CULTURAS

Michael Ignatieff

El hilo de la esperanza que ofrecen los genios del pasado.

Daniel Capó.-La Lectura

 

Con vocación divulgativa y profundidad, Michael Ignatieff recorre el pensamiento de lo más granado de la tradición occidental como antídoto para el pesimismo y la incertidumbre.

 

Poco antes de morir, el filósofo alemán Romano Guardini se preguntaba:»¿Por qué el mal?, ¿por qué la culpa?». A lo largo del siglo XX, la idea de vivir en un mundo sin sentido, y por tanto sin asideros existenciales ni auténtica esperanza, fue imponiéndose en Occidente a modo de sustrato cultural con la expansión del nihilismo. El totalitarismo, allí donde se implantó, agudizaba aún más este interrogante: ¿se puede sobrevivir sin un horizonte de sentido?

«Consolar -escribe Michael Ignatieff (Toronto, 1947), uno de los grandes filósofos políticos de nuestro tiempo, en En busca de consuelo- viene del latín consolor, ‘encontrar alivio juntos’. Consolar es lo que hacemos, o intentamos, cuando compartimos el sufrimiento de los demás o pretendemos aliviar el nuestro. Lo que buscamos es el modo de continuar, de seguir adelante, de recuperar la fe en que la vida merece la pena».

 

UN CONSUELO LAICO Y MODERNO

 

Seguir adelante a pesar de las evidencias en contra; a pesar del dolor, de la angustia o de la muerte; a pesar de las dudas y de los miedos: para ello está el consuelo, que es el fruto de la derrota y el origen de la esperanza. Ignatieff rastrea su genealogía a través de las biografías y de la literatura, consciente de que las respuestas habituales de las religiones ya no sirven en un escenario altamente secularizado y, sin embargo, atento a la sabiduría contenida de estas tradiciones.

El libro arranca en la Antigüedad clásica para asomarse también a los textos de la Biblia: los salmos y el Libro de Job, las epístolas de San Pablo… No mira primero hacia Atenas sino hacia Jerusalén, indagando en la cultura judeocristiana el origen de un sentido que aún pervive de algún modo. No son estos los mejores capítulos del libro -el texto gana a medida que va avanzando cronológicamente y se acerca a nuestro tiempo-, quizás porque el autor se siente más cómodo dialogando con el pensamiento contemporáneo que con el antiguo.

Y se diría que sucede lo mismo en los capítulos que dedica a Cicerón y a Marco Aurelio, por los que sobrevuela con gracia, pero sin aportar una lectura original. Ignatieff empieza a brillar de forma notable a partir de la figura de Montaigne, cuya obra ocupa un lugar central en el desarrollo de la conciencia moderna. «Montaigne -sostiene con acierto- casi no menciona a los santos, la salvación o el paraíso, sino que busca el consuelo en otra parte, en un proceso, a veces divertido, a veces angustioso, de reconciliación interior con su época y el curso de su vida». En sus Ensayos aflora una interioridad nueva, levemente escéptica y moderadamente distante, que ama la vida en lo que tiene de ligera y apacible. El ilustrado escocés David Hume continuará esta senda, que desemboca directamente en la contemporaneidad.

 

LA ENSEÑANZA DE LA VEJEZ

 

En busca de consuelo alcanza sus páginas más logradas en la segunda mitad, cuando su autor dialoga de tú a tú con nuestro tiempo. De Marx a Abraham Lincoln -memorables las breves páginas que le dedica-, de los Kindertotenlieder (las Canciones a la muerte de los niños) de Gustav Mahler a la poesía de Anna Ajmátova, pasando por Primo Levi, La peste de Camus o las Cartas a Olga de Václav Havel, Ignatieff se adentra en las grandes fuentes de consuelo que han brotado en tiempos de desesperanza. Cada uno de estos testimonios le sirve para iluminar las incertidumbres del presente y la angustia consustancial al hecho de vivir.

Con una nítida vocación divulgativa, no exenta de profundidad, el hermoso ensayo de Ignatieff no se ahorra una última lección: «El fracaso -nos dice- es un gran maestro y también lo es el envejecimiento. A medida que he ido envejeciendo ha desaparecido por lo menos un falso consuelo. Te desprendes de toda ilusión de ser especial, inmune a la locura y la desgracia, y llegas a aceptar, lo quieras o no, que eres como todo el mundo».

Palabras que nos acercan no sólo al trasfondo judeocristiano de donde procede la noción del consuelo, sino también al estoicismo de los clásicos, al escepticismo vital de Montaigne o a lo que nos enseña la belleza perenne del arte, la música y la poesía. El consuelo es, en efecto, el trabajo común de toda la humanidad a través de los siglos y también del hombre concreto y singular, de nosotros mismos, en la búsqueda de sentido y de reconciliación.

 

En busca de consuelo

Traducción de Jordi Ainaud. Taurus. 296 páginas. 21,90 € Ebook: 9,99 €
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La mejor época de la historia

«Las religiones judía y cristiana comienzan con la negativa a aceptar que nacemos sólo para sufrir y morir. Los profetas hebreos inician esta búsqueda de la esperanza, y de ahí que sean los creadores de la idea occidental de consuelo», defiende Ignatieff, que reivindica una genealogía del optimismo. «Cuando me pregunto en qué época preferiría vivir siempre me contesto que en esta, sobre todo por el conocimiento y la libertad que disfrutamos hoy en día».