Miguel Ángel Quintanilla Navarro. El mundo.

El centro político no es una ideología, ni el punto medio en una escala que en realidad no lo es, puesto que quien se sitúa en el diez no es diez veces más izquierdista que quien está en el uno. El centro es el lugar donde se reúnen muchos para realizar una tarea política urgente en un momento concreto; es siempre coyuntural y transitorio, cambia de época en época, su sentido aparece y desaparece, su necesidad, también. Es algo así como la UVI móvil política de las sociedades enfermas o heridas, que requieren atención de urgencia hasta que las constantes vitales se restablecen.

Quienes lo nutren no comprometen por ello su posición ideológica de base. No solo no hace falta dejar de ser de izquierda o de derecha para ser centrista aquí y ahora, que es la única manera de serlo, sino que el centrismo entendido como tarea excepcional y de urgencia prevé que hasta el centro se llegue siendo de derecha o de izquierda y no para dejar de serlo. Ser de centroderecha es haber llegado desde la derecha a la tarea común; ser de centroizquierda es haber llegado desde la izquierda.

Para adscribirse al centrismo solo se necesitan dos cosas: primero, no militar en una ideología sectaria que haga imposible compartir el voto en situaciones extraordinarias; segundo, entender que la tarea pendiente es tan importante y difícil que sólo se puede realizar mediante una mayoría amplia que vote lo mismo y que otorgue un poder suficiente durante el tiempo necesario para hacer algo preciso. Por eso, a diferencia de lo que en ocasiones se dice, en el centrismo la idea de mandato o de contrato es esencial, porque se vota centro para algo claro. El centro no es ideología dura, pero sí valores y programa, compromiso o, si se prefiere, misión, y habitualmente misión llena de riesgos. No pretende alcanzar el cielo sino asegurar el suelo para poder construir sobre él, pero los grandes momentos del centrismo son parte de la epopeya nacional, fundan épocas, no solo traen gestión y administración solventes, aunque las contienen.

A mi juicio, para interpretar bien la trayectoria de Pablo Casado es necesario tener presente que en él han coincidido dos misiones urgentes y simultáneas de sentido natural opuesto: primera, reconstruir un partido socialmente hundido y electoralmente en caída libre, y reconstruirlo como partido de derecha nítida. Segunda, liderar la construcción de una alternativa centrista amplia capaz de dar continuidad a la España constitucional. Insisto: las dos cosas a la vez. Lo que lo define personalmente es no haber elegido una misión abandonando la otra -eso es lo que ha hecho Sánchez, por ejemplo, con el resultado de no haber construido una mayoría reformista y haber destruido el partido socialista- sino haber asumido las dos como propias. Ejercer simultáneamente esos dos liderazgos es un trabajo político de alta dificultad.

Cuando se reafirma la sustancia del PP como partido de derecha emerge el coro de sedicentes moderados afeando una supuesta deriva ultra. Y cada vez que se reafirma como tarea urgente la de crear y liderar un nuevo gran centro para ejecutar pronto y bien una agenda nacional de modernización inaplazable, aparecen los sedicentes guardianes de la derecha sin complejos, elitista club cuyo requisito de entrada parece ser haber militado en algún tipo de radicalismo de izquierda hasta bien entrados los 30 y dedicarse desde entonces a explicarles a gritos a quienes nunca han sido otra cosa que rocosos y sufridos militantes del PP cómo debe ser el PP.

Es decir, el PP no pasa el test de centrismo de supuestos centristas que no admiten que en ese partido puedan volver a sentirse cómodos votantes de derecha, y no pasa el test de derechismo de supuestos conservadores que no admiten que la tarea de la derecha pueda ser liderar el momento centrista que España necesita. Ambos actúan como si el PP tuviera que reservarse un derecho de admisión cruzado que, de ejercerse, sencillamente vaciaría el local, arruinaría electoralmente al partido y condenaría a España: si ese entra yo me voy.

A mi juicio, la respuesta que merecen esas actitudes, tan amable como firme, es esta: el PP no ejerce ese derecho de admisión sectario, no puede faltar a su obligación de ser un partido de derecha, tampoco a su obligación de liderar una gran mayoría centrada en hacer lo que España necesita. El PP es centro por tarea y es derecha por sustancia. Y así debe ser.

La Convención que acaba de celebrarse ha sido la expresión más clara de que ese difícil liderazgo de doble sentido está siendo posible y se está consolidando día a día.

El eje del PP ya está donde debe, y desde ese eje se abre a un espacio social en el que están muchos millones de españoles. Es un tópico, pero es verdad: hay que apelar a lo que nos une y no a lo que nos divide. Si se apela a lo común con convicción y con credibilidad, se consolida el eje y se crece a derecha y a izquierda. El sectarismo ve bandazo donde hay ensanchamiento, en la conquista de un territorio electoral que él quisiera que siguiera siendo ajeno porque la indispensable suma de esfuerzos en la tarea común le parece mestizaje intolerable, impureza inaceptable.

Pero el PP ha hablado a las familias, voten lo que voten los padres; de defender a los españoles de la manipulación y del control del Gobierno, sea lo que sea lo que cada español quiera hacer con su libertad; de modernizar para crear riqueza, empleo y oportunidades para todos frente a una sociedad que se desiguala cada día un poco más, sea lo que sea lo que cada cual quiera hacer con esas oportunidades. Ha hablado de defender la vida, porque la vida lo contiene todo, la derecha y la izquierda, a los conservadores y a los progresistas; de proteger el legado de una Transición y una concordia que es de derecha tanto como de izquierda. Ha recordado que muchísimos jóvenes solo son españoles de oídas, porque solo conocen el progreso, el trabajo y el ascensor social por lo que les han contado; y ha hablado de lo que significa la dependencia en el día a día de las familias. Y de muchas cosas importantes y comunes más que están en juego.

La destrucción de la España constitucional es una amenaza cierta una vez acreditada la mutación rupturista del PSOE, reiterada en su ponencia marco para el próximo congreso, algo que, por cierto, debiera hacer revisar el sentido simbólico de que acuda a esa cita, y para decir y avalar qué, quien probablemente ocupa la cima histórica de lo que allí se define como vieja socialdemocracia en declive.

La cuestión es cómo ha llegado la izquierda española a pensar que hablar de libertad, de igualdad, de bienestar, de Estado de derecho y de Europa es cosa de ultras, y no un punto de encuentro de la sociedad española para una tarea común. Porque todo eso fue lo que nos unió en 1978. Y en 1982, en 2000 y en 2011.

Todas esas cosas que ahora desprecian los partidos de izquierda, no la sociedad de izquierda, abren el camino para, simultáneamente, completar la renovación del Partido Popular y convocar a la sociedad española a una tarea común.

La solución al desafío del doble liderazgo ha sido convertirlo en uno solo: hacer de la tarea reformista parte de la sustancia de la derecha, y poner la sustancia de la derecha en el núcleo de la tarea reformista. Es decir, explicar al partido que la tarea del PP es liderar una agenda reformista para una mayoría trasversal y no custodiar un búnker ideológico que en el PP nunca ha existido porque es un partido abierto que evoluciona con coherencia y sin saltos al vacío; y explicar a los españoles que esa agenda reformista necesita las ideas de la derecha y no lo que tenemos hoy. Haber sabido verlo así y no cansarse de explicarlo dentro y fuera define la trayectoria política de Pablo Casado hasta hoy. Perseverar hasta el final terminará de definir su liderazgo.

Miguel Ángel Quintanilla Navarro es director del área constitucional del Gabinete de Pablo Casado.

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