IDEAS

Necesidad de un ideal

Necesitamos más que nunca un ideal que se adecue a la naturaleza humana y nos permita juzgar cada uno de los cambios que acontecen.

Julio Llorente.- ABC

Ha prosperado en algunos ambientes una visión degradante de la política: la que la reduce a simple gestión y a quienes la desempeñan a simples administradores. De Mario Draghi, exprimer ministro de Italia, se celebró que fuese un tecnócrata, alguien que sabía cuadrar las cuentas y que se ocuparía por fin de lo importante. La idea platónica de que el político debe procurar la felicidad de sus ciudadanos –felicidad que, para los griegos, es indisociable de la virtud– quedó hace tiempo obsoleta y, cuando uno se detiene a pensarlo, concluye que es lógico que así ocurriera: si, como se dice habitualmente, el hombre es tan sólo carne, si es un amasijo más o menos complejo de órganos y tejidos, si no es en realidad más que lo que es en apariencia, tiene mucho sentido que el bien degenere en bienestar y su felicidad en un mórbido confort. La misión del político, contra la tesis de Platón, consistiría en custodiar la prosperidad en caso de que ésta ya se haya alcanzado o en procurarla en caso de que aún no. Si la cumple, su mandato será legítimo; si la incumple, no merecerá sino la deposición. Apenas se considerarán otros méritos porque la economía, los datos, las estadísticas constituyen la medida de todas las cosas.

Hay otra idea que ha abrazado cierta derecha política y que está emparentada con la anterior en sus premisas y en sus efectos: ésa según la cual los ideales son necesariamente utópicos y, por tanto, desdeñables. Su máxima es que lo mejor es enemigo de lo bueno e incurre en el vicio de enfatizar nuestras limitaciones y de soslayar nuestras capacidades. Vacuna a los políticos contra la tentación de perseguir el bien necesario y les impele a conformarse con el bien posible, por modesto que éste sea. Es algo así como el conformismo hecho teoría política. Según ella, la misión del gobernante tiene más que ver con la reforma que con la transformación, más que ver con lo realizable que con lo deseable. El político debería limitarse a corregir ‘disfuncionalidades’, a reformar lo que es manifiestamente malo (mejor, ineficiente). No habría de ser conservador tan sólo en su actitud hacia las cosas buenas, sino también, sobre todo, en la gestación de sus aspiraciones. Debería rehuir los grandes proyectos porque la historia le ha demostrado que acaban en la guillotina y en las checas, en Auschwitz y en el gulag. El averno, bien lo debería saber él, está empedrado de ideales inalcanzables que algún Prometeo se afanó en alcanzar.

Entiendo el punto de vista, incluso en ciertos momentos de mi vida lo he asumido, pero tengo algo que objetar: que se funda en una falacia. El hecho de que a lo largo de la historia se hayan formulado ideales falsos o perversos no implica que todos los ideales sean falsos o perversos. Del mismo modo que no propondría el cierre de las escuelas por la mera razón de que algunos profesores hayan cometido desmanes en ellas, no condeno los ideales por el simple motivo de que algunos filósofos hayan concebido ideales condenables. Sostengo que un ideal no está abocado a la utopía y que, de hecho, en caso de que considere la condición del hombre y las aspiraciones que habitan su corazón, puede ser escrupulosamente realista. Creo, encaramándome a los hombros de los clásicos, que un ideal que tenga en cuenta la naturaleza humana no es sólo posible, sino también necesario.

Y es necesario, segundo, por algo que el catedrático Salvador Antuñano dice habitualmente. El ideal nos arrastra, tira de nosotros, nos atrae como el sujeto amado al amante. Cuando Chesterton y Belloc idearon el distributismo, la mayoría de sus detractores replicó que era un modelo inalcanzable y en consecuencia inútil. A ellos, en cambio, les extrañaba semejante identificación entre lo irrealizable y lo estéril. Si uno sabe que toda economía ha de procurar una justa distribución de la propiedad, elegirá más fácilmente los medios que contribuyan a ese fin –quizá difícil, quizás inalcanzable– y descartará igual todos aquéllos que no. A quienes repiten el lugar común de que lo mejor es enemigo de lo bueno sólo cabe responderles que, en realidad, haber pensado antes lo mejor es nuestro único modo de alcanzar lo bueno. Si carecemos de un ideal, ¿a la luz de qué juzgaremos cada ley concreta? Si apenas podemos encogernos de hombros cuando nos preguntan por el bien del hombre, ¿cómo habremos de exigirles a los políticos que lo busquen?

Hablamos profusamente de los males de la política contemporánea, pero rara vez mencionamos el fundamental: la ausencia de un arquetipo. Hoy, cuando nada parece estable y todo volátil, cuando aquello que creíamos sólido se tambalea como si fuese de cartón pluma, necesitamos más que nunca un ideal que se adecue a la naturaleza humana y nos permita juzgar cada uno de los cambios que acontecen. Un ideal que reconozca nuestras capacidades tan desenvueltamente como afirma nuestras limitaciones. Que acepte que el hombre está herido, pero que no obvie el pequeño detalle de que sus aspiraciones son infinitas. Que celebre al individuo, pero que asuma la ahora atávica idea de que nace en una comunidad a la que debe lealtad y amor. Que consagre la libertad, pero que recuerde que está al servicio de fines más altos que ella. Que reivindique la justicia, pero que la matice considerando también la misericordia.

Cuando hayamos formulado un ideal así, dispondremos de un horizonte hacia el que dirigir nuestra mirada y hacia el que encaminar nuestros pasos. Nuestro progreso ya no será el vagabundeo errático de un espectro, qué va, sino la afanosa pero feliz travesía de un peregrino.