cuya proximidad los espíritus, errabundos de acá para allá, se refugian en tropel en los cementerios.” 

William Shakespeare

Con este cementerio parisino situado en el distrito XX, el más famoso de la capital -hay quien dice que del mundo-, iniciamos una serie de reportajes sobre algunos de los que más me han impactado cuando los he visitado.

Hace muchos años descubría una pasión de esas por las cuales te miran con cara de «está loco»: no dejar de pisar en cada ciudad donde era posible ese mundo tan particular de los camposantos. No por una morbosa adicción sino por un profundo deseo de sumergirme en su historia, en sus vidas, en sus penas y para eso nada mejor que ver quienes viven para la eternidad entre lápidas, árboles, joyas monumentales y sin olvidar a esos gatos que se te cruzan sin avisar y que de vez cuando te dan un vuelco al corazón.

Este que nos ocupa hoy es un espacio urbano que muchos parisinos y visitantes hemos usado como parque para pasear, pero en su inmensidad (nada menos que 43 hectáreas) puedes contemplar y conocer gran parte de la historia de Francia y el mundo.

Huéspedes ilustres como Moliere, Chopin, Maria Callas, Jim Morrison, Óscar Wilde o Edith Piaf comparten vecindad con el Muro de los Federados donde fueron fusilados los resistentes de la Comuna y con todos los impactantes memoriales de víctimas de la 2ª guerra mundial sin olvidar todos los mausoles donde descansan muchos dirigentes políticos nacionales e internacionales.

Entre sus tumbas puedes encontrar todo tipo de arte funerario: clásicas, haussmanianas, mausoleos… siempre rodeadas de una amplia vegetación que le da un toque muy especial con tonalidades cromáticas dependiendo de la estación del año en que te encuentres y que hace un autentico placer el paseo del visitante frente a las sepulturas de tantos hombres y mujeres anónimos acompañados de otros muy ilustres. En las calles de esta ciudad dentro de la ciudad de París puedes encontrar a Honoré de Balzac, Guillaume Apollinaire, Colette, Jean-François Champollion, Jean de La Fontaine, Yves Montand, Simone Signoret, Alfred de Musset, Camille Pissarro… junto a un panadero, a victimas de diversas epidemias y a muchos, muchísimos, burgueses de racio abolengo que se regalaban una morada eterna de dudoso gusto para sus cuerpos al nivel de sus pretensiones clasistas en vida.

Entre tanto turista despistado tras un mapa buscando la destrozada tumba de Jim Morrison, a la que ya no le queda casi nada de la original o la blindada de Oscar Wilde, cansados los responsables parisinos de limpiar los excesos amororos en forma de pintadas y besos con carmin hacia el escritor irlandes, uno puede ver a decenas de parisinos que simplemente pasean, leen y disfrutan de la paz de este parque intemporal. Es cierto que la opción «buscar a wally» es irresistible, pero no es menos cierto que siempre hay que volver a Père Lachaise para dejarse llevar y pasear sin más sentido que el perderse entre el granito y los árboles para inventarse las vidas imposibles de sus huespedes e imaginar las historias que hay tras esos anónimos habitantes.

Historias trágicas como la de la primera persona enterrada en él, una niña de 5 años llamada Adelaide Paillard de Vileneuve, el 21 de mayo de 1804. Está en el sector 42. Aún hay muchas personas que depositan flores donde estuvo su tumba. O la del joven periodista Víctor Noir, de 21 años, hecho fusilar por un primo de Napoleón III, convertido en símbolo de la represión imperial contra las libertades públicas. El escultor Jules Dalou hizo una escultura para su tumba en la que destaca la robustez de sus atributos. Dice la tradición dice que si se toca en ese punto, las mujeres infértiles dejarán de serlo. Recibe tantas visitas que esa zona está completamente desgastada.

 

Realmente no puedo decir cual es mi espacio favorito dentro del cementerio porque cada vez que lo visito no solo descubro algo nuevo sino que siento una sensación distinta y lo disfruto como si fuera la primera vez que cruzo sus puertas. Pero si tengo que decir donde no me canso de acudir es al Muro de los Federados donde durante la revolución comunera de París resistieron los últimos combatientes. Y allí los soldados absolutistas que aplastaron la revuelta popular -pero solo por un tiempo- fusilaron a todos los prisione rosfrente a un muro que desde entonces se llama Muro de los federados o Muro de los Comuneros.

El Muro de los Federados sigue siendo un símbolo de emancipación y de libertad en la memoria militante, donde aún de forma permanente se rinden homenajes a los caidos siendo uno de los símbolos de la resistencia de una ciudad que logró ser autónoma con un sueño de pan y justicia para sus ciudadanos. De ahí que frente a este muro desde comunistas, demócratas radicales, republicanos, anarcosindicalistas o nacionalrevolucionarios tengán un punto –tal vez solo uno– de encuentro

En una semanas visitaremos otra mágica ciudad de los muertos.

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